Es innegable que la música es parte consustancial de nuestra educación sentimental. No solo forjamos nuestra percepción amatoria de la realidad a través de los besos que nos dan y nos niegan sino que además lo hacemos tras el prisma de un imaginario social que nos dicta cuáles son las formas correctas en las que se ama o se sufre por amor. Tal es así que Nick Hornby, reflexionando sobre el impacto de la música pop en nuestras vidas, le hace preguntarse a Rob, personaje de su novela Alta fidelidad, «¿será que me gusta (el pop) porque soy infeliz o si soy infeliz porque me gusta?».

La reflexión que ésta frase corona dice:
«Hay quien se preocupa, y mucho, de que los niños pequeños jueguen con armas de fuego, de que los adolescentes vean vídeos en los que la violencia es moneda corriente; nos da miedo que esa especie de cultura de la violencia termine por tragárselos como si tal cosa. A nadie le preocupa en cambio que los niños escuchen miles, literalmente miles de canciones que tratan siempre de corazones destrozados, de rechazos y abandonos, de dolor, tristeza, pérdida. Las personas más desgraciadas que yo he conocido, románticamente hablando, son las que tienen un desarrollado gusto por la música pop. Y no sé si la música pop es la causante de esta infelicidad, pero sí tengo muy claro que han escuchado esas canciones infelices desde hace más tiempo del que llevan viviendo una vida más o menos infeliz. Así de claro.»

No está mal como pseudo teoría precaria. El razonamiento comete dos falacias, es cierto, la Post hoc ergo propter hoc (afirma sin pruebas suficientes que la infelicidad y el gusto por el pop son causa o consecuencia el uno del otro, cualquiera sea el orden) y la Cum hoc ergo propter hoc (afirma que dos fenómenos que se dan en simultaneo, es decir, la infelicidad y el gusto por el pop, tienen un vínculo causal). Pero ese no es el meollo del asunto porque a Hornby le chupa un huevo la lógica y muy probablemente a Rob, las Refutaciones sofísticas de Aristóteles, también.

Aun así parece plausible que escuchar durante toda nuestra adolescencia canciones de pop banal y lloroso nos vuelve un poco pelotudos a la hora de reflexionar sobre nuestras relaciones, sobre qué y cómo esperarlas o trabajar por ellas. Y como el pop, tanto como la modernidad, es una bestia que todo lo devora y lo asimila para defecarlo en formato mercancía lista para la venta en cualquier shopping o aplicación de streaming, entonces, lo que nos vende, es una suerte de normalización sonora de nuestros sentimientos. No es que esté mal, pues al fin y al cabo eso ocurre dentro del capitalismo y del comunismo más buena onda, se venden cosas para mantener la fábrica funcionando, la administración administrando y al consumidor consumiendo. Más o menos lo mismo hacen los celulares, el porno, la moda, la cocina, la religión, la universidad y los programas de preguntas y respuestas. Nos entretienen y nos garantizan que al menos una serie limitada de experiencias y fenómenos se van a quedar quietos en medio de un mundo que se desbarrancó hace rato y no para nunca de caer.

En esa suerte de instantánea de los sentimientos “popificados” el repertorio de, por ejemplo, un tipo como Luis Miguel, se reduce a dos grandes núcleos temáticos: polvos que acaban bien, polvos que acaban mal. El universo, entonces, sufre un recorte en su variedad, en sus matices y sus grises y la complejidad de la vida se vuelve una simple disputa entre nuestras posibilidades de ligar o no un viernes por la noche que se extiende desde que damos el primer llanto hasta que le llega la factura de la corona a nuestros deudos.

Ahora, que la gente sufre por amor entre otros tantos sufrimientos no sorprende a nadie. Si querés sufrir, motivos son lo que sobra. Pero con la felicidad pasa otra cosa. Hablamos de la felicidad, la mentamos, la conjuramos, precisamente porque no sobra, porque tal vez sea un bien más escaso que la inteligencia, el coltán o las democracias nórdicas. Y eso al pop le resulta ajeno pero se vale de ello para vender más y mejor porque todos somos un poco envidiosos hijos de puta que queremos lo que otros tienen y nosotros no. Ya lo decía Lacan «se ama lo que se conoce y no se tiene». Y como en las publicidades son todos felices, blancos y de clase media exitosa que ganaron todo lo que poseen gracias a su emprendedorismo y esfuerzo meritocrático, nosotros, negros de mierda, pobres a cagarse, y sin más voluntad que para pasarse el fin de semana viendo series, nos encajetamos a más no poder con ese berretín de despertarnos con una sonrisa en compañía de alguien que nos mienta que se va a quedar toda la vida junto a nosotros para hacernos torta fritas cuando llueva y haga frío.

Por eso la felicidad genuina en el pop es rara, poco creíble. Por eso le desconfiamos a la felicidad y a la dicha los que no solo mamamos del pop sino también del romanticismo alemán del siglo XVIII, de Bequer, de Neruda, Benedetti, Mccartney, Laura Paussini, un montón de videojuegos donde la chica rescatada se queda con su héroe y comedias románticas en las que está todo bien, fue una confusión y el galán es el príncipe azul y el puto amo de la monogamia.

Pero a veces, muy pero muy de vez en cuando, cada muerte de obispo, llega el día del arquero. Prendemos la radio, dejamos el random de Youtube activo y entonces el algoritmo mágico de la posmodernidad tecnológica nos recuerda una canción pedorra que chorrea felicidad y casi que le creemos, casi que nos gustaría estar en ese cuero henchido de sonrisas, casi que nos contagia esa ceguera necesaria para ser felices sin preguntas.

Hay que hacer muchas concesiones para ser felices, o casi.

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