Salgo del laburo. Con la cosa del metrobus se colgaron con unos cuantos foquitos. Paseo Colón está a oscuras. Si no te afanan te vas al carajo en algún desnivel. Pienso que me voy a encontrar con algún contingente de niños que aprovechó el miércoles de vacaciones de invierno para verse una peli a mitad de precio. La pifio. En vez de pibes me encuentro con la marcha de la CGT. Claro, es 26 de julio, el día en que Eva estiró la pata. Como un boludo amanecí celebrando el asalto al cuartel de Moncada pero ninguno de mis conocidos se acordó. La calle está repleta de bondis y militantes sindicales. Algunos aprovechan que está sucia la explanada de la facultad de ingeniería y vacían las tripas ahí mismo, sobre los huevos podridos y el vinagre que dejaron los amigos de alguno que se recibió. Reconozco el valor que hay que tener para cagar en público y al aire libre una noche como la de hoy.

La monada canta, celebra, reivindica tiempos mejores, más amables a la hora de correr la coneja.

Los reflectores del edificio de la CGT iluminan el cielo y chocan con los nubarrones. Solo le falta el símbolo de Batman o Moyano.

En la parada me encuentro con más cánticos que combaten al capital. Una columna que viene saltando de Plaza de Mayo canta “Despacito”. A su vanguardia van unas chicas de jean ultra ajustado. Uno de la fila del bondi les grita en singular – “Compañera ¿Da para un polvo en Solano?” Se dan vuelta todas. Una le hace fuck you. Otra hace un gesto universalmente reconocido: Se toma la entrepierna con una mano y la ajita de abajo hacia arriba sobre el pantalón como si tuviera huevos. Los que van con el que gritó, se ríen. A todos nos queda la duda si la flaca los tenía o no.

*

En la fila hay un par que están pasados de bebida. Son grandes y gruesos y andan en musculosa. Hicieron bien en tomarse algo fuerte. ‘Ta fresco. Uno que no está con ellos y tiene pinta de subalimentado arranca a preguntar uno por uno si son peronistas. Cada vez que alguien dice que sí la fila entera aplaude. Nadie se niega. A lo lejos se ve un 61. Por ahí si se apura me ahorro la pregunta. Tengo un problemita de boca floja que 24 amonestaciones, 2 psicoanalistas, 1 despido y varias cachetadas no supieron curar. El borrachín le pregunta si es peronista a una piba súper coqueta que tiene pinta de laburar en la sede de Telefónica que está por ahí. La piba le dice que sí. Todos aplauden. Uno le ofrece cerveza en una botella de Manaos. No acepta. El borrachín sigue. Al 61 se lo ve cómodo esperando el semáforo de avenida Belgrano. ¡Puta madre! Se me acerca. Uno más responde. Aplausos. Otro más, aplausos. Mi turno. “Eh, compañero, vo’ so’ peronista?” Transpiro. “Si, contesto, de la primera hora. Peronista de Vandor”. Me mira. “La re cagué de nuevo, pienso, soy un pelotudo”. No hay aplausos. Al toque llega el 61. El borracho no me dice nada. Se queda abajo. Subo. Estoy tan cagado que sin querer interrumpo el paso de un par que quieren viajar sin garpar el boleto. El chofer, que seguramente es amigo de Chuck Norris, los boludea y los obliga a sacar la SUBE. Me hundo en el asiento. De reojo veo que un par me miran. Pienso argumentos en mi defensa. No sé si me creerían si les digo que no tengo nada contra ellos, que incluso también tengo un amigo peronista y no lo juzgo.

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