Habrá quienes digan lo contrario pero el barrio de Constitución tiene el encanto de las urbes misteriosas. Frontera entre lo que es, en los hechos, un espejismo de la civilización y la barbarie, los viernes se multiplica su flora y fauna más pintoresca. Gente de trabajo duro que va o viene se cruza con la prostitución latinoamericana de quienes corren la coneja con acento del caribe.

Drogadictos partidos de abandono, sucios, incoherentes, ensayan un idioma irreconocible sobre las disquerías de música paraguaya que sobreviven malvendiendo teléfonos de dudosa procedencia. Puestos de comida faltos de salubridad venden fast foods en clave pobre acompañados por el infaltable alcohol que anestesia el cansancio. Colas interminables para colectivos donde se mezclan tres y hasta cuatro recorridos de una misma línea. Chicas trans entradas en años que comienzan a sospechar que el príncipe azul pasó hace rato. Trenes repletos, subtes repletos, taxis que eligen a sus pasajeros por el aspecto. Peleas de borrachos en todas las esquinas. Bailantas de luces chillonas, vendedores ambulantes de chipa y cerveza. Casas de ropa infractoras de la ley de marcas; policías, muchos policías, muchos, duros, implacables; desconfiados pero con cara de aceptar sobornos si uno tiene el berretín de golpear a su chica en plena calle. Hoteles de mala muerte en las que se duerme con un ojo abierto. Y basura, enormes cantidades de mugre pudriéndose bajo el sol y bajo la luna, llamando, cantándole a las ratas y a los muertos de hambre que la revuelven y la degustan como nosotros revolvemos y degustamos el espectáculo indiferente de su respiración. Autos de alta gama ostentando su aire acondicionado mientras los montones sudan la gota gorda de la espera. En algún momento vendrá el colectivo -pienso – y el paisaje será una postal cotidiana que se irá borrando mientras llega el sueño.

#arduaestalacosa
#comomecomprariaunacervezaymeiriadegiraconlamonada

 

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