Los baños de la estación siguen clausurados después de dos años. Si estás muy urgido te quedan los del primer piso pero tenés que patear una escalera larga y empinada. Suele estar a oscuras. Cuando llegás la cosa no mejora tanto, tenés un pasillo de durlock que huele a lavandina pura. A la izquierda las mujeres, a la derecha los hombres. Hay un tipo de seguridad privada en la bifurcación, justo en la puerta de lo que vendría a ser un baño para discapacitados. Raro que esté ahí arriba porque nunca anda el ascensor así que si tenés alguna necesidad mejor que tu silla de ruedas levite porque sino te cagás encima.Los baños de las estaciones tienen su lugar destacado en la historia homosexual del país. Antes se les decía teteras. Eran el lugar más acorde para relojear bultos y negociar una chupada. Cuando a la gente se le dio más o menos por madurar, ya no hizo tanta falta ese tipo de espacios. Tampoco es que la variedad sexual esté súper aceptada. Por ahí esos espacios se desplazaron a los baños del tercer piso de la facultad de Filosofía y Letras o la sede de Marcelo T, de Sociales. Los intelectuales tienen el berretín de la promiscuidad romántica, como todos los posmos.
En Consti el asunto se mantiene proletario. Ya cuando entro el ambiente está raro. El flaco de limpieza, un tipo grande, alto y canoso dice a viva voz sin mirar a nadie en particular: “A ver las mariposas si se apuran”. Nadie le contesta. Los mingitorios están ocupados. Los inodoros también. El frÍo te afloja las tripas. Aguardo mi turno. Cuando me llega, me acerco. Como se sabe, en situaciones así solo se mira la pared. Mirar a otros mientras se mea, en el caso de los hombres, es un acto de intimidad que uno se permite con amigos o con quien se comparte cierta cotidianeidad. Es, en realidad, algo muy incomodo puesto que los arquitectos de escusados tienen la costumbre de ponerlos muy juntos unos de otros. En invierno y en lugares de trasbordo uno rosa los bolsos y los abrigos de los otros por lo que se ve obligado a una serie de precauciones:
*No orinarse a sí mismo.
*No dejarse salpicar cuando el chorro sale y golpea con el agua o el orín estancado.
*No rosarse mucho con los otros.
*No salpicarlos.
*No mirar porque pueden pensar que uno es puto.
*Más de tres sacudidas es paja.
La vida del hombre también tiene sus bemoles.

La cosa es que mientras tenía esos cuidados por el rabillo del ojo veo que el de al lado tarda mucho y voltea hacia un lado y hacia el otro con poca discreción. Sigo con la vista al frente. Cuando estoy terminando el que está del otro lado del inquieto lo increpa: “¿Qué mirás? ¿Sos trolo?”. Se lo nota picado de vino. Todos se dan vuelta a mirar. Levanto la vista y lo veo, al inquieto. De unos sesenta años, teñido de negro furioso, aros brillantes, anillos en todas las manos. Usa unos jeans demasiado ajustados para su edad. Tiene un bolso nike entre violeta y rosa del que sobresale el mango de una paleta de paddle. Responde con un “¿Qué te pasa?”. Tiene una voz aflautada. De la entrada se oye al de limpieza: “yo avisé”. El picado está con dos amigos. Se le vienen al humo. Al toque entra el de seguridad y pregunta qué pasa. El mirón esquiva el manotazo en cámara lenta que le tira el picado. Está más relentizado de lo que parece. Sus amigos están igual, coordinan muy poco. De uno de los cubículos con inodoro sale un cana gordísimo con los pantalones a medio abrochar. “¿Ni cagar tranquilo se puede?” Todos nos quedamos quietos. El mirón aprovecha y se las toma tranquilo pero con trote firme. La situación se acomoda. Mientras me lavo las manos los 6 o 7 que participaron de la secuencia hacen una serie de comentarios que serían la comidilla del funcionario más pingüe del INADI. Uno de los picados, como haciéndome participe de la charla, me pregunta “¿A vos te gustaría que te relojearan el bulto?”. “pa’ lo que hay que ver”, contesto.
Me voy sin saludar.

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