El chofer escucha una radio, radio pop. No reconozco el programa solo la temática: La hora gay. Pasan fragmentos de canciones latinas y de reconocidas bandas famosas por explicitar su condición como Pet shop boys y Culture Club. Los llamados de los oyentes son todos en plan acusatorio jocoso, que tal es maricón, que tal y tan son pareja, que tal y cual se frotan en algún lugar. El conductor, Beto Casella, se ampara en la buena onda. Algunos pasajeros se cagan de risa y se acusan unos a otros de tragasables, cortachurros y soplapetes.

Pienso que Fernando Peña hacía algo parecido desde otro lugar. Convocaba a los protagonistas, sino a emponderarse al menos a vivirse a sí mismos críticamente y con humor.
‪#‎niunamenos, mal que nos pesa, no cruzó las inmediaciones de la plaza del Congreso. Caló como discurso, como speech, como leiv motiv progre y políticamente correcto. Las estadísticas dan cuenta de eso. La falta de recursos financieros para los programas y áreas del estado vinculadas al tema lo demuestran.

A horas de un nuevo #niunamenos no hay la menor empatía ni la más remota reflexión sobre los mecanismos cotidianos de la discriminación sexual. Los medios de ejemplificación masiva tratan estos temas como contenidos fuera de lo habitual, extravagancias sobre las que se puede opinar con gesto adusto y al mismo tiempo hacer la burla picaresca. Mientras en nuestra lengua de uso diario perviva la noción de lo no-heterosexual como algo juzgable, jocoso y extravagante no puede haber avances ni aceptación del otro en su diferencia.

Como tantas otras veces Nietzsche tenía razón “No habremos matado del todo a Dios hasta que no matemos la gramática”.

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