Fila del colectivo. Constitución. Tiene que salir el último 96. Vengo de una clase que se llama Problemas de género e historia argentina. La mujer que tengo atrás le grita al celular. Me agacho para atarme los cordones. La mujer pega un alarido que casi me hace caer. Le dice a quien está del otro lado “te vas de mi casa. Estoy cansada de vivir así, discutiendo. Mis hijos no tienen por qué soportar nuestros quilombos. No nos vamos a poner de acuerdo. No voy a dejar de trabajar. No importa lo que me digas. Andate. Llego en dos horas. Quiero verte con las valijas en la puerta, pelotudo.” Cuando subo y me siento la veo. Es enorme, gigante, grandilocuente en sus formas y volúmenes. Un patovica lloraría por su mami si tuviese que hacerle frente. La recuerdo. Una vez viajé a su lado. Íbamos en el asiento de dos. No tuvo gentileza alguna en dejarme respirar. Me aplastó literalmente contra el vidrio. Tenía olor a caucho de gomería. No sé si seguir despreciándola por sus poca civilidad para viajar o admirarla por la posición terminante con su pareja.

Se sienta. Lagrimea.

*

Masculinidades. Cola del bar de la facultad. Detrás de mí un tipo. Si tiene 30 está arruinado. Si tiene 40 se mantiene bien. Habla por celular. Se entera en ese momento que Silvia, la madre de su hijo, ha comprado algo que él había prometido ir a comprar personalmente para la criatura. Discute. Dice textual “tu actitud unilateral cercena mi rol paterno. No me dejás habitar la construcción de mi vínculo padre e hijo. Sos egoísta. Me pedís sin razón que ocupe mi lugar como proveedor de bienestar pero no me das el lugar del disfrute.” En un tiro pienso que la verba academicista y posmoderna es una impostación irónica. Pienso que es otro pedante universitario más y probablemente lo sea pero lo dice en serio. Está enojado. Corta ofendido. Me hizo acordar a todas las veces que me cortaron el teléfono así y pienso la misma puteada irreproducible que se merecían ellas.

Le suena el teléfono. Es ella. Vuelve con la misma lata. El pibe que está del otro lado del mostrador preparando café me mira, lo mira, me vuelve a mira. Hace un gesto de fastidio. El intelectual en vías de deconstruir positivamente el rol de la paternidad pos feminista en la modernidad tardía occidental en plan sociologizante no se decide si quiere una lágrima o un café con leche. Mientras pago lo mío se decide. Compra unas merengadas. Sigue hablando. Parece que tiene una banda de cosas que decir.

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