San Telmo. Viernes por la tarde. Un centenar de personas deambula por las calles en busca de bares y cervecerías que les permitan sacarse el tapabocas y hacer como si nada hubiese cambiado en el mundo. Salvo por las meseras embarbijadas que ofrecen alcohol en gel rebajado con agua todos hacen como si no pasara nada. Respetan, guardan la distancia. Incluso los que piden monedas, algo para comer o los que venden pañuelos descartables, medias o repasadores. Alguno que otro medio colocado juega a saltar las vallas con las que cortan la calle para que los barcitos de la zona pongan mesas al aire libre. Una especie de burbuja segura, hasta que cae la noche y se suman las botellas. Cruzado ese límite ya no importa nada. En uno de los bares una mesera me comenta que ya no se pone guantes de látex para recoger los barbijos que la gente olvida cuando paga y se va, que le da igual, si total cuando entra a la cocina del bar tiene tres cocineros apretujados en un espacio de uno por uno. Me cuenta que cuando cierran, se toma el bondi y el tren hasta Moreno y viaja apretujada con la monada respirándole en la nuca. Dice que viaja tanta gente que el otro día se bajó y tenía la cartera enguascada. Uno se hizo la paja, se limpió y nadie se dio cuenta.

—No sabía si tirarme alcohol o acaroína, me dice. Se ríe, imagino que por no llorar.

El barrio se pone turbio después de cierta hora. Cuando empiezan a cerrar los barcitos los que tienen el pico caliente se quedan dando vueltas buscando más. Escucho de refilón el dato. Una cervecería sobre Defensa, pasando San Juan, rumbo al Lezama, baja la persiana como dice la ley y te vende si sos discreto y no levantás la perdiz. Tiene una ventana diminuta, verde, junto a un local que vende duendes de madera y friselina. Me hace acordar a esas despensas de falopa en el conurbano en la que tenés que hacer cola para que te vendan alguna porquería rebajada con bicarbonato o faso curado con meada. Hay gente sentada en la vereda de toda la cuadra descorchando como campeones. No parece una secuencia misteriosa, en especial si se tiene en cuenta que hay un patrullero a dos cuadras que en el asiento de atrás tiene una bolsita con el logo del local. Hace calor, quién les puede decir algo.

Golpeo la persiana, la ventana se abre, aparece la cabeza de un adolescente con barbijo y máscara transparente que me pregunta qué me vende. Le digo. Saca por la ventana una bolsa con un par de latas. Me las cobra como si en ellas viniese el néctar de las musas que tomaban Hesíodo y Homero. Le digo que me parece caro.

—Es lo que hay, papu. Dice mientras agarra el billete de mil y me devuelve una moneda de dos pesos. Tiene el tupé de preguntarme si quiero algo más. No le contesto.

Al rato, la calle es una peregrinación a la Meca. Desde los barrilletes que manguean monedas a ver si juntan para una latita hasta unos pibes nórdicos que se quedaron sin pesos y solo tienen euros. No les importa perder con el cambio cuando le preguntan a los que están sentados. Una chica con pinta de oficinista medio copeteada pero muy honesta les dice en un inglés impoluto que no les conviene el cambio que proponen, que vuelvan al hostel o a donde sea que estén parando y cambien ahí.

—No nos imporrrrrrta— les contesta uno en un castellano de mierda —querrrrremos tomarrrrr ahorrrrra perrrrro el vendedorrrrrr es medio garrrrrrca. Todos se ríen de la forma en qué pronuncia. Se quedan ahí conversando. Se forma una ronda como de diez personas entre parados y sentados. Distancia social, bien gracias. Uno de los nórdicos prende un porro. Huele horrible. El que se los vendió les vio la cara o a los pibes no les importó. Son 5, cuentan, pero uno se fue a la costa con una piba que conoció en un bar de Villa Crrrrrrespo la semana pasada. No entiendo bien si son noruegos, suecos o esquimales. Uno parece salido de una serie de vikingos. Es el sueño húmedo de cualquier ario. Vinieron de vacaciones después de haber estado en otros lados. De alguno los echaron por no tener no sé qué papeles.

—Son unos garrrrrcas— vuelve a decir —estamos sanos. Los presentes le festejan la humorada. El pibe sabe que con su castellano horrible tiene levante y se sienta a medio centímetro de la flaca que les habló primero. Ya está dada vuelta. Tiene a sus pies 5 latitas vacías. El chabón saca un celular rarísimo y pone música. Suena cumbia. De pronto, sin que nadie lo espere, los cuatro nórdicos le cantan a la piba una canción de Leo Mattioli. «Cómo harrrré parrrra empezarrrrr / otrrrra vida si no estás aquiiiiiii conmigo». Toda la cuadra los acompaña en medio de gritos de algarabía y festejo. Varios se ponen a bailar como posesos. Cuando terminan, sin mediar palabra, la piba le zampa un beso de lengua al que le hablaba. Todos aplauden. Uno de los nórdicos mirando alrededor extiende los brazos y me dice, a su manera,

—Esto es lo que me gusta de acá, está todo rrrrre bien.

 Le doy la razón, de puro compromiso.

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