Pasan tres. Ninguno para. El refugio está que estalla. Vienen otros dos. Algunos se suben. La fila no se da por enterada. Quedamos una banda. Hace frío. Cuando viene un semirrápido, para y abre la puerta. Se escucha la ovación como si el profeta obrará el milagro anunciado. Preferiría putear y prender fuego todo pero no se suman, en especial los que ya vienen arriba y nos gritan que no hay lugar y no se puede más. Se me cola una parejita. Ella se podría haber tomado el otro y dejarnos lugar en este porque se baja acá nomás pero no le bastaba con intercambiar fluidos toda la noche, también quería hacerlo de mañana en un bondi hasta la pija. Besito baboso va, besito baboso viene. Con ruidito. Ploch, ploch, muiiiik. El pibe, en plan de humorada le palpa la entrepierna. Ella se sonroja y le dice que no. Se ríen.

La mina que sube detrás mío está fundida contra el vidrio de la puerta. No puedo ni me interesa hacer nada para aliviarla de su asfixia. Tengo clavadas en el ombro sus agujas de tejer porque en su imbecilidad seguro que creía que iba a ir sentada redimiendo con escarpines de lana el invierno en los corazones del mundo. Como no puede tejer se pone a conversar a los gritos con un tipo que le dice que se va hasta Florencia Varela a hacer una changa. Va a hasta Consti en el semi y de ahí el tren porque con lo que sale el Costera ida y vuelta , dice, compra el pan y la leche para la nena.

Una secuencia de frenados y pozos nos sacuden. Alguna vez leí que la mecánica de fluidos estudia cómo se mueven los líquidos. Eso somos. Agua sacudida dentro de una botella. Voy de la puerta delantera a la trasera sin moverme, arrastrado, compelido. Me pegan. Me arañan. Me tocan el culo. Alguien me palpa el paquete, imagino que sin querer; un nene sentado en un escalón tose moco verde en mi zapato izquierdo; uno con una de esas camperas de moda con forma de muñeco michellín se fue a la mierda con el desodorante y todo huele a coco de las islas Trobriand.

Frente al polo industrial vacío de laferrere, que Cristina inauguró siete veces y Mauricio dos, un bondi, otro, se llevó puesta una moto. Fila de autos en todas direcciones, bocinazos. Hay un pibito tirado en medio de un charco de sangre chocolatosa. El chofer del bondi en el que voy le grita algo al chofer del bondi del accidente. El otro le grita que no sabe qué pasó. Sintió un crack. Se bajó y vio al pibito que le dijo “me parece que me voy” y nomás parece que se fue. Viaje largo, dicen.

El chofer, el mío, se cansa y agarra por la banquina de tierra de la ruta 21, como tantos otros que tuvieron la misma idea. Como hay barro se salpican las ventanillas. Estamos en medio de un lodazal espantoso. Me siento en el pozo, el agujero de la puerta del fondo. Tengo que levantar los pies porque entra un barro viejo, aceitoso por el mismo espacio por el que entra el chiflete congelado. Mi pantalón era marrón al salir de mi casa. Ahora es gris y negro.

De pronto, el colectivo tiene que salir de la banquina porque están asfaltando. Claro, debe ser difícil hacerlo de noche, o en una hora que no sea pico. Todos sabemos que el asfaltado requiere de la mirada de la gente para que se solidifique el puto alquitrán. Es como si el asfalto fuera una fruta de estación, se cosecha en años electorales.

Me felicito por ser un tipo triste y sin esperanzas. Poner a prueba la alegría con todo esto sería muy frustrante.

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