Cucurucho

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Estoy sentado en la fila del fondo. A la derecha tengo a una señora que huele a coco y vainilla, como si en lugar de carne y vísceras los dioses la hubiesen fabricado con el cucurucho de los helados. Más allá, un flaco se saca los mocos compulsivamente con la mano. Debe ser buen pibe, va leyendo unas fotocopias de la facultad de sociales con el Anti dühring de Engels.

Olorines

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Rodolfo Kush, un antropologo del carajo, tiene un texto ultra potente sobre el hedor en El Alto, en Bolivia. Cuenta que nuestra sensibilidad blancuzca se escandaliza por la otredad hedienta de los que laburan a destajo para poder vivir y morir bajo la opresión. Tiene razón. Tan acostumbrados a los desodorantes de cuarta y al olor al Plusbelle de manzana la occidentalidad epidérmica olvida que el cuerpo humano despide olores agrios.

Espera modo zen

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Sábado. Madrugada. Noche de los museos. Tuve que laburar. Además es una fecha que me pone de mal humor, cosas de la vida. Y como total ya estoy del ojete los dioses no tienen empacho en dejarme esperando dos horas el 86 mientras me cago de hambre y de frío en Paseo Colón y San Juan. Una vieja dice que llamó a la línea y que le dijeron que había salido uno a la 1:10. Pasó cortado. Dice que sale uno de La Boca a las 2:20. Hace frío. Tengo hambre. Me queda poca batería en el teléfono. La necesito para pedirme un remís, un Uber o un unicornio violeta cuando llegue a Kathan city, si es que llego en algún momento entre hoy y el fin del universo.

Olor a culo

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Voy sentado atrás de todo. La señora que tengo a mi lado en el bondi tiene olor a culo. Como uno es un prejuicioso de mierda, al principio pensé que era un gordo gigante que viajaba con la mujer. El gordo intentó durante veinte cuadras sacarse la campera sentado pero no pudo.
-Ayúdame, Graciela, no ves que no puedo?- Le dice a una Graciela a la que le importa un choto lo que el gordo le dice. Se bajaron en el km.29.
Sigue el olor.

Golpes

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Es mediodía. Vuelvo en el 86 desde capital. Me senté por obra y gracia de dioses imposibles. Va hasta la manija. A poco de subir a la autopista se detiene. Como ahí arriba no hay parada a todos nos entra la angustia de que le pase algo al bondi y tengamos que esperar otro. Es muy común. Pasa en épocas de crisis o cuando amenazan con sacar los subsidios al transporte. Las empresas no garpan mantenimiento y más temprano que tarde los bondis se quedan. No es algo que a los colectiveros les joda mucho, mientras les paguen. Eso hace que a veces tengas que clavarte en lugares inhóspitos esperando que vengan servicios tan hasta la manija como el que se quedó, que tengan la gentileza de parar, que se copen los de arriba en hacer lugar y que todxs lxs que están abajo, con vos, se comporten con cierta civilidad y no te den un facazo en su afan por subir.

Mormones II

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Hay cuatro mormones en los últimos asientos de la fila doble. Voy parado junto a ellos. Tres son rubios de ojos celestes y el cuarto tiene más pinta autóctona. Lleva unos anteojos culo de botella gigantes y la cara picada de viruela. Los otros son más bien granujientos y hablan con un acento anglo medio inidentificable. Vienen de Pontevedra Hills, que como todo el mundo sabe es la capital universal de los mormones. Cuando iba al colegio por allá me gustaba cruzarlos porque si los mirás, te saludan. Soy tirando a tímido y me cuesta arrancar la charla por eso admiro a estos pibes que de la nada te saludan, te dan un panfleto del fans club de dios y te dicen que tomar café te manda al averno. Gente más flashera no hay.

Paciencia

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Un pibe medio gordito va en el Roca silvando Patience, de los Guns N’ Roses. Está sentado y tiene a su novia de la mano. Ella tararea en un inglés inentendible. En la parte del solo de guitarra le suelta la mano y hace el punteo en el aire cual fender stratocaster. Los dos agitan la cabeza. Ella tiene puesto un buzo canguro gris. Como es rellenita la cara le llena toda la capucha, que lleva colocada. Él, una bufanda exageradamente larga y un pulover que se adivina demasiado finito para esta noche.

Ricky

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La calle da para todo. No sé si lo suficiente como llamarla universidad, pero lejos no le anda. En la universidad uno se encuentra con conocimientos contraintuitivos. Cosas que no pueden ser y resulta que sí, que son. Infinitos más grandes que otros, árboles que literalmente emiten sonidos, con edición génica, con sangre que se vuelve verde y cosas así. En la calle uno se encuentra, siguiendo esa línea, con tipos que cantan a los gritos canciones de Ricky Martín. Posta. Hoy me crucé con uno.

Volver o eso dicen

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Última fila de asientos, contra la vebtanilla. Campera de deportivo Laferrere. Gorro de argentina. Tiene tatuada una garra enorme en la parte izquierda de la cara. Habla una mezcla de guaraní con castellano sin eses. Tendrá unos 40 mal acomodados. Habla con otro que está igual pero sin tatuaje. Tiene barba de varios días y ojeras. Va con un nene, de unos 10 u 11. Parece el hijo porque los dos tienen puesto el mismo equipo de gimnasia de deportiva y solo los padres son tan ridículos como para hacer algo así. El nene mira fijo un celular en el que juega a algo y tiene un par de auriculares con cable. Parece que escucha lo que se dice alrededor porque cada vez que habla el tatuado mira al cielo como si soportara un calvario. Hablan sobre albañilería, fútbol y las tetas de Florencia Peña en el bailando. El tatuado dice que hace muchos años la veía en un programa cuando ella era chica y que a pesar de que la tele era en blanco y negro una vez le pasó la lengua al tubo, que ni cuenta lo que hizo cuando vio su video hot. El nene se caga de risa. El tatuado enrojece.

San Telmo

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San Telmo está rodeado. Constitución. Barracas. La Boca. San Nicolás. Balvanera. Puerto Madero. La Rodrigo Bueno. Tiene que medirse con varias realidades para conservar su identidad frágil, tajeada en la mitad por una cotidianeidad cosmopolita en la que comparten protagonismo los extranjeros en plan de vacaciones gourmet, los tipos sin rancho que corren la coneja durmiendo al sereno y los vecinos viejos que de un día para el otro descubrieron que vivían en la capital de la gentrificación.

Otra vez

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Pasan tres. Ninguno para. El refugio está que estalla. Vienen otros dos. Algunos se suben. La fila no se da por enterada. Quedamos una banda. Hace frío. Cuando viene un semirrápido, para y abre la puerta. Se escucha la ovación como si el profeta obrará el milagro anunciado. Preferiría putear y prender fuego todo pero no se suman, en especial los que ya vienen arriba y nos gritan que no hay lugar y no se puede más. Se me cola una parejita. Ella se podría haber tomado el otro y dejarnos lugar en este porque se baja acá nomás pero no le bastaba con intercambiar fluidos toda la noche, también quería hacerlo de mañana en un bondi hasta la pija. Besito baboso va, besito baboso viene. Con ruidito. Ploch, ploch, muiiiik. El pibe, en plan de humorada le palpa la entrepierna. Ella se sonroja y le dice que no. Se ríen.

Amigachines

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Parada de 152 en el metrobús de San Telmo, miércoles, siete de la tarde. El pibe que está detrás de mí se manda audios con la novia. Engancho la conversación empezada. El pibe le dice que él también es su amigo y que, como las amigas de ella son pocas, pueden salir todos juntos siempre y cuando no hablen de carteras. El audio de respuesta tarda 20 segundos en llegar. La piba le dice que se vaya a la concha de su madre. Que ella sale sola. Y que si hablan de carteras cuando él está presente es para no hablar de pijas y que se sienta un pito corto. El pibe le contesta “bueno, amor.”
No me doy vuelta. Me lo imagino con cara de gatito mojado.

El tri

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Hace 6 días que no piso la calle. Salgo y a la vuelta de la esquina veo a un vecino robándose los cascotes de la calle para su propia mezcla de cemento. Debería haberme quedado en la cama.

En la parada están los de siempre y veinte más que también esperan el bondi. Cuando llega queda claro que el mambo viene de gimnasta olímpico. Torsión, saltito, amague, le cago el lugar a una vieja y plop! Arriba y pagando cuarenti pico de mangos para ir como disidente político al gulag de Kamchatka.

Al revés

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A Rocío, una ex compa del secundario que cada tanto me cruzo, le pasa como le pasa a muy poca gente: viaja sentada porque viaja al revés. Es decir, viaja a contramano del resto de la gente. Labura en Hurlingham, en el parque industrial. En un mundo más normal debería tener dificultades para pegar asiento porque el parque tiene espacio para cientos de empresas y miles y miles de trabajadores pero como todas las empresas se fueron a Brasil y los miles y miles de trabajadores se quedaron en pelotas, ella viaja sola. Simple, se fueron todos pero quedaron los recorridos de los bondis, como signos de una nostalgia fabril que no se enteró que ahora somos un país lleno de boludxs.

Nada es lo que hay

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Jodida la soledad. Te quema el cuero y te hace hablar con desconocidos; porque sí, porque tenés que apagar eso vomitando el mal tinto de la vida. En eso pienso mientras escucho como una vieja medio copete se sienta delante mío en el tren y agarra a un pibe que está contra la ventanilla y le cuenta su vida. Le cuenta que el marido, el segundo o el tercero, se fue con una vecina como treinta años menor y se llevó al gato. Dice que lo extraña, al gato. Dice que al marido no, salvo en las noches como anoche, cuando tuvo que levantarse a cargar la bolsa de agua caliente porque ni mamada prende la estufa con lo que sale.

Compra/venta

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En Consti hay un pibe que siempre me quiere enchufar celulares. Robados, obvio. Ofrece cosas piolas, muy superiores a los que usamos los que estamos en la fila. Los vende baratos. Se acerca con carpa y tira entre dientes un “¿baratito?” y lo muestra. Lo saca de una campera de gimnasia azul eléctrico con capucha.

Silencio

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Es muy raro que pase pero pasa. No se puede predecir, no hay modo de presagiarlo. Ocurre y ya. No tiene que ver con la hora, ni con la época del año. Es el silencio de viaje. Subís y todos callados. Ensimismados en sus propias cavilaciones lxs pasajerxs guardan silencio. Decenas de personas venidas de todas las partes del orbe, apiladas unas sobre otras, obligadas a la convivencia más brutal. Decir que cargan la resignación de quien va hacia el matadero sería injusto. Tal vez ellos sean el verdugo.