El título sobra

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Resulta que luego de un centenar de días encerrado, en mitad de la cuarentena, en una de sus fases más duras, no hago más que escuchar historias de desconfinamiento a puro pechito gentil. Gente que conozco se jacta de salir, de reunirse, de escaparse para garchar y tomar. Me llega, incluso, la historia de unos conocidos, que salen a comer afuera, en un lugar que abre, secretamente, para que la monada deguste pizzas, tintos, escuche música y baile «pero bajito, para que no salte la ficha». Ok, no se jactan, pero se justifican como si luego de su esfuerzo tuvieran derecho a un «permitido». Capaz que sí, no lo sé. No me voy a poner en vigilante.

Peladito

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Hace más años de los que puedo recordar también fui joven, adolescente más bien. Como todos, ni más piola, ni más boludo que el común de la gente. Algo más dado al drama, quizás. Por eso cuando la otra noche soñé con Casita de Pan, parte de esa época se me vino al filo de la lengua y me dejó ese gusto entre dulce y amargo que tienen los buenos licores vencidos que olvidamos en la alacena y a los que les entramos un trago cuando no hay otra cosa.

Le doute

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Hace unos días hablaba con una amiga psicóloga, El Falo. Le decían así cuando la conocí. Yo la llamo Lisa. Nos conocimos en la empresa de transporte en la que laburábamos. Le gustaba el punk de los ´90, había coqueteando mucho con el reviente de zona sur, con la modas de tajearse las muñecas y con los problemas de alimentación. En algún momento se le alinearon los patos y se acomodó. Se recibió, se puso de novia con un tipo gigantesco y cara de pocos amigos; hizo una promisoria carrera estudiando el autismo, viajó mucho y se consiguió 4 gatos. Dejamos de vernos.

Paraguas

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Tengo un paraguas. Tengo un paraguas negro. Tengo un paraguas negro con forma de espada. Sí, de espada, el mango es el de una katana, una espada japonesa de efectividad legendaria. Hoy día la usan para matar zombis y mafiosos en la tele. Es tan realista que tiene habaki, seppa, suba y fuçi, que son partes de la espada solo que las del paraguas son de plástico. Me la regaló una amiga. El hermano labura importando cosas locas de china y supongo que la sacó de ahí. Fue un gran regalo.

Macumba

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En mi barrio, como en cualquier otro barrio pobre, la gente cree en cualquier cosa que le ayude a correr la coneja. No necesariamente el puchero aparece por obra de los dioses pero al parecer, hasta cierto punto, basta con la fe para que la panza no haga ruido. A mí no me funca, pero a la mayoría de la gente pareciera que sí por eso está lleno de cultos evangélicos, pentecostales, mormones, de los santos de los últimos días, tarotistas, parapsicólogos que prometen que si garpás la piba que te gusta deja al pelado con el que sale ahora, te dice que te quiere y se disculpa por no mandarte un mensaje en navidad. Por supuesto, también hay umbandistas. También hay católicos pero desde que se garchan menores ya no son tan populares.

26

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En mi barrio, como en todos los barrios, lo que queda después del 25 son las huellas, los restos tristes de la fiesta. Los tetras en la zanja, las botellas apiladas en los tachos de basura. Bolsas de residuos que los perros sueltos rompen buscando qué comer. Forros usados tirados en la calle por los que garcharon, responsables, bajo el amparo de la noche y los ligustros.

Comunidades

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En Internet hay comunidades de todo tipo. Impensadas, algunas. Locas. Gente que vive su vida digital alrededor de un tema. Activamente. Desde la militancia y la vocación por intervenir en la discusión sobre un asunto.

Es una de las grandes promesas de word wide web. La posibilidad de interactuar con otros con igual afición o profesión que nosotros y así realizar aportes al conocimiento colectivo. Dio resultado. También dio grandes decepciones. Las comunidades digitales tienden a cerrarse sobre sí mismas, a ser foros de convencidos, espacios de validación impermeables a la crítica. Incluso los trolls -pagos o no- operan alrededor de temas puntuales y son, si se quiere, un tipo de comunidad dentro de la red.

Conmemoraciones

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Mientras voy a trabajar un sábado a la noche, a las puteadas y de mal humor, recuerdo que hace exactamente un tiempo, esta fecha pero de un tiempo otro, fui feliz, o casi. La memoria, se ha dicho hasta el cansancio, tiende a mejorar y a elevar gentes y situaciones pero aquella vez la cosa estuvo ahí nomás. O no. Por ahí es mejor decir que fui plenamente feliz aquella noche, como puede serlo cualquiera, a pesar de las dudas y las precariedades, a pesar de la lluvia que nos empapó, y el frío que nos cubrió y el millar de personas que querían ver lo mismo que nosotros y se apiñaban a nuestro alrededor con sus paraguas y sus niños caprichosos pasados de azúcar.

Escritura

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Procastino la escritura porque lo que leo cuando escribo son fantasmas y espacios vacíos repletos de presencias.

Hago otras cosas. Me excuso ante el espejo con aquello del trabajo, con aquello de que hay que cortar el pasto, bañar al perro, aspirar debajo de la alfombra. Me miento con la música al máximo volumen para que ni una coma me traiga a los oídos una voz de mujer, el ruido de un timbre, el ringtone de un teléfono perdido.

Tu noche y la mía

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Hace unos días entrevisté a un Antropólogo para Andén. El tipo hablaba sobre mitos. Contaba que el mito había caído en desgracia con la irrupción de la escritura que permitía revisar el pensamiento, volver a él. En ningún momento lo dice pero el pensamiento mítico estaba vinculado, como lo están los siameses, con los poetas y rapsodas que memorizaban largos pasajes e iban de lugar en lugar llevando su arte que era, a un mismo tiempo, un poco de arte, un poco de religión, un poco de información y filosofía. Los poetas decían que a través de ellos hablaban los dioses. Katogeos, era la palabra para designar el toque del dios. La divinidad los tocaba y ellos eran, por un lapso de tiempo, la voz del dios encarnada. Borges diría, milenios después, que la poesía era superior a la música porque la incluía. Platón los odiaba, a los poetas, porque representaban una forma primitiva de educación. Como si hiciera falta la rima para ayudar a la memoria a recordar las lecciones. Algo de eso hay. Los pibes aprenden en el jardín o en los primeros años del nivel inicial canciones con pretensiones pedagógicas. Cientos de dibujitos animados pueden dar cuenta de eso.

Derivas mentales cuando el colectivo tarda 40 minutos en aparecer

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Ayer hizo un año que defendí mi tesis y me recibí en una universidad pública después de 20 años de haber terminado el secundario. Pasaron cosas, pasó la vida. Estuvo dificil. En algún momento pensé en agradecer, pensé en hablar de las virtudes de la educación popular. Pensé en hablar de todxs lxs que me ayudaron y facilitaron el camino para ese logro y todo eso. Probablemente en algún momento lo haga. Pero quiero recordar otra cosa. Cuando arranqué el CBC en Merlo en el 2000 tenía un profesor de introducción a la psicología que hablaba, en aquel entonces, de la depresión post título. Por alguna razón el chabón tenía ese mambo y lo compartía con gente que recién arrancaba. Decía que luego de eso venía un tiempo de bajón, que había algo del orden del sentido que desaparecía y que, hasta que uno se las ingeniaba para encontrarse otro, la cosa se ponía rara. Un año después le doy la derecha. Después de ese esfuerzo y esa alegría lo que vino fue, casi casi, el bajón mismo. Y se le sumó la vida tal cual es. Las pocas salidas laborales de un título vinculado a los medios sociales, un trabajo que nada que ver, un país horrible que siempre se va al carajo, ausencias varías, boleteos afectivos, la edad, el primer millón que tarda en concretarse. Nada que no sepamos de la vida.

ensoñaciones de viaje

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Y entonces ella camina hacia mí como si no fuera un sueño. El pasillo es largo, gris. La pintura descascarada se entrecruza con la maraña de cables colgando y las hojas de los potus que salen por las ventanas de los vecinos del piso de arriba. Lleva un vestido corto de tela fina, de colores. Diría que floreado pero sus formas cambian como un rorschach en movimiento. Es pequeña. Lleva el pelo hasta los hombros. Sus labios son rojos, fulminantes de rush. Ríe. Sus dientes son blancos. Si se le presta atención tiene pecas. Tiene un escote generoso que sugiere unos pechos pequeños. La voz aguda. Es de noche. Hace calor. Camina altiva, sabiendo que es su campo de juego, que ella es la que manda.