Algún día habría que hacer un listado de las implicancias y simbolismos de cada uno de los asientos del colectivo. Hoy no es ese día. Lo digo porque en el viaje de la mañana tuve la suerte de sentarme. No en cualquier asiento sino en el primero, lado ventanilla. Legalmente uno debería cederlo. Pero la cosa es que pocos lo quieren. Es difícil entrar, es difícil salir, tiene poco espacio hacia adelante y el sol te pega patadas en los ojos. Te lo piden, obvio que lo soltás pero casi, casi no lo quiere nadie si está en condiciones de enrostrarle sus derechos a otro sentado en un lugar más cómodo.

Acurrucado en ese espacio diminuto hago el acting de dormirme con los auriculares puestos. Escucho lo que pasa. Como la tengo atada sé, aun con los ojos cerrados, dónde estamos y cómo está la fila de la parada a la que arribaremos. Lo siento en el aire, en los huesos. Me conecto con el intelecto agente separado de corte avicenizante y actualizó el estado de las rutas. Tampoco tengo la bola de cristal. Simplemento doy una guiñada rápida para relojear el estado de los viejos y pispear las caras de “me embaracé con el polvo mañanero y me tenés que dar tu lugar”. No hay moros en la costa.
Sin embargo la veo de atrás. Tiene unos cuarenta, va con un pibe que pasado mañana cumple 17. Le hace upa y reclama un lugar porque es su derecho constitucional y universalmente reconocido por todas los dioses del firmamento conocido. La advenediza que está a mi lado, junto al pasillo, es tomada por sorpresa y lo suelta. Cuando se saca las lagañas se da cuenta de su error. La veo putear por lo bajo.

Mientras el pibe tararea el himno de deportivo laferrere la madre le pregunta con vos angelical al chófer un pavada. El tipo, que tendrá unos veintipocos le contesta y le da charla. En su celular suenan Callejeros, los redondos, la renga y divididos. Pienso en que hay algo de humor negro en poner una lista de bandas con muertos sobre el lomo y hasta me resulta divertido pero me lo reservo.

El bondi se desvía. La autopista está cortada. En algún momento se mete en el Metrobus del Sur. Muy lindo pero tardamos el triple. Les costó un fangote, lo dejaron pasable pero pasa por unos barrios a los que les hace falta más que una mano de pintura para quedar bonitos.

El chófer y la madre del niño gigante charlan el resto de viaje, total tienen tiempo; comienzan a tirarse onda con carpa. Él le dice su número de teléfono, ella le da su mombre para que la busque en Facebook. Le dice que no le mande mensajes por la noche porque el padre del nene es medio “perseguido”. Él le dice que no lo llame los fines de semana.

Me siento afortunado. Fui testigo del levante con menos eses del idioma castellano.

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