Hay un pensador francés (no recuerdo el nombre, cuando llegue lo apunto) que postula que en las sociedades modernas se vive un cambio de paradigma en las formas de pensar el transporte. dice, si mal no recuerdo, que nuestra tendencia a la instantaneidad (de la información, del placer -habría que agregar también del castigo-) exige una nueva forma de pensar la noción de viaje. Dice que no es tan solo un juego de palabras cambiar “transportar” por “trasladar” ya que transportar implicaria llevar de un lado a otro una mercancía mientras que trasladar, propone, es poner el foco en un momento determinado sobre sujetos que habitan todo el territorio. Apurando, se transportan entidades que están quietas de un punto a otro y entonces el movimiento es solo una instancia que media entre una posición y otra equidistante. Algo de aristotelismo hay ahí haciendo ruido. En cambio el traslado sería un estado totalizante en un contexto de movilidad y cambio constante y sucesivo, muy en la linea de lo que el recientemente fallecido Bauman llamaba liquidez, por ejemplo.

Muy probablemente esté parafraseando como el culo y seguramente lo que el tipo decía era otra cosa pero hace años que me despedí de la filosofía y este pibe en particular era uno de esos snob que piensan a Europa como el ombligo de la creación celeste.

La cosa es que esas nociones medio endebles me vienen a la cabeza cuando pienso en el tiempo que pasamos sobre trenes y colectivos, la vida que desplegamos sobre ellos. En algún punto ese tiempo se ha vuelto una instancia más de expectación. Pero no la expectación de la llegada, la espera ante un arribo indefinido. No, es de otro tipo. Nos hemos vuelto consumidores de contenido multimedial en detrimento de la noble sensación de aburrimiento. Le escapamos al tedio mirando series por celular. Somos espectadores. Huimos del hastío gracias a las redes, a los mensajeros instantáneos, a la selfie, a los videitos, a la consulta a la enciclopedia británica online entre Temperley y el Jagüel.

No pudiendo abrir el diario ni sostener un grueso volumen por la muchedumbre, el dispositivo -mientras más moderno mejor- posibilita primero una evasión del tiempo muerto y segundo una sujeción al consumo de espectaculos. Basta con hacer plano sobre el cuadro general del medio de transporte. Quienes poseen la fortuna de estar sentados, en su mayoría, duermen. En ciertas zonas y ciertos medios la lectura escasea. El resto utiliza su celular para alguna actividad (la presencia en las redes de este texto es producto de ello). Lo interesante es que no hay un empoderamiento de los agentes puesto que el dispositivo se encuentra optimizado en una sola vía, la recepción y la emisión de contenido. La producción, es una prestación secundaria. Hay mejores cámaras y apps, pero no mejores propuestas que incentiven la creación, no es necesario que lo haya, la pretendida creatividad debe ponerla el usuario. No descubro la pólvora diciendo esto solo trato de ponerlo en relieve.

Dos borrachos que seguramente habrían molestado a alguien durante el viaje se cagan de risa mirando videos por el celular en el asiento de adelante. El nenito que hubiese estado llorando a los gritos juega al angry birds en el celular de la mamá.

Pienso, fiel a mi pesimismo, que ahora están mirando en su celular el último capitulo de Breaking bad quienes deberían estar macerando su disconformidad con el mundo tal como es, aquellos que en un universo paralelo conspirarían contra el poder a destronar.

Sí, soy un pelotudo, es algo que siempre me dicen mis exs.

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