Como la edad que tengo no es nada barata mí memoria alcanza hasta tiempos en los que no era tan habitual como ahora que los diarios te explicaran paso a paso cómo amasijar presidentes; o sí, pero eran más discretos. En esas épocas, con la excusa del currículum oculto y aquello de formar al educando para el mundo laboral, te obligaban a ir al colegio de punta en blanco. En la puerta se paraba una preceptora o algún otro con cargo institucional y te miraba la facha a ver si te encontraba algo en órsay.

Para los chicos los pecados eran el pelo más largo de lo permitido, un afeitado deficiente, la camisa arrugada, el nudo de la corbata mal hecho. Para las chicas, la pollera tableada por encima de la rodilla, el pelo suelto, el exceso de maquillaje. Y wuay! Que no lo cumplieras o les dijeras algo al respecto. Después les chupaba un huevo el bulling, los profesores piropeándole el orto a las pendejas, la monada tomando merca en el baño, pero eso sí, muñequitos de torta. Como si la división de polinomios o la escala hipsobatimétrica de los mapas requiriese un pantalón planchado. En fin, la hipocresía.

Sin embargo, hay que reconocerles algo: te preparaban posta para un requerimiento ganso del mundo laboral: la buena presencia. Hasta el empresario más piguyi cree que para cagar más arriba de lo que le da el tiro del pantalón tiene que exigirlo cómo requisito excluyente. No importa que necesite un tipo para palear carbón al rayo del sol, lo pide igual, de puro tilingo. Lo mismo pasa con el uso del Excel y el inglés. Todos decimos que sí y al final contamos con los dedos de la mano y gracias que apenas balbuceamos guaraní. En fin, la hipocresía.

Curiosamente, el bondi es la pasarela dilecta para averiguar a quiénes los tienen cagando con eso y a quiénes no. Está a la vista, gente a las puteadas porque la pisan y se le ensucian los zapatos, a las puteadas porque en el amontonamiento las camisas y las blusas se vuelven bandoneones, carajeando ante la tierra que entra por las ventanillas cuando se atraviesan barrios de extramuros. También están los que se quejan de que el humo de los camiones les ensucia el pelo, o que tal o cual bebé madrugador les vomitó las sandalias. En el 382 o el 143 uno puede darse por realizado si el que está al lado no viaja en cueros. En bondis chetos, como el 12 o el 152, la pilcha es un signo de status velado. Nadie dice “mírenme” pero es como sí lo hicieran. Al ser casi todos de clase media, o que aspiran a ella, visten a la moda dentro del margen de maniobra que les permite el look más o menos prototípico de su profesión. Lo que más rankea es el de médico. Ambo, saquito, mochila o bolsito, auriculares caros, cara de mirar al porvenir pensando en salvar vidas, y merecer aplausos a las 9 de la noche. También son parte de la fiesta geeks, hipsters, jóvenes del mundo de la tecnología que no ven la hora de bajarse en un Star Buck para sentirse parte del Silicon Valey vernáculo.

Los colectiveros, como los policías tienen su uniforme particular, su signo distintivo. Por eso llama la atención cuando no lo usan. Intentan sembrar la duda para que no los puteen, aunque no quepa duda que son lo que, por la razón que fuera, se niegan a reconocer que son.

Se cae de maduro, pero si se relojéa la ropa de los que viajan en combi desde, por ejemplo, Adrogué y se compara con los que viajan, pongámosle, desde Solano, la cosa queda clara. Unos la yugan todo el día por dos mangos, y los otros… también, pero a gusto en su fantasía de clase superior yrigoyenista y antipopular.

Por eso cuando al colectivero se vuelca el mate hirviendo en las pelotas los pasajeros que tiene alrededor se preocupan más por su ropa que por su integridad reproductiva. El chavón iba con uno de esos mates que son mitad termo con bombilla mitad botellita de agua. Un invento poco noble para tomar sin cebar ni compartir. Resulta que antes de Evita city están haciendo un túnel por debajo de las vías del Belgrano Sur y cuando sopla el viento la zona se llena de una neblina terruna, ocre. Si se le suma el humo de los caños de escape y el de las parrillas a la vera de la ruta que venden tortilla santiagueña, Paty y choripán ese tramo de la ruta 21 se vuelve una trampa mortal, un triángulo de las bermudas sin playa. Justo que pasamos por ahí se cruza uno en bicicleta salido de la nada, de la niebla, de la misma vacuidad. El fercho clava los frenos. La monada va tan compacta y apretada que apenas siente la sacudida, pero el colectivero escupe el mate y queda flotando la duda sobre si se cagó o no. Detiene el bondi al costado de la ruta, en la banquina, y alguien le acerca una toallita de mano. Otro, alcohol en gel para que se tire en la camisa porque ahora tiene un manchón verde que va del cuello hasta el último botón de abajo. Le escucho decir que si lo ven en la línea con esa mancha va a saltar la ficha que estaba tomando mate y lo van echar a la mierda porque ya tiene varios llamados de atención. Una vieja le dice dos o tres veces que, para que la mancha se vaya, tiene que tirarle soda porque las burbujas levantan la mugre, que ella sabe porque trabajó 30 años en el Hospital Italiano y que para sacar la sangre de las sábanas usaban soda Ives, que es la mejor. Nadie le da pelota porque habla de puro metiche y porque nadie tiene a mano un sifón. En el bondi está Paula, la chica trans elocuente que sube en el Metrobús del km.29. La piba siempre está divina, aunque por lo general un poco semidesnuda. No obstante, sin dejar de hablar por celular, saca un cepillo de ropa de una mochilita de nena de jardín de infantes que lleva. Se lo da al chofer. El tipo se baja del bondi y empieza a correr. La monada mira extrañada y algunos empiezan a putear preguntando a dónde fue, qué piensa hacer, cuánto va a tardar, que encima que lo tienen que esperar 45 minutos el tipo los deja ahí tirados. Los que van atrás de todo gritan que lo vieron entrar a una parrilla. A los 5 minutos vuelve corriendo. La camisa no tiene más la mancha verde, aunque se nota que está mojada. Le devuelve el cepillo a Paula.

– ¿Ehhh, cómo hiciste? – Le pregunta uno, sorprendido.

-Fui a la parrilla y les pedí que me tirarán un chorro de soda. Después lo cepillé. ‘tuvieron re gauchos.

– ¿Vieron? Yo les dije- dice la vieja. Sonríe satisfecha todo el viaje. El colectivero, igual.

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