La piba está en la misma esquina desde anoche. La vi ayer cuando pasé por ahí. La llegada de San Valentín hace que lxs vendedorxs de flores se pongan pillos y primereen las mejores esquinas donde ofrecer rosas al precio que se les antoje porque saben que hoy más de uno va a querer ponerla con un mínimo esfuerzo. Pareciera ser que es más fácil que otros días. San Valentín tiene ese no sé qué que comparte con el día de primavera, navidad, año nuevo y los días que gana la selección. Love is in the air, se dice en estos casos. Se puso de moda hace unos años y como no hay moda que no venga con su merchandising hacen falta proveedores de flores, chocolates, dealers del romanticismo de cabotaje.
El colectivo frena y la ventanilla abierta me deja a dos metros de la piba que ofrece rosas a los que estamos arriba. Las lleva en un balde de pintura de 20 litros que tiene un poco de agua para que las plantas tiren todo el día. Al mismo tiempo que ofrece y exhibe la mercadería habla con otra flaca que la acompaña. Vocea el precio
– 300 pe’ el ramo de 2, 500 las 5… – y le dice -…a esa zorra la cagué a cachetadas a la salida de la escuela por mensajearse con el Alan. Re atrevida. Y al Alan se la re mandé. Me garché al primo. No’ vimo’ en Disney- la otra asiente.

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Laferrere Town. Parada. Ya viene bastante lleno. Abajo, en la fila, se ve que hay varias decenas. Empiezan a subir, primero fluido pero después se detiene. De abajo gritan que los de arriba hagamos lugar, de arriba, alguien, no sé quién, le grita a los de abajo que no jodan, que no entra nadie más. El chofer, fiel a su estirpe de miserias varias, nos grita que hoy es San Valentín, que si no nos queremos hoy ¿cuándo pensamos querernos? O nos amuchamos o no arranca y nos quedamos ahí, abajo del sol, sin aire, aspirando el humo de los camiones y la polvareda que hacen unos empleados del municipio que están haciendo mierda la ruta. Un tipo excesivamente alimentado me pone su barriga contra la jeta y me aplasta contra el vidrio. Solo se corre cuando la botella de agua congelada que llevo en un costado de la mochila le moja la chomba. Me lo recrimina. Lo miro con desprecio. Ni la corro ni le contesto.

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Microcentro. Un pibito vestido como broker de estafa piramidal, corredor de criptomonedas, o macrista devenido en ultra liberal cool manda audios por wasap a los gritos mientras hace malabares para no mojarse los zapatos. Hay un caño roto en Esmeralda esquina Saez Peña y la mitad de la avenida es una sucursal de San Clemente del Tuyú. Al paisaje lo completa la montaña de arena que unos albañiles están entrando a un edificio. El pibito con facha de broker le grita al teléfono que ya hizo reservaciones en el bar del Alvear Icon y que con lo que le costó hoy se festeja San Valentín «con vos o sin vos». Ah, ok. Amor del piola.

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No tengo muchos amigos pero si unos cuantos conocidos. Y por supuesto los tengo de contacto en redes. Entonces desde la mañana los veo postear cosas junto a sus parejas declarando y declamando amores que vencen al tiempo y al espacio, que le ganan por K.O a las dificultades de la vida. Ilustran con fotos de lxs hijxs, vacaciones en playas foraneas y besitos muy apasionados pero hasta ahí nomás porque no da escandalizar. Supongo que todxs tienen derecho a poner lo que quieran pero resulta que los conozco y algunas de esas escenas sobreactuadas me dan pasadas de rosca. La que decía que su marido tenía el pito chico y que mientras la garchaba ella miraba el techo esperando que termine se muestra abrazada al tipo, ambos vestidos de bambula con un atardecer paradisíaco detrás. El que engañaba a su mujer con una compañera de laburo pone una selfie con su esposa mientras muestra un ramo que tiene una rosa por cada año de felicidad convivida. Otra, obsesionada con encontrarle sentido al amor, postea frases reflexivas sobre la naturaleza del amor auténtico y despotrica por la liquidez de los vínculos actuales. La última vez que la vi chongueaba con 3 pibes. Dos de Tinder y uno de Bumble. Unos cuantos, confundiendo San Valentín con el día del niño, postean fotos de los hijos. Un pibe subió una foto abrazado a su auto. Me consta que lo quiere. Cuando se separó de su compañera eligió dejarle todo menos eso. Él dice que salió ganando.

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Yo tengo muchos, muchos años pero poco de adultez. Lo sabe mi mamá, que me compra los calzoncillos, y mis exs, cuando se dan cuenta que de príncipe azul no tengo ni las medias. Desde hace más de 20 años, los 14 de febrero, no prendo el teléfono. Así evito momentos incómodos si alguien se siente tentado a saludarme y así me evito a mí mandar mensajes de los cuales luego me arrepiento. No soluciona el problema de fondo pero lo patea unos días para adelante y todxs contentxs. Hace unos años olvidé apagar el teléfono y a las 8 de la mañana me llegó un correo. Una ex. Me saludaba por el día de los enamorados y me recriminaba cosas que pasaron hace media vida. Me culpaba de sus ataques de pánico, de su ansiedad, de que no encontraba un depto barato en Puerto Madero, de que no la enamoraba el tema de su tesis de doctorado, del incidente de Fukuyima, de los campos de concentración nazi en Checoslovaquia y de la muerte de Manuel Dorrego el 13 de noviembre de 1828. La última vez que me dejé tentar por la fecha mandé un mensaje y me contestaron un «gracias pero hoy le toca a mi novio». Así que siendo esos los bueyes con los que aro opté por un silencio prudente aun a riesgo de quedar como el culo con quienes quiero y me quieren. Sí, sí. Suena medio resentido, medio cagón y medio garca pero ya lo dije antes, tengo muchos años pero poco de adultez.

Hoy mucha gente sale a ponerla. Ojalá usen forro.

 

 

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