Politoxic universe

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Juan de Garay, mano a Constitución. Viernes 20:00. Más o menos fresco. Por el camino me crucé con varios barsuchos. Algunos cool, algunos chic y algunos francamente de borrachos. Todos con su clientela en la puerta, haciendo esquina, tratando de perder la sobriedad o tratando de encontrarla, suele depender de la hora.

El origen del mal

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Lo dicho hasta el hartazgo moral: el colectivero pertenece a una raza miserable e indigna. Es una entidad en la que confluyen el mal, la perversión y la miserabilidad. No nacen así, lo cual es peor. Culpar al escorpión por picarte o al macrista por ser un iletrado es absurdo. Está en su naturaleza. El colectivero no, el colectivero se hace, se construye. Ningún pibe nace chorro, ninguna persona colectivero.

Gourmandis

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Pueden decir que soy un tipo de la vieja escuela, llamarme nostálgico, tradicionalista, un punto afín a folclores pretéritos, un misticista adorador de dioses antiguos y caducos. En fin, un retrógrado. Y sí, es cierto, todavía uso barbijo. Lo uso bien puesto, además. Lo uso el tiempo que el paquete dice que es útil, además. Y en honor a la verdad, uso dos, además. Uno de farmacia medio careli y otro de tela de kiosko del conurbano que me regalaron. Los uso juntos, por las dudas. Me siento más seguro, en especial cuando me subo con 89 tipos durante dos horas en un espacio donde entran 30 y no abren las ventanillas porque se les enfría el pechito. Uso alcohol en gel, además. Me lavo las manos, evito el mate, saludo de puñito y me di tres vacunas, además. Lo hice constar en mí perfil de Tinder, para hacerme el sexy. No la pongo nunca, además, pero ese es otro tema.

Fresca

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Aquello de que en bolas todos somos iguales cobra sentido con los primeros fríos. Iguales en verano cuando nos ponemos dos trapos y a la calle, iguales ante el calor, iguales ante la ley e iguales ante la muerte. Todas cosas muy piripipí en los papeles y en las pretensiones burguesas pero en los hechos no. Como en una reducción al absurdo mal entendida la fresca pone los puntos sobre las íes que es lo mismo que decir que la verdad de la milanga depende mucho tu lugar en la pirámide alimenticia para saber si vas a zafar o si se te van a congelar las pelotas. Cuestión de dinero, dicen.

Embarbijaciones

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En pampas en donde parar la olla es el desafío diario, el mangazo es pan de cada día. Te manguea una moneda para el vino la monada que hace esquina. Te manguea un pucho un cualquiera en la parada del bondi. Te manguea un limón el vecino y te manguean un trago si te ven con el fernet recién servido en la puerta de tu casa en navidad. También te manguean la billetera, la mochilla y las llantas si andás por donde no debés; eso no es estrictamente un mangazo pero a los efectos es igual. Te quedás sin algo que tenías.

Homo evolutionis

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Pedro Goyena y José María Moreno. Cuento 125 personas en la fila. En hora pico suele haber el doble pero a esta no. Es raro. Me salta la ficha cuando relojeo las remeras. Son de varios movimientos sociales. La mayoría vienen de la protesta contra el Fondo Monetario en Plaza de Mayo. La verdad verdadera es que no parecen muy duchos en finanzas internacionales ni en geopolítica pero sí entrenados en correr la coneja seguido. Les guste o no a los intelectuales de Twitter eso te da una experiencia bastante intensa acerca de dónde está el bien y dónde el mal. Así que los felicito pero harían bien en no volver tan tarde o mejor dicho, me haría bien a mí que usen otra ruta porque me cagan la vuelta. Puedo subir recién cuando viene el quinto 180.

Anecdotario

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Hace muchos, muchos años, cuando Máximo K. todavía no jugaba a la play pero tenía un family re copado, viajar al colegio en Pontevedra era un asunto arduo. Pontevedra está en Merlo, casi casi en la frontera con Kathan city, que está en La Matanza. Digo casi porque antes, yendo por la ruta, está el Barrio Las Torres, que se llama así porque hay…torres, muchas, de alta tensión. Los vecinos unos campeones para bautizar lugares.

In media res

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Subo. Ni muy lleno ni muy vacío, ni mucho calor ni un frío de cagarse, ni música a los tacos ni silencio de sepulcros, ni sí ni no, ni blanco ni negro. Todo normal salvo la sordera del chofer. Uno pensaría que la combinación de barbijos más pantalla protectora del bondi, más ruido del motor, más bocinazos justificaría que nadie pueda escucharse. Falacias. El colectivero no escucha porque es medio sordo de verdad. Hay que gritarle. Acerca la cabeza al cortinado de baño transparente que le pusieron para no pegarse el bicho como si eso hiciera más claro el sonido. No se lo puede juzgar por eso. Todos hacemos lo mismo. Nos acercamos a la cortina y le gritamos hasta dónde vamos. Le cuesta entenderme. En un tiro pienso que es joda porque siempre subo al mismo bondi, con el mismo chofer, a la misma hora, vestido casi siempre igual. Por más opa que seas alguna regularidad en tu vida tenés que ser capaz de detectar. Cuando consigo que me entienda, marca el boleto, pago y… pasando al fondo que hay lugar.

Mendeville

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La nueva normalidad es casi igualita a la vieja solo que ahora tiene barbijos y ventanillas abiertas y a veces ni eso. Algo así me comenta el pibe que me recarga la tarjeta SUBE en la estación Mendeville, del Belgrano Sur. Es hermano de un conocido del secundario. Labura en el tren. Nos encontramos de casualidad porque no pateaba la zona desde mis épocas de barrilete juvenil. Antes venía buscando bandas de punk conurbano y otras porquerías menos sanas y ahora vengo a buscar un repuesto para el lavarropas. Es más barato perder medio día de laburo que pagar el envío. Cosas del capitalismo de plataformas en versión sudaka.

Atmosféricos

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Las diferencias culturales se notan más cuando lo que se compara es distante. En la Argentina vas por la calle, te entra la lija y te clavas un pancho. En Corea del Sur, vas por la calle, te pica el bagre y andá a saber qué te podes manducar. Clarito. Pero también las diferencias se ven en lo cercano. Por ejemplo, con la mierda. Del lado pobre de la General Paz, cuando no tenés cloacas, tenés un pozo ciego. Un agujero profundo en la tierra donde va lo que cagás. Suele estar disimulado con pasto o con un contrapiso y el único signo de su existencia es el respiradero porque si no lo tiene, los gases se acumulan y explotan y nadie quiere en mitad del comedor un cráter de meconio añejado. Cuando se llena, porque sos afortunado de comer seguido y por ende, de cagar, tenés que llamar a un camión atmosférico que viene, mete un manguerón en el pozo y se lleva tus detritus y los de tu familia a un lugar no muy claro y del que seguramente no querés saber. La cloaca soluciona esa ingenieria. Por eso quienes viven en capital no están acostumbrados a esos asuntos. Florian Werner, en su historia cultural de la mierda, junto con otros destaca algo bastante evidente: ignoramos el destino de nuestros residuos corporales. Al volverse algo tan privado y con tanta mala prensa una vez que sale le decimos adiós y si te he visto no me acuerdo.

Patito

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En el conurbano sabemos de emprendedurismo porque si no emprendés algo, no comés. Albañilería, costura, mecánica o un asalto a mano armada seguido de muerte, lo importante es que la patrona esté contenta y los pibes en la escuela. Por eso desde hace unos cuantos meses un vecino se puso una parrillita junto a la ruta. Patinesa, morcipán, superpancho. Chipa, tortilla santiagueña, churros rellenos, pastelitos y locro en días festivos. Está siempre, primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera. Todos los días de 7 a 23 porque si vos tenés que correr la coneja, te aviso: no sos el único.

Caballo

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Kathan city. Parada, sobre la ruta 21. Frío de la hostia. De algún lugar sale un tipo tironeando a un caballo con una cuerda larguísima atada al cuello. El animal es una bestia gigantesca, sub alimentada y con un humor de mierda. Amarronado. Sin silla, anteojeras ni bocado.Vamos a decirle desnudito. Fácil, dos metros desde la cabeza al suelo. El tipo está emponchado, gorrita con el logo de Pepsi de los años 90. Le grita al pobre bicho que camine, pero no hay caso, se empacó. El tipo quiere cruzar la ruta. El caballo se niega. A fuerza de tirar y tirar, lo convence o más bien el caballo decide darle el gusto para que no le rompa las pelotas. Se nota que está herrado por el ruido a metal de los cascos en el asfalto. El tipo le da la espalda y encara para la verdulería que hay en una esquina. El caballo apura el paso con un trotecito silencioso y le pega al tipo un cabezazo en mitad de la espalda. Nadie se la vio venir. El tipo sale volando y cae en mitad de la calle de tierra. Se le sale la gorra. No levanta polvo porque antes de ayer llovió a morir y si bien no hay barro la tierra no está del todo seca. Si hubiese ocurrido en verano el tipo terminaba en una duna de polvo y hollín de la ruta. A los que estamos viendo la escena, unos diez en la parada y otro tanto en la verdulería, al otro lado de la ruta, nos une el cagazo de que el matungo se enfrasque con el tipo y lo pisotee. Se lo cargaría en dos segundos porque a pesar que se le ven las costillas debe pesar 300 kilos. Debo a estar a 20 metros y aun así puedo verle con detalle unos ojos marrones brillantes, del tamaño de un puño. Nadie atina a moverse. Ni el tipo boca abajo en la tierra, ni el caballo ni los que contenemos la respiración por lo que puede venirse.

Teoría de cuerdas

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Tengo un amigo, Lucho. trabaja en una multinacional. Un mago de los números. Un especialista en evadir impuestos. Él mismo lo dice. Está en el asunto de las criptomonedas, los negocios piramidales y la cerveza artesanal. Puteó cuando le dieron la vacuna china. Sale con una flaca que es casada y practica el sadomasoquismo, el bondage o algo de eso. La conozco. Alguna vez los crucé en un bar. Le gustan el encontronazo áspero, los juguetes poco habituales y el shibari, el arte de la atadura sexual. Lo dice ella. Toma dos copas y suelta la lengua. No sé si porque le inspiran confianza los parroquianos o de puro locuaz. Habrá quien diga que de puro borracha. Vaya uno a saber.

Frulas

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Que hay una malaria de aquellas no lo duda nadie. Por eso la gente se inventa negocios al paso para alegría de los que venden emprendedurismo. La cosa es que lo hace a su manera, por ejemplo, vendiendo falopa. Antes era cosa de gente más o menos barrilete, más o menos marginal, más o menos cagada de hambre. Ahora cualquier clase media venido a menos te zampa en su perfil de redes sociales que vende frascos de marihuana al mejor postor porque no llega con el alquiler.

Siga el baile

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Las fiestas clandestinas son como Dios, no las ves, pero están en todos lados. Sin embargo, a diferencia de Dios, también atienden en el conurbano. El otro día cayó mi primo, labura en un hipermercado de esos que se guardan la mercadería para decir “hay escasez” y remarcar a lo pavote. Nos hace la gauchada de traernos las cosas para no tener que salir.  Me cuenta que uno de los pibes que labura con él se lleva todos los viernes una cantidad desaforada de alcohol con descuento de empleados. Todo el mundo sabe, pero todo el mundo se hace el boludo. El chabón organiza clandestinas en La Matanza.

Lo esencial

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—¡Veníamos surfeando como campeones, pero llegó la segunda ola y pum! en la pera— Me dice el colectivero, treintañero, conversador, ojeroso y pinta de cheronca venido a menos— yo estaba a pleno boludeando con los pibes pero ahora se cortó. Mucho viejo en la familia. Y la vacuna viene lenta, primero “los amigos”, después lo viejos, después la cana. Cuando me toque a mí voy a tener 40. Yo digo que me metan cualquiera, la rusa, la china, si con las porquerías que tomé cuando salía de caravana mirá si me van a hacer algo.

El nuevo orden mundial

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Pateo de Constitución al laburo. Paso por la puerta de al menos 4 escuelas primarias. Atravieso el gentío más obligado que por gusto. En una de ellas, privada y religiosa, los padres se agolpan como si fuera la entrada a la cancha o un recital dónde un cualquiera dice en un castellano de mierda que somos el mejor público del mundo. Cortan la circulación de la calle con sus autos esperando, no sé si que entren o que salgan los pibes. Los colectivos tocan bocina, los autos y las motos tocan bocina y hasta un flaco en bicicleta hace sonar una chicharrita para que lo dejen pasar. Él tiene suerte, da media vuelta y se va por otro lado. Los otros se tienen que fumar el gentío. En la puerta de la escuela una señora más bien morrudita y baja, con delantal de colores y un aspersor en la mano, le pide las manos a los que van y vienen por la puerta. Gatilla dos veces. Los chiquitos se refriegan. Algunos la saludan con el codo, otros con el puño cerrado. Uno diminuto con pinta de jardín de infantes o primer grado en vez de saludarla se le prende de la pierna y la mira. La señora queda petrificada, por los ojos se le nota que no sabe si responder o no el abrazo. De la montonera sale una flaca disculpándose con todos. Le desprende al pibe de la pierna a la señora y lo reta con un chirlo mentiroso en el culo. Antes de que el pibe arranque saca un peine de la cartera y lo peina. El pibe no se deja y entra corriendo. La mochila es más grande que su espalda.

surf

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Y entonces, luego de un año del que saldríamos mejores, sube una mujer con dos nenes, uno en brazos, y nadie le da el asiento. El que lleva de la mano debe tener tres años, a lo sumo. Juega a hacer ruido con los labios, prrrrrrrrr, llenando de baba y escupida todo lo que lo rodea. Mala época para eso, campeón. Típico de infante ser un pelotudo. El otro, el que va alzado, juega con el barbijo de la madre. Se lo sube, se lo baja, lo mordisquea. La pobre mina hace equilibrio. Tiene cancha, porque cuando el 96 agarra la rotonda del metrobus de Kathan City se vuelve una surfista de las playas de Iluwatu. Pie adelante cruzado y culito afuera, cual riquelmista, para bajar el centro de gravedad; el pibito escupidor agarrado a la gamba para darle basamento. Viene la ola. El chofer acelera a la salida de la curva. Si zafa de la inercia merece un aplauso. Zafa. Me acuerdo de una amiga que una vez me dijo -Después de sacar un pibe por la argolla, cualquier cosa es fácil.