ensoñaciones de viaje

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Y entonces ella camina hacia mí como si no fuera un sueño. El pasillo es largo, gris. La pintura descascarada se entrecruza con la maraña de cables colgando y las hojas de los potus que salen por las ventanas de los vecinos del piso de arriba. Lleva un vestido corto de tela fina, de colores. Diría que floreado pero sus formas cambian como un rorschach en movimiento. Es pequeña. Lleva el pelo hasta los hombros. Sus labios son rojos, fulminantes de rush. Ríe. Sus dientes son blancos. Si se le presta atención tiene pecas. Tiene un escote generoso que sugiere unos pechos pequeños. La voz aguda. Es de noche. Hace calor. Camina altiva, sabiendo que es su campo de juego, que ella es la que manda.

Mormones II

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Hay cuatro mormones en los últimos asientos de la fila doble. Voy parado junto a ellos. Tres son rubios de ojos celestes y el cuarto tiene más pinta autóctona. Lleva unos anteojos culo de botella gigantes y la cara picada de viruela. Los otros son más bien granujientos y hablan con un acento anglo medio inidentificable. Vienen de Pontevedra Hills, que como todo el mundo sabe es la capital universal de los mormones. Cuando iba al colegio por allá me gustaba cruzarlos porque si los mirás, te saludan. Soy tirando a tímido y me cuesta arrancar la charla por eso admiro a estos pibes que de la nada te saludan, te dan un panfleto del fans club de dios y te dicen que tomar café te manda al averno. Gente más flashera no hay.

Maestrxs

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No puedo jactarme de grandes cosas. No tengo logros significativos. No hice fortuna. No tengo un laburo que me realice como persona. No viajé por las costas lejanas del mundo, ni conocí a grandes personalidades. Nada de eso me pesa mucho que digamos. Lo único de lo que puedo jactarme con orgullo y cierta superioridad moral es de haber leído. Ni siquiera de haber escrito porque, vamos, los que me conocen lo saben, soy un escritor medio pelo. Pero eso sí, soy un lector profesional. Por ahí no un lector actualizado, atento a las novedades. Pero sí un tipo que antes de terminar el secundario había leído mucho, mucho más que la mayoría de sus profesores.

Paciencia

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Un pibe medio gordito va en el Roca silvando Patience, de los Guns N’ Roses. Está sentado y tiene a su novia de la mano. Ella tararea en un inglés inentendible. En la parte del solo de guitarra le suelta la mano y hace el punteo en el aire cual fender stratocaster. Los dos agitan la cabeza. Ella tiene puesto un buzo canguro gris. Como es rellenita la cara le llena toda la capucha, que lleva colocada. Él, una bufanda exageradamente larga y un pulover que se adivina demasiado finito para esta noche.

Ricky

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La calle da para todo. No sé si lo suficiente como llamarla universidad, pero lejos no le anda. En la universidad uno se encuentra con conocimientos contraintuitivos. Cosas que no pueden ser y resulta que sí, que son. Infinitos más grandes que otros, árboles que literalmente emiten sonidos, con edición génica, con sangre que se vuelve verde y cosas así. En la calle uno se encuentra, siguiendo esa línea, con tipos que cantan a los gritos canciones de Ricky Martín. Posta. Hoy me crucé con uno.

Volver o eso dicen

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Última fila de asientos, contra la vebtanilla. Campera de deportivo Laferrere. Gorro de argentina. Tiene tatuada una garra enorme en la parte izquierda de la cara. Habla una mezcla de guaraní con castellano sin eses. Tendrá unos 40 mal acomodados. Habla con otro que está igual pero sin tatuaje. Tiene barba de varios días y ojeras. Va con un nene, de unos 10 u 11. Parece el hijo porque los dos tienen puesto el mismo equipo de gimnasia de deportiva y solo los padres son tan ridículos como para hacer algo así. El nene mira fijo un celular en el que juega a algo y tiene un par de auriculares con cable. Parece que escucha lo que se dice alrededor porque cada vez que habla el tatuado mira al cielo como si soportara un calvario. Hablan sobre albañilería, fútbol y las tetas de Florencia Peña en el bailando. El tatuado dice que hace muchos años la veía en un programa cuando ella era chica y que a pesar de que la tele era en blanco y negro una vez le pasó la lengua al tubo, que ni cuenta lo que hizo cuando vio su video hot. El nene se caga de risa. El tatuado enrojece.

San Telmo

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San Telmo está rodeado. Constitución. Barracas. La Boca. San Nicolás. Balvanera. Puerto Madero. La Rodrigo Bueno. Tiene que medirse con varias realidades para conservar su identidad frágil, tajeada en la mitad por una cotidianeidad cosmopolita en la que comparten protagonismo los extranjeros en plan de vacaciones gourmet, los tipos sin rancho que corren la coneja durmiendo al sereno y los vecinos viejos que de un día para el otro descubrieron que vivían en la capital de la gentrificación.

Postales de Luismi

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Hace muchos, muchos años, antes de los celulares, Spotify y el kirchnerismo de Nestor y Alberto fui Dj. Bueno, lo que se Dj, Dj, no. El Dj era mi tío. Yo era plomo. No plomo de denso y aburrido, que también lo era, sino plomo como los plomos de las bandas. Cargaba bafles, parlantes, luces, cables. Armaba y desarmaba. Cada tanto me dejaban pasar unos temas pero no hubo caso, nunca prendí. Lo hacía porque no tenía un mango y me pagaban. En los 90 eso era la gloria.

Mochi

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No era amigo de Mochi, era de otro curso. En realidad se llamaba Alejandro Villegas pero no creo que nadie lo recuerde así. Solo Mochi. Era su marca. No me caía muy bien. Era amigo de mi amigo, David. Había repetido una o dos veces, me parece. Tenía, pues, más o menos nuestra edad. Petiso, retacón. Era desenvuelto, medio fulero pero entrador. Tenía una voz nasal y una colita en el pelo que le quedaba como el orto pero en esa época era un imán para las chicas.

Otra vez

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Pasan tres. Ninguno para. El refugio está que estalla. Vienen otros dos. Algunos se suben. La fila no se da por enterada. Quedamos una banda. Hace frío. Cuando viene un semirrápido, para y abre la puerta. Se escucha la ovación como si el profeta obrará el milagro anunciado. Preferiría putear y prender fuego todo pero no se suman, en especial los que ya vienen arriba y nos gritan que no hay lugar y no se puede más. Se me cola una parejita. Ella se podría haber tomado el otro y dejarnos lugar en este porque se baja acá nomás pero no le bastaba con intercambiar fluidos toda la noche, también quería hacerlo de mañana en un bondi hasta la pija. Besito baboso va, besito baboso viene. Con ruidito. Ploch, ploch, muiiiik. El pibe, en plan de humorada le palpa la entrepierna. Ella se sonroja y le dice que no. Se ríen.

bucle

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Hace muchos, muchísimos años, cuando tenía fe en lo transmundano y lo militaba, algunos de los hermanos de la comunidad de La Salle solían decir que, así como uno pensaba fuerte en la persona que le gustaba, tenía que pensar en Dios. Era una suerte de práctica mística, como el OM de las religiones dhármicas, pero en silencio. Los judios, por ejemplo, se mueven rítmicamente al rezar, ya que el alma es una candela de dios como se sugiere en el libro de los Proverbios. Ese movimiento, como el de una llama, reconcentra el pensamiento según ellos. También lo hacen los Sufíes, una rama mística del Islam, quienes bailan dándo vueltas hasta el trance.

Charly

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Una compañera de trabajo entra en la oficina para despedirse. Cuando se está por ir, por alguna razón nos ponemos a divagar sobre el sentido de la existencia. Ella dice que los que lo tienen se mienten, que no lo hay, que lo que tienen es un sentido autoimpuesto. Está a un paso de decir que el sentido de la existencia es un constructo pero como es una científica especializada en áreas recontra duras no lo hace porque mientras 2+2 sea 4 supongo que para ella el universo sigue funcionando. Acuerdo con eso del constructo pero no puedo evitar sentir una profunda envidia por los que se mienten de tal manera que ven verdad e iluminación allí donde a mi juicio no hay sino vacío, niebla, incertidumbre.

Amigachines

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Parada de 152 en el metrobús de San Telmo, miércoles, siete de la tarde. El pibe que está detrás de mí se manda audios con la novia. Engancho la conversación empezada. El pibe le dice que él también es su amigo y que, como las amigas de ella son pocas, pueden salir todos juntos siempre y cuando no hablen de carteras. El audio de respuesta tarda 20 segundos en llegar. La piba le dice que se vaya a la concha de su madre. Que ella sale sola. Y que si hablan de carteras cuando él está presente es para no hablar de pijas y que se sienta un pito corto. El pibe le contesta “bueno, amor.”
No me doy vuelta. Me lo imagino con cara de gatito mojado.

¿Quién?

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¿Quién te va a llamar si todos llevan una sonrisa en su cara? ¿Quién te va a llamar si hasta el canto libre de los barriletes te tiñe la mirada de agua? ¿Quién recordará tu nombre para celebrar el vino y se dolerá de tu ausencia cuando ya no ocupes lugar alguno en mesa alguna? ¿Quién leerá lo que escribiste y mirará lo que pintaste y pensará en lo que pensaste cuando al fin logres el cometido de tus actos y te vuelvas mudo, piedra, tierra y circunstancia?

El tri

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Hace 6 días que no piso la calle. Salgo y a la vuelta de la esquina veo a un vecino robándose los cascotes de la calle para su propia mezcla de cemento. Debería haberme quedado en la cama.

En la parada están los de siempre y veinte más que también esperan el bondi. Cuando llega queda claro que el mambo viene de gimnasta olímpico. Torsión, saltito, amague, le cago el lugar a una vieja y plop! Arriba y pagando cuarenti pico de mangos para ir como disidente político al gulag de Kamchatka.

El recuerdo

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El recuerdo de la tristeza es triste, pero el recuerdo de la dicha también lo es. En eso pienso mientras espero el bondi y el frio me fractura los huesos. Pienso que hace un tiempo galopaba ciertas noches para estrellarme en unos labios borrachos, y caminaba junto a ellos por una ciudad gris que cambiaba de color bajo nuestros pasos. Un trago exótico, un beso. Una luminaria en la avenida, un beso. Una noche gélida entibiada con abrazos y estufas de dos mangos. ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres? ¿Tiene importancia que las fechas se sucedan sin pausa si al final no hay una sola foto que testifique que en este vacío que se macera en la boca hubo una saliva dulce y fiera? No. No lo tiene.

Al revés

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A Rocío, una ex compa del secundario que cada tanto me cruzo, le pasa como le pasa a muy poca gente: viaja sentada porque viaja al revés. Es decir, viaja a contramano del resto de la gente. Labura en Hurlingham, en el parque industrial. En un mundo más normal debería tener dificultades para pegar asiento porque el parque tiene espacio para cientos de empresas y miles y miles de trabajadores pero como todas las empresas se fueron a Brasil y los miles y miles de trabajadores se quedaron en pelotas, ella viaja sola. Simple, se fueron todos pero quedaron los recorridos de los bondis, como signos de una nostalgia fabril que no se enteró que ahora somos un país lleno de boludxs.

Nada es lo que hay

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Jodida la soledad. Te quema el cuero y te hace hablar con desconocidos; porque sí, porque tenés que apagar eso vomitando el mal tinto de la vida. En eso pienso mientras escucho como una vieja medio copete se sienta delante mío en el tren y agarra a un pibe que está contra la ventanilla y le cuenta su vida. Le cuenta que el marido, el segundo o el tercero, se fue con una vecina como treinta años menor y se llevó al gato. Dice que lo extraña, al gato. Dice que al marido no, salvo en las noches como anoche, cuando tuvo que levantarse a cargar la bolsa de agua caliente porque ni mamada prende la estufa con lo que sale.