Lo esencial

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—¡Veníamos surfeando como campeones, pero llegó la segunda ola y pum! en la pera— Me dice el colectivero, treintañero, conversador, ojeroso y pinta de cheronca venido a menos— yo estaba a pleno boludeando con los pibes pero ahora se cortó. Mucho viejo en la familia. Y la vacuna viene lenta, primero “los amigos”, después lo viejos, después la cana. Cuando me toque a mí voy a tener 40. Yo digo que me metan cualquiera, la rusa, la china, si con las porquerías que tomé cuando salía de caravana mirá si me van a hacer algo.

El nuevo orden mundial

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Pateo de Constitución al laburo. Paso por la puerta de al menos 4 escuelas primarias. Atravieso el gentío más obligado que por gusto. En una de ellas, privada y religiosa, los padres se agolpan como si fuera la entrada a la cancha o un recital dónde un cualquiera dice en un castellano de mierda que somos el mejor público del mundo. Cortan la circulación de la calle con sus autos esperando, no sé si que entren o que salgan los pibes. Los colectivos tocan bocina, los autos y las motos tocan bocina y hasta un flaco en bicicleta hace sonar una chicharrita para que lo dejen pasar. Él tiene suerte, da media vuelta y se va por otro lado. Los otros se tienen que fumar el gentío. En la puerta de la escuela una señora más bien morrudita y baja, con delantal de colores y un aspersor en la mano, le pide las manos a los que van y vienen por la puerta. Gatilla dos veces. Los chiquitos se refriegan. Algunos la saludan con el codo, otros con el puño cerrado. Uno diminuto con pinta de jardín de infantes o primer grado en vez de saludarla se le prende de la pierna y la mira. La señora queda petrificada, por los ojos se le nota que no sabe si responder o no el abrazo. De la montonera sale una flaca disculpándose con todos. Le desprende al pibe de la pierna a la señora y lo reta con un chirlo mentiroso en el culo. Antes de que el pibe arranque saca un peine de la cartera y lo peina. El pibe no se deja y entra corriendo. La mochila es más grande que su espalda.

surf

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Y entonces, luego de un año del que saldríamos mejores, sube una mujer con dos nenes, uno en brazos, y nadie le da el asiento. El que lleva de la mano debe tener tres años, a lo sumo. Juega a hacer ruido con los labios, prrrrrrrrr, llenando de baba y escupida todo lo que lo rodea. Mala época para eso, campeón. Típico de infante ser un pelotudo. El otro, el que va alzado, juega con el barbijo de la madre. Se lo sube, se lo baja, lo mordisquea. La pobre mina hace equilibrio. Tiene cancha, porque cuando el 96 agarra la rotonda del metrobus de Kathan City se vuelve una surfista de las playas de Iluwatu. Pie adelante cruzado y culito afuera, cual riquelmista, para bajar el centro de gravedad; el pibito escupidor agarrado a la gamba para darle basamento. Viene la ola. El chofer acelera a la salida de la curva. Si zafa de la inercia merece un aplauso. Zafa. Me acuerdo de una amiga que una vez me dijo -Después de sacar un pibe por la argolla, cualquier cosa es fácil.

Intercambio cultural

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San Telmo. Viernes por la tarde. Un centenar de personas deambula por las calles en busca de bares y cervecerías que les permitan sacarse el tapabocas y hacer como si nada hubiese cambiado en el mundo. Salvo por las meseras embarbijadas que ofrecen alcohol en gel rebajado con agua todos hacen como si no pasara nada. Respetan, guardan la distancia. Incluso los que piden monedas, algo para comer o los que venden pañuelos descartables, medias o repasadores. Alguno que otro medio colocado juega a saltar las vallas con las que cortan la calle para que los barcitos de la zona pongan mesas al aire libre. Una especie de burbuja segura, hasta que cae la noche y se suman las botellas. Cruzado ese límite ya no importa nada. En uno de los bares una mesera me comenta que ya no se pone guantes de látex para recoger los barbijos que la gente olvida cuando paga y se va, que le da igual, si total cuando entra a la cocina del bar tiene tres cocineros apretujados en un espacio de uno por uno. Me cuenta que cuando cierran, se toma el bondi y el tren hasta Moreno y viaja apretujada con la monada respirándole en la nuca. Dice que viaja tanta gente que el otro día se bajó y tenía la cartera enguascada. Uno se hizo la paja, se limpió y nadie se dio cuenta.

—No sabía si tirarme alcohol o acaroína, me dice. Se ríe, imagino que por no llorar.

Insolaciones

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Mediodía. Sol. El calor transforma el asfalto en una mayonesa negra. Alem y Corrientes. Tres autos locos, un par de bondis, un patrullero estacionado a la que te criaste a una cuadra, frente al Luna Park. Corta el semáforo. Cruza la gente. En mitad de la avenida un viejo con bastón se detiene. Viejo viejo, tipo Matusalem. Candidato a cualquier vacuna como quien dice. Traje. Debe haber sido nuevo hace treinta o cuarenta años. Limpito. Arreglado. Corbata con nudo Windsor. Barbijo negro desteñido puesto como el culo. Medio pelado pero con gomina en los costados. Zapatos de charol brillantes, como si recién hubiese pasado por los lustrabotas que cada tanto se ven por el centro y te cobran la cuota mensual de la  universidad privada de los hijos. El viejo mira hacia el obelisco y empieza:

—Qué tristeza ver a la ciudad así. Yo la vi llena de gente. Antes no se podía cruzar a esta hora. dice mientras me mira. Listo, me embocó. Eso me pasa por hacer contacto visual. Estoy tentado a no darle bola pero el semáforo está por ponerse en verde y el viejo sigue ahí mirando el horizonte y se lo van a llevar puesto.

Fronteras

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Frontera entre Kathan city y Laferrere Town. Antes, no man’s land del oeste profundo, hoy también, pero con terminal de metrobús.

Son cerca de las 10 de la mañana y los pibes de la municipalidad todavía siguen barriendo la mugre que dejó la monada durante las fiestas. No hay que agudizar la vista, se ve bien desde arriba del bondi. Cientos de cajas de tetra y latas de cerveza. Bolsas de pan dulce y budines lamidas por la decena de perros de la calle que le disputa la parada a la policía bonaerense y a los vendedores de Paco. Forros usados de los que se atrevieron a garchar bajo las luminarias amarillentas del puente peatonal.

Pibita

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Parada del 96. Kathan city. El calor transforma el asfalto en yogurt. Los de la verdulería que está del otro lado de la ruta revolean sandías y melones cual Cirque du Solei. Uno está en cueros. Tiene un pantalón corto arremangado que le queda casi como una zunga. El flaco debería irse a curar el ojeado porque en la parada hay una flaca que se lo manduca con la mirada. Usa un tapabocas que tiene estampada la cara de Leo Mattioli sosteniendo una rosa. Está petrificada. Así se queda los cuarenta minutos que compartimos de espera. Con todo el disfraz pandémico no le cazo la edad, pero debe andar en la veintena. El movimiento es sutil pero no lo suficiente. Con el brazo se rosa el costado de los pechos de un modo un tanto masturbatorio. Apuesto a que sí.

Días y flores

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Borges decía que en el Corán no aparecían camellos porque no hacía falta, era obvio que los había. Por eso decir que mi vecina pegó un covid de padre y señor nuestro se cae de maduro. Todo el barrio, el mundo entero. Los que no, salen a trotar, a tomar cerveza artesanal o a correr la coneja porque el bicho mata a cualquiera, pero hay una cosa que no mata: el hambre.

Normalidades

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En la antigua normalidad se viajaba como el orto. En la nueva también, pero para no ser desagradecido hay que reconocer que, como ya no lo llenan hasta las bolas, se reduce bastante la posibilidad de que te apoyen el paquete en el hombro cuando el bondi pega el frenazo. Está el detalle ese de la espera. Antes lo esperabas dos horas y como pasaba repleto no te paraba. Ahora lo esperas dos horas, pasa semivacío y tampoco te para porque los colectiveros dan rienda suelta a su sentido cívico dejándote a gamba así como la policía piensa que hace patria cagándote a palos.

Taconeando

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Constitución. Frío destemplado. Agresivo, húmedo. Poca gente en la calle. Camino ligero. Está oscuro. Las chicas trans semidesnudas que necesitan parar la olla de hoy y todos los días me piropean el tiempo que tardo en recorrer la cuadra. Soy el único que pasa. Me dicen rubio, me dicen lindo, presuponen a los gritos que mi miembro es descomunal. Por un segundo me siento halagado. Después me doy cuenta que quieren comer caliente.

Corona

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En el 96 la monada pivotea entre la desconfianza y el me chupa un huevo. Por ahí porque estamos más curtidos que el ciudadano idealizado de TN. A fuerza de sobrevivir al agua contaminada de Kathan city, al paco, a la policía, al cólera, al dengue y al macrismo nos hemos convertido en extremófilos, esos organismos que viven en lugares imposibles donde otro ser vivo caga la fruta al instante. Así que no sorprende que a pesar de la paranoia colectiva arriba del bondi la gente comparta el mate, se tosa a pulmón libre y se bese sin pudor.

Trío

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Llueve. Primero finito y después a cántaros. Voy sentado. Intento dormir. En Kathan city se llena. Delante mío tengo a dos flacas paradas. Hablan fuerte. Una tiene un vozarrón aguardentoso, áspero. Se le nota a la lengua que es mujer de pocas pulgas. La otra es más recatada en el tono. Al principio no abro los ojos. No me importa lo que dicen. Hablan de cualquier cosa hasta que la de voz recatada le dice
-¿Y, boluda? ¿Me vas a contar o no?
-Y sí, boluda. Me re calenté. Hacemos un trío y no me dan un puto gusto. Los mandé a la mierda- dice sin bajar el tono.
Ya no puedo dormir. Paro la oreja. Todos los que estamos a su alrededor hacemos lo mismo.

Pitito

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Viernes. Noche. Consti. Entro a la estación y rumbeo para el baño porque me recontra pillo. Apenas entro veo la imagen. Un coloqueti de musculosa está con pantalones y calzones hasta los pies. En pocas palabras, está en pija. En mitad del pasillo que separa los mingitorios de los inodoros. Tiene cara de que las cosas no le funcionan muy bien de los ojos para adentro. Intenta hacer que el chorro de meada de contra la pared desde una distancia improbable. En un tiro salpica a uno que está al lado. Empieza el griterío.

Noche ardiente

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Son las 8 y media de la noche. La autopista está cortada a la altura del bajo flores. La monada tiene calor, le cortaron la luz y está enojada. El bondi da 300 vueltas por los barrios aledaños tratando de pegar una salida. El chofer, poco dado a los detalles, hace cajeta mal un auto en una esquina. Mal, mal. Tanto los pasajeros como los que están abajo le avisan pero le chupa un huevo. No para. Sigue pisteando. El del auto nos sigue como enajenado tocando bocina durante 50 cuadras. Quiere que el chofer pare para tomarle los datos pero la gente del bondi le insiste que no, que no pare, que el del auto se cague, que quieren llegar a casa y tienen calor. La monada saca el balero por la ventanilla y amenaza de muerte al del auto. Uno, incluso, le muestra al del auto una faca de carnicero tan larga como mi brazo.

4

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Consti. Esquina. Dos flacas. Una con un bebé en brazos que solo tiene pañales. Otra con un cochecito de bebé con otro adentro que chupa un escarpín o algo así . Una le pregunta a otra
-¿A dónde vamos?
-A comprar porro- Le contesta.
-El transa es en la otra esquina, tarada.
-Ah, bueno, de paso compramos birra y tutuca.

For the kill (o el rifle sanitario de tu corazón)

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En el asiento doble delante del que voy sentado van dos tipos. Son evangelistas. Te das cuenta porque son espamentosos y les gusta la alharaca. Que cristo esto, que cristo aquello, que el espíritu santo te cura las hemorroides; y, por supuesto, la biblia en la mano, como si no hubiese otra puta cosa que leer. Justo ellos que son quienes más lo necesitan.