Un giro sorpresivo en los acontecimientos a veces nos impacta de lleno. Lo aprendimos todos. Un día el mundo era el de siempre y al siguiente, un virus venido de quién sabe dónde, nos cambió la geografía. Los más pesimistas dirán que nos achicó el mundo, otros dirán que lo agrandó. Opiniones sobran.

Anabella Tersigni sabe bastante de esos giros. Por ejemplo, una vez estaba en un bar de Plaza Serrano con una amiga, vio a un pibe que le gustó y se sacó una foto con él. Ahora es su pareja y, desde hace unos años, viven juntos en Monte Grande (Pcia. de Buenos Aires). Su mundo se agrandó.

Anabella es bioquímica, tiene 31 años. Se recibió en 2013. Trabaja en el Hospital Ramos Mejía, en la Ciudad de Buenos Aires. Un día Javier, su compañero de vida y kinesiólogo en un hospital de Esteban Etcheverría, tuvo fiebre. Se testearon. Dio positivo. Su mundo se achicó.

Anabella se especializó en fertilidad, pero siempre se interesó por otras áreas de la profesión. Al comienzo de la pandemia en la Argentina, allá por marzo, empezó a diagnosticar covid-19 de un día para el otro.  Fue cuando el Instituto Mabrán descentralizó el análisis de los testeos para hacerle frente al aumento de los contagios. Alguien apuntó el dedo al Ramos Mejía que hasta ese momento derivaba los casos.  Le preguntaron si se sumaba a reestructurar el funcionamiento del laboratorio y decidió ponerle el pecho a las balas. Podía dedicarle tiempo porque su trabajo en fertilidad, como casi todo en el mundo, se detuvo. Tenía los conocimientos teóricos pero no prácticos. Tuvo que entrenarse en procedimientos y protocolos de bioseguridad para manipular virus que, literalmente, pueden matarte. A estas alturas sabemos que no es exagerado.

Anabella cuenta que su laboratorio ya contaba con un termociclador, un aparato que somete muestras a un sube y baja de temperaturas muchas veces para que los patógenos reaccionen o no con distintos químicos y productos. Sirve para detectar muchos de los virus que afectan a las personas, no solo para el SARS-CoV-2. Hubo que calibrarlo para el nuevo virus, armar protocolos validados, escribirlos, enviarlos a las autoridades sanitarias y espera su aprobación. Todo eso con los muertos contándoles el tiempo.

De repente, cuenta Anabella, había 16 bioquímicos trabajando las 24 horas. Porque, claro, la gente se sigue enfermando de otras cosas que también hay que testear. Y, además, hay que controlar al personal del hospital y, también, controlarse a ellos mismos.

Su trabajo específico es realizar el diagnóstico por PCR (reacción en cadena de polimerasa), una técnica que reproduce copias de un fragmento de ADN a gran escala. En realidad, ella lo que hace se llama RT-PCR, porque el SARS-CoV-2 no solo es extraño por su impacto en el mundo, sino porque lo que afecta a los humanos no se encuentra en su ADN sino en su ARN. La técnica, entonces, no es la tradicional. Una vuelta de tuerca más para algo que ya es complicado desde el vamos.

Anabella no es la primera en la cadena de producción de los testeos. Como en esas cintas de ensamblaje industrial en las que se van agregando partes a un producto, saber si alguien está enfermo o no, involucra varias etapas. Por eso los protocolos y los procedimientos, por eso las medidas de seguridad, los barbijos, los delantales y los guantes. Lo que entra al laboratorio en forma de muestra es una pregunta. Nadie quiere esa respuesta con errores.

Anabella está en su casa desde el día en que sospecha que se contagió. No sabe dónde ni cuándo. No cree que haya sido en su trabajo, quizás en el ferrocarril Roca, donde se cruzó con vendedores ambulantes sin barbijos en vagones repletos de personas a pesar de las restricciones de movilidad. Del otro lado del monitor ella y Javier transitan los últimos días de la enfermedad, o eso es lo que ellos creen por el tiempo que llevan aislados. Mientras se toma un mate, le dice a su marido que saque la basura al balcón. Desde que están aislados en su departamento la basura se la retira su familia cuando van a dejarle víveres. Toma la precaución de dejarla a la intemperie dos días y rociarla con alcohol y lavandina, como una suerte de protocolo de bioseguridad casero, no sea cosa de seguir reproduciendo la peste.

La vida en un laboratorio es una vida de fases, dice Anabella, y con los testeos hay tres. Un análisis preanalítico, en el que se toman dos muestras: una de las secreciones nasales y otra de la garganta. Se completa una planilla con preguntas al paciente. Se realiza un triple empaque para que nada salga o entre, y se envía al laboratorio

La segunda fase es la analítica, la que realiza Anabella, la parte interesante. Dice que trabajar ahí es vestirse de astronauta. Dentro de la cabina de seguridad vidriada hay un flujo laminar que purifica el aire para poder abrir las muestras. Como no es un virus común y corriente, para poder trabajar con él hay que transformarlo. Eso se llama transcripción inversa o retrotranscripción; con reactivos y soluciones se lo transforma en ADN copy. El virus del covid-19 tiene una cápside, una envoltura con genes específicos que buscar. La pruebaRT-PCR que hace Anabella busca tres genes (el N, el E y el RDRP) que son los que impactan en el cuerpo humano. Para detectarlos hace falta que se copien así mismos miles y miles de veces y eso se consigue con ciclos de calor. Si están en la muestra, brillan gracias a una solución fluorescente. . A mayor o menor coloración, mayor o menor presencia del virus en una persona.

La última fase es la pos analítica, en la que un bioquímico interpreta los resultados y un médico informa al paciente.

Anabella cuenta que tardó en darse cuenta de que estaba enferma. Creyó que el cansancio era por causa del desgastante trabajo de análisis. Al contarlo parece como si se hablara a sí misma, como si no pudiese creer que se contagió a pesar de todas las medidas de seguridad que tomó. Le cayó como un baldazo de agua fría porque los bioquímicos son obsesivos con la seguridad. Gajes del oficio, comenta, tenés el virus literalmente en la mano pero nadie cometería la locura de llevarse las manos a los ojos o a la nariz. No estuvo en contacto con los pacientes. No sabe cómo es en otros lugares, pero en el Ramos Mejía nunca le faltaron insumos de seguridad. Está segura que ni ella ni el protocolo fallaron. Ninguno de sus compañeros está enfermo.

Ella transitó bien la enfermedad. Su pareja la pasó peor pero ya no tiene síntomas. Hasta que no pasó la primera semana no estuvo tranquila. Sabe lo que saben todos los profesionales de la salud sobre el virus, pero al ver la tele se quería morir. Escuchaba que había gente joven que moría y eso la angustiaba. Siente que tuvo suerte por poder estar aislada en su casa. No lo contó a sus vecinos. “Nunca se sabe cómo reaccionan los otros ante el miedo”, piensa. Cuando empezó a mejorar, se animó y lo contó.

Desde hace varios días aguarda los resultados del segundo hisopado que le confirme que Javier y ella ya están curados. Pero como el sistema privado está saturado tienen que esperar. De la municipalidad la llaman todos los días para decirle que no salga de su casa, y que si la ART le pide que se movilice que les diga que no.

Como estuvo en su casa, tuvo tiempo de mirar la tele. Y se horrorizó. Literalmente, “nadie sabe nada, no entienden que ni los más expertos tienen dudas”, se queja Anabella. Estamos tan desesperados por certezas que cualquiera que escucha algo ya lo cree. “Mi familia me llama todo el tiempo para preguntarme si tal o cual cosa es cierta o si tal o cual kit es mejor que otro”, comenta. Está cansada de explicar que los kit rápidos, los que se comenzaron a utilizar en algunas estaciones de trenes como las de Retiro o Constitución son una herramienta más pero la PCR es la mejor aunque sea lenta. Detecta precozmente y con mucha especificidad. Los test rápidos detectan indirectamente, son una inmunocromatografía. Tienen pegados proteínas del virus que cuando se le pone una gota de sangre, reacciona el anticuerpo si es que está, como si fuera un test de embarazo que se hace al bajar del tren si uno tiene ganas de sacarse la duda. Tiene muchos falsos negativos, no siempre se hacen bien o en las condiciones adecuadas. Sirve para estadísticas epidemiológicas de la población, para búsqueda de nuevas cepas del virus, entre otras cosas. Pero no curan ni previenen el contagio. “Hablan del testeo y lo reclaman como si fuera una vacuna…y nada que ver”.

Así como se desinforma, también se omiten reconocimientos. Se queja de que a los bioquímicos nunca los nombran, como si en los hospitales solo hubiera médicos. Se olvidan de ellos, de los enfermeros, de la gente que hace laburos de maestranza, los administrativos, los cocineros. Se resigna a un piadoso olvido; al menos ningún vecino le dejó mensajes intimidatorios en el ascensor.

Anabella, como tantos otros alrededor del globo, sintió poco más, poco menos, el impacto del giro inesperado de los acontecimientos. Lo sintió en su cuerpo, en su trabajo, en sus afectos. Tuvo suerte, una que muchos no tuvieron. Sabe que cuando se recupere deberá volver a viajar de Monte Grande al barrio del Once. Subirse al Roca, tomar el subte, viajar apiñada, para otra vez volver a poner el virus en sus manos y responder la pregunta que hoy nos desvela a todos: ¿positivo o negativo?

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