Hay una combinación aun peor que la del vino y la sandía, la que surge de la mezcla de quedarse dormido ➕ culpa ➕ transporte público en el conurbano ➕ homo ergaster parado junto a mi escuchando a “la princesita Karina” a todo volumen en sus auriculares. Esta entente de factores de riesgo es ubicada por la Organización Mundial de la Salud por encima de la peligrosidad del glifosato, el libro de Luis Ventura y la mala leche de Orión, incluso, también, sobre el voto peronista.

El tránsito no ayuda. El chofer, enfrascado en seducir a una madurita con un escote criminal a las seis de la mañana, tiene el buen tino de comprender que no se puede ir rápido, esquivar peatones imprudentes y garantizarse, al mismo tiempo, un buen polvo. Elige ir a la velocidad en que los mongoles atraviesan a pie el desierto de Gobi.
Entre el peaje del Mercado Central y el peaje de Eva Perón se congregan todas las huestes del infierno. Un idiota que decidió morir estampado junto a su auto contra una columna sirve de entremés para que cada vehiculo que pasa se detenga, llene sus ojos de sangre y vísceras retorcidas entre metal, respire hondo, sonría y siga su curso empiponado de morbo.
Mi profesor, que tiene tono de nuevo rico progre, viste chombas polos y vota a Carrió pero no lo dice, se va a enojar por mi segunda llegada tarde.
Cuando se necesita llegar a horario es mala onda no ser el dueño de un helicóptero.

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