Vuelvo en el 96. Creo que tengo fiebre. Me duele cabeza. Voy sentado frente a frente con una rubia y una morocha. Las dos van de espaldas al chofer, junto a la ventanilla. Hablan fuerte. No puedo leer. Esa parte del colectivo está a oscuras. No puedo escuchar música, tengo rota la fichita del aparato. No puedo escribir, me queda poca batería. Sólo me queda escucharlas. Hablan tan fuerte que su voz es mayor al ruido del motor.

Se cuentan nimiedades cosméticas que no retengo hasta que la rubia le dice a la morocha:

-¿Nunca te tiraron las cartas? Afino el oído.
– Fui a un Pai- continúa- es el padre de una amiga, Andre, la que te conté que me prestó el vestido- La morocha asentía. -Yo, toda la confianza con el padre pero nunca lo había visto asi. Me cobró $200 y un paquete de arroz para el culto. Estaban todos de blanco y había fruta y mucha comida. Me daba miedo, viste, pero yo quería saber, porque los hombres son todos celosos y te mienten. Siempre que me pongo a salir con uno, voy a que me tiren las cartas porque hay que saber. Pero con este me había dejado estar. El padre de Andre, vos no sabés, hablaba como en brasilero; entonces le digo a ella “pregúntale por Claudio” y ella le dice en brasilero al padre. Entonces el tipo habla y ella me dice que escriba el nombre en un papel con la fecha de nacimiento de él y la fecha que nos pusimos a salir. El Pai agarra y quema el papel y me tira las cartas. Dicen que él no me quiere, que no me toma en serio, que yo soy una mas, que lo deje porque después viene ko mejor para mi. Me fui derecho mi casa, llorando. Lo agarré y ahí nomás lo corté al Claudio. El pibe no entendía nada, no le conté lo del Pai. Claudio juraba que me quería, que quería tener un re historia conmigo pero nada. Lo corté. Parece que sufrió. Lástima, me gustaba mucho.

La rubia se bajó en La Ferrere. La otra siguió.
Es la primera noche en meses en que no suben borrachos y drogadictos. Tuve que fumarme a una infradotada, lástima.

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