Insolaciones

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Mediodía. Sol. El calor transforma el asfalto en una mayonesa negra. Alem y Corrientes. Tres autos locos, un par de bondis, un patrullero estacionado a la que te criaste a una cuadra, frente al Luna Park. Corta el semáforo. Cruza la gente. En mitad de la avenida un viejo con bastón se detiene. Viejo viejo, tipo Matusalem. Candidato a cualquier vacuna como quien dice. Traje. Debe haber sido nuevo hace treinta o cuarenta años. Limpito. Arreglado. Corbata con nudo Windsor. Barbijo negro desteñido puesto como el culo. Medio pelado pero con gomina en los costados. Zapatos de charol brillantes, como si recién hubiese pasado por los lustrabotas que cada tanto se ven por el centro y te cobran la cuota mensual de la  universidad privada de los hijos. El viejo mira hacia el obelisco y empieza:

—Qué tristeza ver a la ciudad así. Yo la vi llena de gente. Antes no se podía cruzar a esta hora. dice mientras me mira. Listo, me embocó. Eso me pasa por hacer contacto visual. Estoy tentado a no darle bola pero el semáforo está por ponerse en verde y el viejo sigue ahí mirando el horizonte y se lo van a llevar puesto.

Fronteras

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Frontera entre Kathan city y Laferrere Town. Antes, no man’s land del oeste profundo, hoy también, pero con terminal de metrobús.

Son cerca de las 10 de la mañana y los pibes de la municipalidad todavía siguen barriendo la mugre que dejó la monada durante las fiestas. No hay que agudizar la vista, se ve bien desde arriba del bondi. Cientos de cajas de tetra y latas de cerveza. Bolsas de pan dulce y budines lamidas por la decena de perros de la calle que le disputa la parada a la policía bonaerense y a los vendedores de paco. Forros usados de los que se atrevieron a garchar bajo las luminarias amarillentas del puente peatonal.

Pibita

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Parada del 96. Kathan city. El calor transforma el asfalto en yogurt. Los de la verdulería que está del otro lado de la ruta revolean sandías y melones cual Cirque du Solei. Uno está en cueros. Tiene un pantalón corto arremangado que le queda casi como una zunga. El flaco debería irse a curar el ojeado porque en la parada hay una flaca que se lo manduca con la mirada. Usa un tapabocas que tiene estampada la cara de Leo Mattioli sosteniendo una rosa. Está petrificada. Así se queda los cuarenta minutos que compartimos de espera. Con todo el disfraz pandémico no le cazo la edad, pero debe andar en la veintena. El movimiento es sutil pero no lo suficiente. Con el brazo se rosa el costado de los pechos de un modo un tanto masturbatorio. Apuesto a que sí.

Días y flores

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Borges decía que en el Corán no aparecían camellos porque no hacía falta, era obvio que los había. Por eso decir que mi vecina pegó un covid de padre y señor nuestro se cae de maduro. Todo el barrio, el mundo entero. Los que no, salen a trotar, a tomar cerveza artesanal o a correr la coneja porque el bicho mata a cualquiera, pero hay una cosa que no mata: el hambre.

Falo en desgracia

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Me llamó Lisa, el falo, como le decían en esos antros psi que frecuentaba cuando niñata. Más o menos al inicio de la cuarentena había pegado un chongo. Para alguien que venía de una relación de 15 años que se apagó lenta y cansinamente el encuentro con un cuerpo distinto al que dictaba la costumbre debió ser algo así como el maná en el desierto o como encontrar guita en un jean a fin de mes. Un golazo. Pero se terminó. Después de 10 meses de pasarse días el uno en la casa del otro, de coger en todos los rincones y leer a cuatro ojos los mismo libros parece que se terminó. Chin-pum!

Normalidades

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En la antigua normalidad se viajaba como el orto. En la nueva también, pero para no ser desagradecido hay que reconocer que, como ya no lo llenan hasta las bolas, se reduce bastante la posibilidad de que te apoyen el paquete en el hombro cuando el bondi pega el frenazo. Está el detalle ese de la espera. Antes lo esperabas dos horas y como pasaba repleto no te paraba. Ahora lo esperas dos horas, pasa semivacío y tampoco te para porque los colectiveros dan rienda suelta a su sentido cívico dejándote a gamba así como la policía piensa que hace patria cagándote a palos.

Los bonistas de mi corazón

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Deudas tenemos todos; con el panadero, con la escuela de los nenes o con Juan Carlos Mastercard, que dios lo tenga en su gloria y no lo suelte.  Por no hablar de las deudas morales porque de pequeñas y grandes traiciones se hizo el mundo tal y como lo conocemos. Así que estar hasta las bolas no es una cosa muy novedosa que digamos. Lo novedoso es en todo caso que te perdonen un cacho de deuda. No es gratis, pero algo es algo.

Torn

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La nostalgia es un negocio. Basta con mirar todos los rubros del arte, del deporte y de la vida. El pasado vende. Lo saben los escritores de novelas históricas y los psicoanalistas. Lo saben esas esposas que se visten de colegialas para calentar a sus maridos y esos maridos que tratan de bajar la panza para parecerse a los jóvenes que fueron hace veinte años. Y no está mal. Todos tenemos derecho a comer caliente. Y si es con honradez, mejor.

Taconeando

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Constitución. Frío destemplado. Agresivo, húmedo. Poca gente en la calle. Camino ligero. Está oscuro. Las chicas trans semidesnudas que necesitan parar la olla de hoy y todos los días me piropean el tiempo que tardo en recorrer la cuadra. Soy el único que pasa. Me dicen rubio, me dicen lindo, presuponen a los gritos que mi miembro es descomunal. Por un segundo me siento halagado. Después me doy cuenta que quieren comer caliente.

El título sobra

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Resulta que luego de un centenar de días encerrado, en mitad de la cuarentena, en una de sus fases más duras, no hago más que escuchar historias de desconfinamiento a puro pechito gentil. Gente que conozco se jacta de salir, de reunirse, de escaparse para garchar y tomar. Me llega, incluso, la historia de unos conocidos, que salen a comer afuera, en un lugar que abre, secretamente, para que la monada deguste pizzas, tintos, escuche música y baile «pero bajito, para que no salte la ficha». Ok, no se jactan, pero se justifican como si luego de su esfuerzo tuvieran derecho a un «permitido». Capaz que sí, no lo sé. No me voy a poner en vigilante.

Peladito

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Hace más años de los que puedo recordar también fui joven, adolescente más bien. Como todos, ni más piola, ni más boludo que el común de la gente. Algo más dado al drama, quizás. Por eso cuando la otra noche soñé con Casita de Pan, parte de esa época se me vino al filo de la lengua y me dejó ese gusto entre dulce y amargo que tienen los buenos licores vencidos que olvidamos en la alacena y a los que les entramos un trago cuando no hay otra cosa.

Le doute

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Hace unos días hablaba con una amiga psicóloga, El Falo. Le decían así cuando la conocí. Yo la llamo Lisa. Nos conocimos en la empresa de transporte en la que laburábamos. Le gustaba el punk de los ´90, había coqueteando mucho con el reviente de zona sur, con la modas de tajearse las muñecas y con los problemas de alimentación. En algún momento se le alinearon los patos y se acomodó. Se recibió, se puso de novia con un tipo gigantesco y cara de pocos amigos; hizo una promisoria carrera estudiando el autismo, viajó mucho y se consiguió 4 gatos. Dejamos de vernos.

Nada es más cierto que una deuda – Editorial 93

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No hay −acaso no podría haberla− cultura, civilización o pueblo alguno que no se encuentre atravesado de un modo u otro por el concepto de deuda. Las relaciones sociales se fundan en alianzas de reciprocidad, es decir, en una correspondencia mutua de beneficios, en un ida y vuelta de dones y contradones que van atando, engarzando una trama de sociabilidad que constituyen, con sus bemoles, una experiencia común.