El pibe tiene un aro en forma se cuerno que le cruza el tabique de la nariz; como es plateado resalta sobre el negro de la barba tupida. Tiene la frente tatuada con dos oraciones que le cruzan de lado a lado. Una es una invocación a la protección de Jesús, la otra parece el fragmento de una canción de Limp Bizkit o Linkin Park, no sé, yo ya era viejo cuando tuvieron su auge. Lleva una capucha casi monástica sobre el balero. Va sentado en el segundo asiento individual, más allá del no man’s land, que es todo lo atrás que llego.

Del otro lado del pasillo, a su misma altura, tiene a una flaca entrada en años y a una piba tomando mate y comiendo facturas. La entrada en años le dice a la piba:
-A ese hay que sacarle de la boca la teta de la madre y ponerle una de verdad, como está- se agarra las dos tetas.

No entiendo si habla de un “ese” en tanto demostrativo masculino de alguien referido con anterioridad o de un tal “Eze(quiel)” con edad de andar masticando glándulas mamarias en plan lúdico. Agrega:
-Lo que pasa es que metido en ese barrio no va a encontrar nunca nada, si son todas unas putas.
-¿A quién le decís puta, chupavergas?- grita una pendeja desde el fondo que parece que venía relojeando la charla como yo.
-¿Qué te metés en lo que no te importa, desubicada? Le grita la entrada en años. La que va con ella no dice nada, toma mate y mastica una tortita negra que se metió semi en entera en la boca. Tiene el jean repleto de migas y yerba. Al llegar al centro de Kathan city el bondi se satura tanto que la discusión se interrumpe. Hay un muro imposible de carne con campera y bufanda entre ellas.

En el metro bus del 29 suben 6 flacas con bebés. La última se para junto a mí. Una vieja metiche re caliente porque no le dieron el asiento a ella grita que se lo den a la mina. Se lo da un flaco medio coloqueti que estaba sentado a mis espaldas. Voy sentado en la baranda que separa el no man’s land de la fila. Ni bien se sienta la mina saca al bebé de la wawita que tiene puesta. Siento un tirón en el saco. El espacio del asiento es tan chico que el bebé me agarra una punta. Juega. Se lo lleva a la boca. Intento sacárselo muy despacio para que no se asuste y no se meta en la boca un cacho de tela que no se lava desde que Britneay Spears era pelada. La madre entiende mal el gesto y me mira con desprecio. Le saca al bebé la punta del saco de la mano y le dice que no, que «al señor no le gustan los bebés». Lo dice fuerte, como para que todos escuchen que estoy en falta por eso. El bebé, destinatario supuesto de la enunciación de su madre, no se da por enterado y sigue queriendo manotear mi pilcha.

Siento lástima por él y todos en su condición. Una suma de decisiones horribles los traen al mundo en manos de gente no siempre muy preparada para eso, con ideas de mierda sobre todo para luego tener que ser corregidos por un mundo que tampoco entiende mucho de nada. Y recién ahí empezamos a barajar el temita de la libertad. Una estafa padre.

Cuando el bondi llega a Constitución y bajamos todos. Las dos minas que cortaron su carajeo en Kathan city se buscan a los gritos y se escupen la una a la otra. El de la frente tatuada y el cuerno en el tabique intenta llamar a la concordia con su aspecto. No me quedo a ver lo bueno pero desde la parada del 143 veo a la policía acercarse donde las dejé. La gente viene de ahí con una sonrisa. Los envidio fuerte.

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