Áspero está el sol y áspero el ambiente. A las dos de la tarde el 96 es un volcán de gente que esperó una hora al rayo del sol. Maneja un pibe que debe tener, a lo mucho, veinte años. Está aprendiendo. Va con un acompañante que le dice “te pagan por llegar, olvidate del horario en diciembre. Hay piquetes, colas y quilombo. Vos, lizo y si alguien boquea de más, te conseguís uno de estos” dice, mientras saca de la mochila un pedazo de caño de dos pulgadas.
Tardamos en llegar a Consti el mismo tiempo que Alvar Núñez Cabeza de Vaca tardó en atravesar a gamba medio Estados Unidos.
Consti es una fiesta. En la plaza aguarda la horda primitiva que quiere morfar seguido y morir su vejez con dignidad. Lo de vivir bien, a fuerza de insistir, quedó demodé.

En la estación, hombres y mujeres fracturados de calor aprovechan los techos altos para tomar aire. Esperan a otras hordas que están al llegar desde extramuros. Llevan pancartas y pecheras de agrupaciones. Muchos son adolescentes. Algunos van de la mano. Hay viejos, unas chicas trans, un grupo de mujeres curtidas por el hambre y el laburo al aire libre.

Nadie dice nada hasta que alguien dice todo. “Vamos, loco” dice una mujer gorda. En una mano lleva unas cañas para colgar carteles y en la otra a una nena de unos doce años que mira pícara a un pibito de la misma edad que va con ellos. Otro del grupo va repartiendo limones para los gases lacrimójenos. Tiene en la pierna un tatuaje enorme de papá pitufo. Una vieja le dice a otra “qué lástima usarlos para esto, ¡con lo que están! Cuarenta mangos el kilo en la estación del Jahuel. Mi prima cosecha limones en Tucumán. Cuarenta centavos le dan a ella”.

En el tren a Bernal uno le cuenta al tipo que tiene al lado que tuvo que patear desde Retiro porque el subte estaba hasta las bolas; que él usa por lo general las bicicletitas de Macri pero con el quilombo le dio miedo que alguien lo confundiera con un militante del pro y le rajaran la cabeza con un cascote.

Unos asientos más atrás van un viejo y la hija que tendrá unos treinta largos. El viejo le dice que no entiende por qué el presidente y la gorda Lilita le quieren sacar plata si estaban haciendo todo bien. Metieron a los kukas en cana y echaban a los vagos del estado. La piba lo mira con unos ojos que pibotean entre el espanto, la resignación y el aneurisma. Papá -Le dice- ya te dije que antes de votar me preguntes. No entendés un choto.
El viejo se ofende.

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