Supongo que a la mayoría nos sorprenden esas amistades que se sostienen a pesar del tiempo y la distancia. Las aplaudimos y las celebramos. Amigxs a lxs que vemos muy muy de vez en cuando y de los que tenemos pocas noticias, incluso en estos tiempos de redes e instantaneidad, y que sin embargo, al reencontrarlos, parece como si la distancia y el tiempo no las hubiesen mellado. Pasa también con ciertos amores profundamente pasionales, o aquellos gentilmente calmos. Perdemos el contacto y al retomarlo la pasión o la calma están ahí como característica inalienable de ese vínculo. Es raro, rarísimo ese fenómeno. No nos pasa muy seguido y probablemente en el transcurso de toda una vida pase dos, a lo sumo tres veces. Hay a quienes no les pasará nunca.

Esa rareza puede ser interesante para ser pensada un rato en el transcurso de una noche, pero no mucho más. Lo interesante son esos vínculos -amistosos, eróticos- que deben construirse en un presente continuo. Aquellos que deben alimentarse de cotidaneidad, de llamados, mensajitos, cenas, asados, fiestas familiares y bailongos variopintos en los cuales el pasado en común aumenta. Porque una amistad que solo se sostiene por un pasado clausurado, estático en la memoria tiende a declinar hasta el punto en el que podemos decir que se es amigo de alguien por el solo hecho de haberlo sido en el pasado. Lo mismo con el amor, como esas parejas que siguen juntas porque se amaron mucho aunque ya no lo hagan, que siguen garchando porque en algún momento del pasado el sexo en común los conmocionaba y hoy cogen con la nostalgia de aquellos tiempos macerándose en los labios.

Las amistades y el amor erótico tienen la obligación de aumentar ese caudal de pasado para poder aspirar a un caudal de futuro. Ambas modos de la afectividad deben proyectarse en esas dos direcciones del tiempo para que su presente sea vivido en la plenitud que nuestro imaginario les asigna. Un amor o una amistad que solo mira hacia adelante es endeble por falta de cimientos -historia-. Un amor o una amistad que solo mira hacia el pasado es endeble ante los cambios inevitables del devenir. Para decirlo sin tanta vuelta, las amistades que se cuentan las mismas anécdotas y no producen nuevas están terminadas. Los amores que no atinan a reformularse, también.

El tiempo que pasa entre encuentro y encuentro es un jugador más. Quienes se ven con cierta asiduidad, amén de lo importante, se cuentan cosas banales, anécdotas pequeñas cuyo valor está en los detalles curiosos: “me compré um libro. Ayer me afanaron. Me crucé con la profesora de biología de tercer año”. Quienes dejan de verse largo tiempo resumen ese lapso en una o dos acontecimientos principales: “me casé, fui papá, murió mi viejo”. Los detalles envejecen mal, se vuelven irrelevantes. Cuando el tiempo que pasa es demasiado nada se salva de una narración anodina, incluso la muerte y las grandes catástrofes del alma fuera de los tiempos que limitan la duración de un amor o una amistad adquieren la consistencia de un blablá indecoroso que por respeto reducimos a un “he vivido”.

Lo peor tal vez sea estar frente al otro sabiendo que el tiempo de ese vínculo ha pasado y que no hay voluntad compartida para extenderlo porque no hay un llamado, un mensaje, una café al pasar en un bar de barrio, una actividad que los ponga nuevamente sobre la senda lúdica de vivir el uno junto al otro. Un grande entre los poetas dijo alguna vez que “saber decir adiós es crecer”. Por eso Platón los odiaba. Son unos pelotudos.

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