Es de noche, tipo 20:30. Está fresco, pero no tanto. Antes de salir del laburo me puse unos calzoncillos largos. Craso error. Ayer funcionaron bien pero hoy no. Me pican. Me detengo a rascarme las partes íntimas frente a un bar pocilguero de Constitución. Siempre está lleno porque no es solo bar. También es pizzería, parrilla, panchería y despensa de prostitución y también otras cosas poco claras. Las chicas se sientan al fondo, en una mesita. A decir verdad, no son chicas. Son señoras que deben estar en el oficio desde que más o menos se fundó. Nada que decir; cada quién para la olla como puede. Aparte, si están es porque clientes no les faltan y en ciertas áreas de la vida la experiencia y la maña valen más que la fuerza y la turgencia.

El bar debe estar en el barrio desde que a la ciudad la gobernaba Juan de Torres Navarrete. La distribución interna es calcada a la que puede verse en fotos donde Gardel y Corsini humedecían el garguero. Isla central por donde el mozo y el cocinero se mueven con dos pasillos a los costados que la rodean y dónde los parroquianos se congregan. Tiene una docena de banquetas altas de cuero a azul. Hacia el fondo, un ventanal que separa al bar de una cocina y de dónde emergen la comida y las bebidas que no están en los exhibidores. A cada lado del ventanal, una mesa. Del lado izquierdo hay un póster con la imagen de José SanFilippo sacado de alguna revista El Gráfico de los años 60. Las paredes del local y la isla tienen azulejos blancos recubiertos con una capa amarillenta. Debe ser grasitud, polvo y hollín del caño de escape de los bondis que se cuela por la puerta. No hay registro de que haya cerrado alguna vez para pegarle una enjuagadita al local. En verano nada de aire acondicionado. Un ventilador perezoso colgado de la pared y gracias. En invierno nada de calefacción, para calentarse está lo que se vende. Tiene un televisor que solo está prendido los días que hay partido. La música ambiental va de la cachaca a la polka paraguaya pasando por los charros, Gary y Mala Gata.

Le saco la radiografía al local para que me crean porque lo que veo y escucho es de lo más extraño. En la punta de la isla cercana a la puerta, sobre la calle Brasil, están sentados 4 tipos grandes, veteranos, canosos, con arrugas, bufanda, sombrero. Usan saco con polerón y pitucones en los codos. Uno tiene un bastón estacionado junto a la banqueta. Toman algo que podría ser grapa, Mariposa o Legui. Lo usan para reempujar la porción de muzza que cada uno tiene delante. Se los nota picados y verborrágicos. Uno, de repente, grita, esparciendo saliva, con el barbijo de friselina colgándole de una oreja
-Te dije que es mejor Rosaura a la Díez, puto, no jodas más.

Otro de los viejos, ofendido por el insulto, o porque no está de acuerdo con la afirmación, o no es fan de Marco Denevi o le gusta más Ceremonia Secreta o su reversión de Romeo y Julieta, agarra una botella de vino 3/4 que era de un tipo cualquiera que charlaba con el mozo, y cuál película de vaqueros, la rompe contra el borde de la isla. Saltan los cachos de vidrio hasta la vereda. Hay una desbandada general de gente, vasos que caen, butacas que se arrastran. El viejo amenaza con el cacho de botella al que le dijo puto. El otro, lejos de apichonarse, le hace frente. Incluso desde donde estoy se le pueden ver los ojos inyectados. Junto a mí se apilan una decena de otros curiosos que pasaban por ahí y se coparon con la secuencia. El viejo del vidrio tira el primer estoque. Le erra. Tanto adentro como afuera del bar se escucha un «uuuuuuu» El mozo, un pelado cincuentón, saca un palo de amasar y se lo emboca en la cabeza al viejo, que trastabilla y cae sobre la pared. El otro, envalentonado, amaga con ir cagar a patadas al viejo del vidrio que ya está en el suelo, pero las señoras trabajadoras sexuales lo agarran de atrás, lo inmovilizan y el mozo aprovecha y también lo emboca a ese, directo en el comedero. El tipo se desploma. Los otros dos viejos, que nunca se movieron, dejan un billete de $500 y hacen mutis por el foro hasta que el mozo los apunta con el palo y les grita
– ¡Faltan otro´ 500, no se hagan lo´ boludo´!
-Cobrales a ellos – le dice uno de los viejos.
-Ya le´ voy a cobrar a ello´, vo’ quedate tranquilo, pero de acá no salí hasta que me da´ lo mío.

Uno de los parroquianos amaga con cerrar la puerta pero está como soldada al piso de tanta mugre y se da por vencido. El otro viejo, sin decir ni mú, saca de un bolsillo un billete arrugado y se lo da tanteando que el mozo no lo surta. El mozo agarra el billete y les dice que ahora sí, si quieren se van pero que los otros se quedan. Caen un cana viejo en compañía de una milica joven, morrocotuda con pilcha antidisturbios, que nos dispersa golpeando las manos y gritando que no hay nada que ver. Una flaca que se quedó a mirar la historieta grita que le acaban de robar el celular. A lo lejos se ve uno que cruza hacía la plaza corriendo. Chequeo si tengo la billetera. La tengo.

Pierdo el bondi, por chusma.

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