Mendeville

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La nueva normalidad es casi igualita a la vieja solo que ahora tiene barbijos y ventanillas abiertas y a veces ni eso. Algo así me comenta el pibe que me recarga la tarjeta SUBE en la estación Mendeville, del Belgrano Sur. Es hermano de un conocido del secundario. Labura en el tren. Nos encontramos de casualidad porque no pateaba la zona desde mis épocas de barrilete juvenil. Antes venía buscando bandas de punk conurbano y otras porquerías menos sanas y ahora vengo a buscar un repuesto para el lavarropas. Es más barato perder medio día de laburo que pagar el envío. Cosas del capitalismo de plataformas en versión sudaka.

Atmosféricos

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Las diferencias culturales se notan más cuando lo que se compara es distante. En la Argentina vas por la calle, te entra la lija y te clavas un pancho. En Corea del Sur, vas por la calle, te pica el bagre y andá a saber qué te podes manducar. Clarito. Pero también las diferencias se ven en lo cercano. Por ejemplo, con la mierda. Del lado pobre de la General Paz, cuando no tenés cloacas, tenés un pozo ciego. Un agujero profundo en la tierra donde va lo que cagás. Suele estar disimulado con pasto o con un contrapiso y el único signo de su existencia es el respiradero porque si no lo tiene, los gases se acumulan y explotan y nadie quiere en mitad del comedor un cráter de meconio añejado. Cuando se llena, porque sos afortunado de comer seguido y por ende, de cagar, tenés que llamar a un camión atmosférico que viene, mete un manguerón en el pozo y se lleva tus detritus y los de tu familia a un lugar no muy claro y del que seguramente no querés saber. La cloaca soluciona esa ingenieria. Por eso quienes viven en capital no están acostumbrados a esos asuntos. Florian Werner, en su historia cultural de la mierda, junto con otros destaca algo bastante evidente: ignoramos el destino de nuestros residuos corporales. Al volverse algo tan privado y con tanta mala prensa una vez que sale le decimos adiós y si te he visto no me acuerdo.

Patito

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En el conurbano sabemos de emprendedurismo porque si no emprendés algo, no comés. Albañilería, costura, mecánica o un asalto a mano armada seguido de muerte, lo importante es que la patrona esté contenta y los pibes en la escuela. Por eso desde hace unos cuantos meses un vecino se puso una parrillita junto a la ruta. Patinesa, morcipán, superpancho. Chipa, tortilla santiagueña, churros rellenos, pastelitos y locro en días festivos. Está siempre, primavera, verano, otoño, invierno y otra vez primavera. Todos los días de 7 a 23 porque si vos tenés que correr la coneja, te aviso: no sos el único.

Caballo

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Kathan city. Parada, sobre la ruta 21. Frío de la hostia. De algún lugar sale un tipo tironeando a un caballo con una cuerda larguísima atada al cuello. El animal es una bestia gigantesca, sub alimentada y con un humor de mierda. Amarronado. Sin silla, anteojeras ni bocado.Vamos a decirle desnudito. Fácil, dos metros desde la cabeza al suelo. El tipo está emponchado, gorrita con el logo de Pepsi de los años 90. Le grita al pobre bicho que camine, pero no hay caso, se empacó. El tipo quiere cruzar la ruta. El caballo se niega. A fuerza de tirar y tirar, lo convence o más bien el caballo decide darle el gusto para que no le rompa las pelotas. Se nota que está herrado por el ruido a metal de los cascos en el asfalto. El tipo le da la espalda y encara para la verdulería que hay en una esquina. El caballo apura el paso con un trotecito silencioso y le pega al tipo un cabezazo en mitad de la espalda. Nadie se la vio venir. El tipo sale volando y cae en mitad de la calle de tierra. Se le sale la gorra. No levanta polvo porque antes de ayer llovió a morir y si bien no hay barro la tierra no está del todo seca. Si hubiese ocurrido en verano el tipo terminaba en una duna de polvo y hollín de la ruta. A los que estamos viendo la escena, unos diez en la parada y otro tanto en la verdulería, al otro lado de la ruta, nos une el cagazo de que el matungo se enfrasque con el tipo y lo pisotee. Se lo cargaría en dos segundos porque a pesar que se le ven las costillas debe pesar 300 kilos. Debo a estar a 20 metros y aun así puedo verle con detalle unos ojos marrones brillantes, del tamaño de un puño. Nadie atina a moverse. Ni el tipo boca abajo en la tierra, ni el caballo ni los que contenemos la respiración por lo que puede venirse.

Teoría de cuerdas

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Tengo un amigo, Lucho. trabaja en una multinacional. Un mago de los números. Un especialista en evadir impuestos. Él mismo lo dice. Está en el asunto de las criptomonedas, los negocios piramidales y la cerveza artesanal. Puteó cuando le dieron la vacuna china. Sale con una flaca que es casada y practica el sadomasoquismo, el bondage o algo de eso. La conozco. Alguna vez los crucé en un bar. Le gustan el encontronazo áspero, los juguetes poco habituales y el shibari, el arte de la atadura sexual. Lo dice ella. Toma dos copas y suelta la lengua. No sé si porque le inspiran confianza los parroquianos o de puro locuaz. Habrá quien diga que de puro borracha. Vaya uno a saber.

Frulas

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Que hay una malaria de aquellas no lo duda nadie. Por eso la gente se inventa negocios al paso para alegría de los que venden emprendedurismo. La cosa es que lo hace a su manera, por ejemplo, vendiendo falopa. Antes era cosa de gente más o menos barrilete, más o menos marginal, más o menos cagada de hambre. Ahora cualquier clase media venido a menos te zampa en su perfil de redes sociales que vende frascos de marihuana al mejor postor porque no llega con el alquiler.

Siga el baile

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Las fiestas clandestinas son como Dios, no las ves, pero están en todos lados. Sin embargo, a diferencia de Dios, también atienden en el conurbano. El otro día cayó mi primo, labura en un hipermercado de esos que se guardan la mercadería para decir “hay escasez” y remarcar a lo pavote. Nos hace la gauchada de traernos las cosas para no tener que salir.  Me cuenta que uno de los pibes que labura con él se lleva todos los viernes una cantidad desaforada de alcohol con descuento de empleados. Todo el mundo sabe, pero todo el mundo se hace el boludo. El chabón organiza clandestinas en La Matanza.

Lo esencial

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—¡Veníamos surfeando como campeones, pero llegó la segunda ola y pum! en la pera— Me dice el colectivero, treintañero, conversador, ojeroso y pinta de cheronca venido a menos— yo estaba a pleno boludeando con los pibes pero ahora se cortó. Mucho viejo en la familia. Y la vacuna viene lenta, primero “los amigos”, después lo viejos, después la cana. Cuando me toque a mí voy a tener 40. Yo digo que me metan cualquiera, la rusa, la china, si con las porquerías que tomé cuando salía de caravana mirá si me van a hacer algo.

El nuevo orden mundial

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Pateo de Constitución al laburo. Paso por la puerta de al menos 4 escuelas primarias. Atravieso el gentío más obligado que por gusto. En una de ellas, privada y religiosa, los padres se agolpan como si fuera la entrada a la cancha o un recital dónde un cualquiera dice en un castellano de mierda que somos el mejor público del mundo. Cortan la circulación de la calle con sus autos esperando, no sé si que entren o que salgan los pibes. Los colectivos tocan bocina, los autos y las motos tocan bocina y hasta un flaco en bicicleta hace sonar una chicharrita para que lo dejen pasar. Él tiene suerte, da media vuelta y se va por otro lado. Los otros se tienen que fumar el gentío. En la puerta de la escuela una señora más bien morrudita y baja, con delantal de colores y un aspersor en la mano, le pide las manos a los que van y vienen por la puerta. Gatilla dos veces. Los chiquitos se refriegan. Algunos la saludan con el codo, otros con el puño cerrado. Uno diminuto con pinta de jardín de infantes o primer grado en vez de saludarla se le prende de la pierna y la mira. La señora queda petrificada, por los ojos se le nota que no sabe si responder o no el abrazo. De la montonera sale una flaca disculpándose con todos. Le desprende al pibe de la pierna a la señora y lo reta con un chirlo mentiroso en el culo. Antes de que el pibe arranque saca un peine de la cartera y lo peina. El pibe no se deja y entra corriendo. La mochila es más grande que su espalda.

surf

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Y entonces, luego de un año del que saldríamos mejores, sube una mujer con dos nenes, uno en brazos, y nadie le da el asiento. El que lleva de la mano debe tener tres años, a lo sumo. Juega a hacer ruido con los labios, prrrrrrrrr, llenando de baba y escupida todo lo que lo rodea. Mala época para eso, campeón. Típico de infante ser un pelotudo. El otro, el que va alzado, juega con el barbijo de la madre. Se lo sube, se lo baja, lo mordisquea. La pobre mina hace equilibrio. Tiene cancha, porque cuando el 96 agarra la rotonda del metrobus de Kathan City se vuelve una surfista de las playas de Iluwatu. Pie adelante cruzado y culito afuera, cual riquelmista, para bajar el centro de gravedad; el pibito escupidor agarrado a la gamba para darle basamento. Viene la ola. El chofer acelera a la salida de la curva. Si zafa de la inercia merece un aplauso. Zafa. Me acuerdo de una amiga que una vez me dijo -Después de sacar un pibe por la argolla, cualquier cosa es fácil.

Intercambio cultural

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San Telmo. Viernes por la tarde. Un centenar de personas deambula por las calles en busca de bares y cervecerías que les permitan sacarse el tapabocas y hacer como si nada hubiese cambiado en el mundo. Salvo por las meseras embarbijadas que ofrecen alcohol en gel rebajado con agua todos hacen como si no pasara nada. Respetan, guardan la distancia. Incluso los que piden monedas, algo para comer o los que venden pañuelos descartables, medias o repasadores. Alguno que otro medio colocado juega a saltar las vallas con las que cortan la calle para que los barcitos de la zona pongan mesas al aire libre. Una especie de burbuja segura, hasta que cae la noche y se suman las botellas. Cruzado ese límite ya no importa nada. En uno de los bares una mesera me comenta que ya no se pone guantes de látex para recoger los barbijos que la gente olvida cuando paga y se va, que le da igual, si total cuando entra a la cocina del bar tiene tres cocineros apretujados en un espacio de uno por uno. Me cuenta que cuando cierran, se toma el bondi y el tren hasta Moreno y viaja apretujada con la monada respirándole en la nuca. Dice que viaja tanta gente que el otro día se bajó y tenía la cartera enguascada. Uno se hizo la paja, se limpió y nadie se dio cuenta.

—No sabía si tirarme alcohol o acaroína, me dice. Se ríe, imagino que por no llorar.

Insolaciones

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Mediodía. Sol. El calor transforma el asfalto en una mayonesa negra. Alem y Corrientes. Tres autos locos, un par de bondis, un patrullero estacionado a la que te criaste a una cuadra, frente al Luna Park. Corta el semáforo. Cruza la gente. En mitad de la avenida un viejo con bastón se detiene. Viejo viejo, tipo Matusalem. Candidato a cualquier vacuna como quien dice. Traje. Debe haber sido nuevo hace treinta o cuarenta años. Limpito. Arreglado. Corbata con nudo Windsor. Barbijo negro desteñido puesto como el culo. Medio pelado pero con gomina en los costados. Zapatos de charol brillantes, como si recién hubiese pasado por los lustrabotas que cada tanto se ven por el centro y te cobran la cuota mensual de la  universidad privada de los hijos. El viejo mira hacia el obelisco y empieza:

—Qué tristeza ver a la ciudad así. Yo la vi llena de gente. Antes no se podía cruzar a esta hora. dice mientras me mira. Listo, me embocó. Eso me pasa por hacer contacto visual. Estoy tentado a no darle bola pero el semáforo está por ponerse en verde y el viejo sigue ahí mirando el horizonte y se lo van a llevar puesto.

Fronteras

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Frontera entre Kathan city y Laferrere Town. Antes, no man’s land del oeste profundo, hoy también, pero con terminal de metrobús.

Son cerca de las 10 de la mañana y los pibes de la municipalidad todavía siguen barriendo la mugre que dejó la monada durante las fiestas. No hay que agudizar la vista, se ve bien desde arriba del bondi. Cientos de cajas de tetra y latas de cerveza. Bolsas de pan dulce y budines lamidas por la decena de perros de la calle que le disputa la parada a la policía bonaerense y a los vendedores de paco. Forros usados de los que se atrevieron a garchar bajo las luminarias amarillentas del puente peatonal.

Pibita

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Parada del 96. Kathan city. El calor transforma el asfalto en yogurt. Los de la verdulería que está del otro lado de la ruta revolean sandías y melones cual Cirque du Solei. Uno está en cueros. Tiene un pantalón corto arremangado que le queda casi como una zunga. El flaco debería irse a curar el ojeado porque en la parada hay una flaca que se lo manduca con la mirada. Usa un tapabocas que tiene estampada la cara de Leo Mattioli sosteniendo una rosa. Está petrificada. Así se queda los cuarenta minutos que compartimos de espera. Con todo el disfraz pandémico no le cazo la edad, pero debe andar en la veintena. El movimiento es sutil pero no lo suficiente. Con el brazo se rosa el costado de los pechos de un modo un tanto masturbatorio. Apuesto a que sí.

Días y flores

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Borges decía que en el Corán no aparecían camellos porque no hacía falta, era obvio que los había. Por eso decir que mi vecina pegó un covid de padre y señor nuestro se cae de maduro. Todo el barrio, el mundo entero. Los que no, salen a trotar, a tomar cerveza artesanal o a correr la coneja porque el bicho mata a cualquiera, pero hay una cosa que no mata: el hambre.

Normalidades

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En la antigua normalidad se viajaba como el orto. En la nueva también, pero para no ser desagradecido hay que reconocer que, como ya no lo llenan hasta las bolas, se reduce bastante la posibilidad de que te apoyen el paquete en el hombro cuando el bondi pega el frenazo. Está el detalle ese de la espera. Antes lo esperabas dos horas y como pasaba repleto no te paraba. Ahora lo esperas dos horas, pasa semivacío y tampoco te para porque los colectiveros dan rienda suelta a su sentido cívico dejándote a gamba así como la policía piensa que hace patria cagándote a palos.

Taconeando

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Constitución. Frío destemplado. Agresivo, húmedo. Poca gente en la calle. Camino ligero. Está oscuro. Las chicas trans semidesnudas que necesitan parar la olla de hoy y todos los días me piropean el tiempo que tardo en recorrer la cuadra. Soy el único que pasa. Me dicen rubio, me dicen lindo, presuponen a los gritos que mi miembro es descomunal. Por un segundo me siento halagado. Después me doy cuenta que quieren comer caliente.

Corona

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En el 96 la monada pivotea entre la desconfianza y el me chupa un huevo. Por ahí porque estamos más curtidos que el ciudadano idealizado de TN. A fuerza de sobrevivir al agua contaminada de Kathan city, al paco, a la policía, al cólera, al dengue y al macrismo nos hemos convertido en extremófilos, esos organismos que viven en lugares imposibles donde otro ser vivo caga la fruta al instante. Así que no sorprende que a pesar de la paranoia colectiva arriba del bondi la gente comparta el mate, se tosa a pulmón libre y se bese sin pudor.