En 1999 tuve una muy breve relación con una piba, La Tigresa, que había sido el primer amor de juventud de Pedro. Y Pedro el de ella. Nunca tuve con él más que un vínculo escolar, por momentos, incluso, ríspido. Sin embargo hay, quién sabe por qué, algo que nos une.

Era buen pibe, supongo. La gente lo quería. Era un poco cheronca y lengua larga para mi gusto y le gustaba verduguear a los pibes más tranquilos. A mí me chupaba un huevo pero a veces se ponía denso. Era un año más chico. Creo que lo gastabamos por ser medio culón.
La Tigresa era, por aquel entonces, una de esas bestias felinas capaces de tratar a cualquier hombre como presa y yo era un pollito ante las fauces del león. Una noche me agarró en el Establo, el boliche de la zona, y me comió al horno con papas. Tenía puesta una minifalda plateada hecha con pequeños espejitos y lentejuelas.
La Tigresa estaba triste porque había cortado con un pibe -al que llamaré Ojitos Dulces-, el gran amor de su juventud, y entonces necesitaba un repuesto que no jodiera mucho. No tengo ninguna virtud solo pasaba por ahí.
 
La Tigresa me contó la historia de su vida y sus amores que eran menos que los que el saber popular le atribuía pero no por pocos menos intensos. Me contó, para mi sorpresa, que su primer gran amor había sido Pedro. Me contó una serie de pormenores de esa relación, acontecimientos a los que hoy – con el paso del tiempo sobre el lomo – llamaríamos “cosas de chicos”. Estoy seguro que los que ya tienen algunos años no han olvidado del todo la intensidad de aquellas relaciones, lo mucho que marcan, todo lo que se vuelca en ellas. En especial cuando la gente de nuestra edad tiene hijos con la edad que teniamos por aquel entonces y los ven llorar, garchar y vivir medio como en espejo.
La tigresa en algún momento de ese amor casi infantil recibió de Pedro su primera rosa roja. O mejor dicho, Pedro fue la primera persona que le regaló una flor. Por alguna razón que ya no recuerdo ella me dio esa rosa a mí. Era una rosa seca, habían pasado varios años entre aquel momento y ese. Era una tarde fría, en la que estabamos apretando bajo un arbol. La sacó de la mochila. Estaba envuelta en un celofán. La guardé dentro de una edición de “El amor en los tiempos del cólera” de García Márquez.
Mi relación terminó mal, al poco tiempo, y fue dolorosa. No era mala mina, pero usaba y tiraba. Nadie lindo se arrepintió jamás de haberlo hecho. Me despachó diciéndome que a Ojitos Dulces lo habían operado de un grano en el culo y ella, en ese momento tan intenso en el que Ojitos Dulces se debatía entre la vida y la vida con el culo cosido, había redescubierto que él era el amor de su vida e iba a volver con él. Y volvieron y cortaron pero yo ya no pasaba por ahí. La Tigresa ahora es docente, se casó con uno de los chicos lindos de Kathan city, tiene dos hijos y me dijeron que algunos postrecitos de más en la cadera que le quedan divinos.
Pedro falleció por aquel entonces en un accidente ferroviario. La Tigresa lo sufrió mucho. De un día para el otro, me encontré en posesión de un objeto que simbolizaba el más puro amor de alguien que no me amaba y el más puro amor de alguien que no me caía bien pero que había muerto en un accidente evitable cuando tenía toda la vida por delante. ¿Qué carajos hacía con eso?
 
La idea de tirar esa rosa siempre me pareció un gesto inhumano. Siempre que debo mover el libro de algún lugar a otro, o muy cada tanto, lo abro, para ver si está ahí, si sigue donde la dejé. Más de una vez me sorprendí fantaseando con la posibilidad de rescatar de esa flor seca el sentimiento de Pedro al darla o de La Tigresa al recibirla. Por fortuna se me negó ese don. Hay quienes han dicho que es hasta macabro y morboso guardar esa porquería con todo lo que significa. Que incluso es una boludez absurda y chichipía porque mañana esa rosa se hará polvo y los muertos y la pasión juvenil, y el desamor y la nostalgia no serán sino entremeces en la gran merienda del olvido; que nada queda del Pedro niño latiendo en esa rosa, ni de La Tigresa inocente y enamoradiza recibiéndola. Lo más probable es que tengan toda la puta razón del universo. O puede que no.
Borges dice en un poema llamado Las cosas que ciertos objetos a nuestro alrededor durarán más que nosotros y no sabrán nunca que nos hemos ido. Piola el cieguito.
 
Pedro se fue hace veinte años. La tigresa, a su modo, también. La rosa sigue ahí, en el libro.

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