Insolaciones

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Mediodía. Sol. El calor transforma el asfalto en una mayonesa negra. Alem y Corrientes. Tres autos locos, un par de bondis, un patrullero estacionado a la que te criaste a una cuadra, frente al Luna Park. Corta el semáforo. Cruza la gente. En mitad de la avenida un viejo con bastón se detiene. Viejo viejo, tipo Matusalem. Candidato a cualquier vacuna como quien dice. Traje. Debe haber sido nuevo hace treinta o cuarenta años. Limpito. Arreglado. Corbata con nudo Windsor. Barbijo negro desteñido puesto como el culo. Medio pelado pero con gomina en los costados. Zapatos de charol brillantes, como si recién hubiese pasado por los lustrabotas que cada tanto se ven por el centro y te cobran la cuota mensual de la  universidad privada de los hijos. El viejo mira hacia el obelisco y empieza:

—Qué tristeza ver a la ciudad así. Yo la vi llena de gente. Antes no se podía cruzar a esta hora. dice mientras me mira. Listo, me embocó. Eso me pasa por hacer contacto visual. Estoy tentado a no darle bola pero el semáforo está por ponerse en verde y el viejo sigue ahí mirando el horizonte y se lo van a llevar puesto.

Vomitito

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Miércoles de marzo. Siete de la tarde. Calor. Humedad. Me siento mal desde la mañana cuando mientras estoy sentado detrás de todo, el chófer abre las puertas para que suban todos los que quieran. Tengo que darle el asiento a una chica enana que va con su hijo en brazos porque todos están dormidos. Hubiese hecho lo mismo pero me engancharon cambiando de canción en el celular. Mala mía. El sol me da en la jeta todo el viaje y siento el resurgir de los fideos medio crudos que me comí anoche.