Olor a culo

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Voy sentado atrás de todo. La señora que tengo a mi lado en el bondi tiene olor a culo. Como uno es un prejuicioso de mierda, al principio pensé que era un gordo gigante que viajaba con la mujer. El gordo intentó durante veinte cuadras sacarse la campera sentado pero no pudo.
-Ayúdame, Graciela, no ves que no puedo?- Le dice a una Graciela a la que le importa un choto lo que el gordo le dice. Se bajaron en el km.29.
Sigue el olor.

Nada es lo que hay

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Jodida la soledad. Te quema el cuero y te hace hablar con desconocidos; porque sí, porque tenés que apagar eso vomitando el mal tinto de la vida. En eso pienso mientras escucho como una vieja medio copete se sienta delante mío en el tren y agarra a un pibe que está contra la ventanilla y le cuenta su vida. Le cuenta que el marido, el segundo o el tercero, se fue con una vecina como treinta años menor y se llevó al gato. Dice que lo extraña, al gato. Dice que al marido no, salvo en las noches como anoche, cuando tuvo que levantarse a cargar la bolsa de agua caliente porque ni mamada prende la estufa con lo que sale.