Andrés Calamaro en un estudio de radio. Está presentando On the Rocks, su disco de 2010. Le hacen un reportaje. Alguien llama y deja un mensaje. “Lo escucho mientras me hacen quimioterapia”. Silencio. Calamaro agradece y el reportaje sigue. ¿Pero cómo seguir? Un tipo se está muriendo y acompaña lo poco que puede hacerse con las canciones del salmón de fondo. Un paliativo ante la muerte. Un tipo parado frente a una columna de tanques queriendo evitarles el paso. Y Calamaro de fondo.

No canta bien. Lo suyo es el pop fugaz. Fugaz por su concepción industrial de la creación, porque las musas  vienen todo el tiempo y él todo el tiempo les pone la pluma aunque lo que salga no siempre valga la pena. No es una máquina de tirar mensajes épicos, no es Bono, no es el Indio Solari, no es Pablo Coelho ni Jorge Bucay; pero para un tipo con cáncer es fundamental, es su literatura de vanguardia que impide que se cosifique de un momento a otro esa vida que se le va. Y Calamaro de fondo. No dice cuál de todos los que es. Si el Calamaro de Los Abuelos de la Nada que puso las canciones en el walkman de los ochenta o el Calamaro españolizado que con Los Rodríguez se cansó de componer hits. No dice si es el Calamaro rockstar para adolescentes enfervorizadas de fines de los noventa o el cocainómano obsesivo de principios de milenio. No lo dice.  El mensaje que deja no habla de canciones ni de discos ni del libro de charlas con Alejandro Rozinchener ni de sus apariciones mediáticas ni de sus escándalos.  No menciona a Deep Camboya ni a Radio Salmón Vaticano. No dice nada más que lo que dice “Lo escucho mientras me hacen quimioterapia”, porque Calamaro es apto para todo servicio, porque aunque se lo deteste, él, como tantos otros, pero sobre todo él, tiene el don de cantar lo que le pasa a la gente o inducir en ella un sentimiento que quizás no se parece en nada a lo que él siente pero que la gente cree que sí, porque quiere creerlo, lo desea, necesita creerlo para espantar la soledad que funda todo sentimiento extremo. Porque se le agradecen los discos que hace cuando se deja producir por Cachorro López o Javier Limón y se le disculpan esos discos en lo que no se produce o se produce solo y las cosas salen como salen. Porque Calamaro escribió una canción medio pelo, Donde manda marinero, de segunda selección en su caterva de grandes éxitos en la que dice “quiero elegir del mapa un lugar sin nombre a donde ir / será el lugar donde viva lo que quede por vivir” y su propia voz le responde desde lejos. ¿Pero no es una pregunta, por qué responder, para qué? Porque la gente que escucha a Calamaro lo necesita, va a su discoteca y si sufre de amor tiene canciones de amor. Si sufre el reviente va y tiene canciones sobre el reviente. Y si se está muriendo, si de prondo descubre que eso que está ahí todas las mañanas tiene fecha de vencimiento y que ya no habrá amor, ni dolor ni reviente puede cantar con Calamaro “…será el lugar donde viva lo que quede por vivir” y con una sonrisa y el puño amanzanado al cielo decirse a sí mismo en la voz del poeta: “¡Eso es mucho tiempo!”

Me cierran el bar. Chauchas

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