Salta y Brasil. Hay un puesto de diario justo en la esquina. Frente al banco y al local de patys al paso. Justo en la puerta de un negocio que vende zapatillas que es de uno de esos boxeadores que quedaron medio turulos por los golpes. Ahí, hace como diez años vi por primera vez como apuñalaban a un tipo. Dos flacos con pinta de venir de una de las bailantas de la zona encararon a otro que hacía esquina y con un cuchillito de mesa lo cocieron sin mediar palabra. Gratis. Porque sí. Al menos eso parecía. En esa época no había policía. Cada tanto caía un patrullero, pero era porque Radio Estudio y un prostíbulo de travestis que había sobre O’brian les regalaban cerveza. Hoy día hay policías, pero no se meten en nada salvo que uno esté demasiado pasado de rosca y se ponga a boludearlos. Los viernes, olvidate, Constitución es para los guardianes de la ley y el orden como una fábrica de pan dulce en navidad. Mucho laburo. La gente se macha, como dicen los santiagueños, se toman lo que encuentren para resistir y llegar a casa. “Nunca faltan encontrones cuando un pobre se divierte”. Por eso, cuando empiezan los gritos, veo cómo sale de escena el cana que charla con dos dominicanas que están haciendo calle. Un flaca en la parada del 96 que va a Villegas empieza a discutir con uno de la fila. Parece que están juntos. Parece que los dos están picados. Parece que se quieren cagar a trompadas. Lo sospecho porque ella se sorbe los mocos y le encaja un gallo verde en el medio de la jeta. Tres albañiles tienen que parar al flaco que la quiere matar. La mina le grita que tiene el pito corto, que no sabe ni hacer un asado, que si el boleto lo paga ella es ella la que dice por dónde viajar. El flaco está desencajado. Los que lo tienen agarrado le gritan a la flaca que se deje de romper las bolas y se vaya porque sino se lo sueltan. La mina guarda silencio. El flaco se calma.

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Detrás mío la fila llega a hasta el puesto de diarios. Subo al colectivo y tengo asiento. Cuento setenta personas ahí arriba. No entra ni el más flaco de los siete enanitos. Los que se quedan abajo golpean los vidrios. Arranca. En la esquina de Salta y Estados Unidos hay, fácil, medio centenar de pobres diablos. Están tan enojados porque no les abren que de tanto empujar mecen al colectivo. El bondi se pone en marcha. Arriba, los de atrás le gritan al chofer que les abra, que después se quejan cuando les cortan los dedos. Los del medio putean a los de atrás porque ya no pueden respirar. Los de atrás les contestan que cómo que no pueden respirar si desde donde están se ve que están tomando vino en damajuana. Me da curiosidad y estiro el cogote. Posta. Un par están tomando vino en damajuana. Al subir a la autopista los de atrás guardan silencio. Los del medio, también.

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Un oportunista que subía con un pibe en brazos le birla el asiento al que está a mi lado. Tuvo que atravesar medio colectivo para conseguirlo. El que se lo da está medio porreado. Combate el bajón con cuatro alfajores que le compró por $20 a Pipi, el vendedor oficial del 96.

El tipo con el nenito se queda dormido. El nene me mira fijo. No tengo ganas de hacerle morisquetas. En un momento, sin dejar de mirarme se tira un pedo largo, sonoro. Me sonríe. Ojalá sus padres lo lleven al médico. Nadie sano puede oler así.

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