Comunidades

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En Internet hay comunidades de todo tipo. Impensadas, algunas. Locas. Gente que vive su vida digital alrededor de un tema. Activamente. Desde la militancia y la vocación por intervenir en la discusión sobre un asunto.

Es una de las grandes promesas de word wide web. La posibilidad de interactuar con otros con igual afición o profesión que nosotros y así realizar aportes al conocimiento colectivo. Dio resultado. También dio grandes decepciones. Las comunidades digitales tienden a cerrarse sobre sí mismas, a ser foros de convencidos, espacios de validación impermeables a la crítica. Incluso los trolls -pagos o no- operan alrededor de temas puntuales y son, si se quiere, un tipo de comunidad dentro de la red.

Intersección y después

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El 96 sale de Constitución, por la calle Salta entre Avenida Brasil y O´Brien. Va derecho por Salta hasta la intersección de Estados Unidos, donde tiene su última parada. Luego hace una cuadra y dobla en 9 de julio. En esa esquina, en Estados Unidos y 9 de julio, no hay parada. Hay un bazar de un lado y una estación de Shell del otro. Siempre se ve gente desesperada, corriendo, cruzando en rojo la avenida, levantando la mano, suplicando que el chofer se apiade de ellos y les abra la puerta. La mayoría de las veces no les abren, los dejan de garpe porque la raza colectivera es miserable y solo dada al respeto de las normas cuando les conviene. Otras veces, las menos, se compadecen y abren la puerta y entonces, los que suben agradecen, conmovidos, por el gesto inesperado.

Las teodiceas de tu corazón – editorial 92

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Vivimos y morimos en sociedades que han banalizado los mitos. Por un lado, los hemos convertido en cuentos de hadas, en narrativas pasadas de moda ante el imperio de un tipo de pensamiento −el racional− que se mira al ombligo cada vez que quiere describir la realidad. Por otro, los hemos asimilado a una masa uniforme de creencias sin ton ni son que pueblan nuestro descontento con occidente y que le buscan un sentido a la vida apelando a cualquier cosa que no huela a modernidad. Otro es aquel que aplica el título de mito a gentes, eventos o cosas que están más allá de nuestra cotidianidad. «El mito viviente», «un momento mítico», etc. Todas ellas formas de degradar lo arcano y numinoso que late en nuestras conductas más mundanas.

“Toda la construcción política moderna necesita un sentido consustancial con el mito”. – Diálogo con el Dr. César Ceriani Cernadas – Andén 92

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Si se sospecha que el mito aún cumple una función en nuestras sociedades, nada mejor que acercarse a quienes hacen de él un objeto de estudio. Por eso, para nuestro número de mitos acudimos a César Ceriani Cernadas, doctor en Antropología, investigador del Conicet, miembro de la cátedra de Antropología Sistemática III de la Universidad de Buenos Aires y especialista en religiones populares y antropología simbólica, quien nos aclara un panorama que, como suele ocurrir, se encuentra empañado por la razón occidental.

Cucurucho

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Estoy sentado en la fila del fondo. A la derecha tengo a una señora que huele a coco y vainilla, como si en lugar de carne y vísceras los dioses la hubiesen fabricado con el cucurucho de los helados. Más allá, un flaco se saca los mocos compulsivamente con la mano. Debe ser buen pibe, va leyendo unas fotocopias de la facultad de sociales con el Anti dühring de Engels.

Olorines

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Rodolfo Kush, un antropologo del carajo, tiene un texto ultra potente sobre el hedor en El Alto, en Bolivia. Cuenta que nuestra sensibilidad blancuzca se escandaliza por la otredad hedienta de los que laburan a destajo para poder vivir y morir bajo la opresión. Tiene razón. Tan acostumbrados a los desodorantes de cuarta y al olor al Plusbelle de manzana la occidentalidad epidérmica olvida que el cuerpo humano despide olores agrios.

Espera modo zen

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Sábado. Madrugada. Noche de los museos. Tuve que laburar. Además es una fecha que me pone de mal humor, cosas de la vida. Y como total ya estoy del ojete los dioses no tienen empacho en dejarme esperando dos horas el 86 mientras me cago de hambre y de frío en Paseo Colón y San Juan. Una vieja dice que llamó a la línea y que le dijeron que había salido uno a la 1:10. Pasó cortado. Dice que sale uno de La Boca a las 2:20. Hace frío. Tengo hambre. Me queda poca batería en el teléfono. La necesito para pedirme un remís, un Uber o un unicornio violeta cuando llegue a Kathan city, si es que llego en algún momento entre hoy y el fin del universo.

Conmemoraciones

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Mientras voy a trabajar un sábado a la noche, a las puteadas y de mal humor, recuerdo que hace exactamente un tiempo, esta fecha pero de un tiempo otro, fui feliz, o casi. La memoria, se ha dicho hasta el cansancio, tiende a mejorar y a elevar gentes y situaciones pero aquella vez la cosa estuvo ahí nomás. O no. Por ahí es mejor decir que fui plenamente feliz aquella noche, como puede serlo cualquiera, a pesar de las dudas y las precariedades, a pesar de la lluvia que nos empapó, y el frío que nos cubrió y el millar de personas que querían ver lo mismo que nosotros y se apiñaban a nuestro alrededor con sus paraguas y sus niños caprichosos pasados de azúcar.

Escritura

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Procastino la escritura porque lo que leo cuando escribo son fantasmas y espacios vacíos repletos de presencias.

Hago otras cosas. Me excuso ante el espejo con aquello del trabajo, con aquello de que hay que cortar el pasto, bañar al perro, aspirar debajo de la alfombra. Me miento con la música al máximo volumen para que ni una coma me traiga a los oídos una voz de mujer, el ruido de un timbre, el ringtone de un teléfono perdido.

Tu noche y la mía

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Hace unos días entrevisté a un Antropólogo para Andén. El tipo hablaba sobre mitos. Contaba que el mito había caído en desgracia con la irrupción de la escritura que permitía revisar el pensamiento, volver a él. En ningún momento lo dice pero el pensamiento mítico estaba vinculado, como lo están los siameses, con los poetas y rapsodas que memorizaban largos pasajes e iban de lugar en lugar llevando su arte que era, a un mismo tiempo, un poco de arte, un poco de religión, un poco de información y filosofía. Los poetas decían que a través de ellos hablaban los dioses. Katogeos, era la palabra para designar el toque del dios. La divinidad los tocaba y ellos eran, por un lapso de tiempo, la voz del dios encarnada. Borges diría, milenios después, que la poesía era superior a la música porque la incluía. Platón los odiaba, a los poetas, porque representaban una forma primitiva de educación. Como si hiciera falta la rima para ayudar a la memoria a recordar las lecciones. Algo de eso hay. Los pibes aprenden en el jardín o en los primeros años del nivel inicial canciones con pretensiones pedagógicas. Cientos de dibujitos animados pueden dar cuenta de eso.

Olor a culo

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Voy sentado atrás de todo. La señora que tengo a mi lado en el bondi tiene olor a culo. Como uno es un prejuicioso de mierda, al principio pensé que era un gordo gigante que viajaba con la mujer. El gordo intentó durante veinte cuadras sacarse la campera sentado pero no pudo.
-Ayúdame, Graciela, no ves que no puedo?- Le dice a una Graciela a la que le importa un choto lo que el gordo le dice. Se bajaron en el km.29.
Sigue el olor.

Golpes

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Es mediodía. Vuelvo en el 86 desde capital. Me senté por obra y gracia de dioses imposibles. Va hasta la manija. A poco de subir a la autopista se detiene. Como ahí arriba no hay parada a todos nos entra la angustia de que le pase algo al bondi y tengamos que esperar otro. Es muy común. Pasa en épocas de crisis o cuando amenazan con sacar los subsidios al transporte. Las empresas no garpan mantenimiento y más temprano que tarde los bondis se quedan. No es algo que a los colectiveros les joda mucho, mientras les paguen. Eso hace que a veces tengas que clavarte en lugares inhóspitos esperando que vengan servicios tan hasta la manija como el que se quedó, que tengan la gentileza de parar, que se copen los de arriba en hacer lugar y que todxs lxs que están abajo, con vos, se comporten con cierta civilidad y no te den un facazo en su afan por subir.

Sayonara

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A cierta altura de la vida todxs podemos decir sin sonrojarnos que afectivamente nos han boleteado alguna que otra vez. Cosas que pasan. Sufrís un tiempo como si te tiraran un carbón hirviendo en mitad del pecho y vivís muriendo y resucitando por obra y gracia de un espíritu no muy santo que para bien y mal no se rinde y te arrastra. Un día, meses, años después, te despertás y ya no duele y lo único que te recuerda esa temporada es una cicatriz cocida con alambre San Martín oxidado.

Derivas mentales cuando el colectivo tarda 40 minutos en aparecer

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Ayer hizo un año que defendí mi tesis y me recibí en una universidad pública después de 20 años de haber terminado el secundario. Pasaron cosas, pasó la vida. Estuvo dificil. En algún momento pensé en agradecer, pensé en hablar de las virtudes de la educación popular. Pensé en hablar de todxs lxs que me ayudaron y facilitaron el camino para ese logro y todo eso. Probablemente en algún momento lo haga. Pero quiero recordar otra cosa. Cuando arranqué el CBC en Merlo en el 2000 tenía un profesor de introducción a la psicología que hablaba, en aquel entonces, de la depresión post título. Por alguna razón el chabón tenía ese mambo y lo compartía con gente que recién arrancaba. Decía que luego de eso venía un tiempo de bajón, que había algo del orden del sentido que desaparecía y que, hasta que uno se las ingeniaba para encontrarse otro, la cosa se ponía rara. Un año después le doy la derecha. Después de ese esfuerzo y esa alegría lo que vino fue, casi casi, el bajón mismo. Y se le sumó la vida tal cual es. Las pocas salidas laborales de un título vinculado a los medios sociales, un trabajo que nada que ver, un país horrible que siempre se va al carajo, ausencias varías, boleteos afectivos, la edad, el primer millón que tarda en concretarse. Nada que no sepamos de la vida.

ensoñaciones de viaje

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Y entonces ella camina hacia mí como si no fuera un sueño. El pasillo es largo, gris. La pintura descascarada se entrecruza con la maraña de cables colgando y las hojas de los potus que salen por las ventanas de los vecinos del piso de arriba. Lleva un vestido corto de tela fina, de colores. Diría que floreado pero sus formas cambian como un rorschach en movimiento. Es pequeña. Lleva el pelo hasta los hombros. Sus labios son rojos, fulminantes de rush. Ríe. Sus dientes son blancos. Si se le presta atención tiene pecas. Tiene un escote generoso que sugiere unos pechos pequeños. La voz aguda. Es de noche. Hace calor. Camina altiva, sabiendo que es su campo de juego, que ella es la que manda.

Mormones II

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Hay cuatro mormones en los últimos asientos de la fila doble. Voy parado junto a ellos. Tres son rubios de ojos celestes y el cuarto tiene más pinta autóctona. Lleva unos anteojos culo de botella gigantes y la cara picada de viruela. Los otros son más bien granujientos y hablan con un acento anglo medio inidentificable. Vienen de Pontevedra Hills, que como todo el mundo sabe es la capital universal de los mormones. Cuando iba al colegio por allá me gustaba cruzarlos porque si los mirás, te saludan. Soy tirando a tímido y me cuesta arrancar la charla por eso admiro a estos pibes que de la nada te saludan, te dan un panfleto del fans club de dios y te dicen que tomar café te manda al averno. Gente más flashera no hay.

Maestrxs

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No puedo jactarme de grandes cosas. No tengo logros significativos. No hice fortuna. No tengo un laburo que me realice como persona. No viajé por las costas lejanas del mundo, ni conocí a grandes personalidades. Nada de eso me pesa mucho que digamos. Lo único de lo que puedo jactarme con orgullo y cierta superioridad moral es de haber leído. Ni siquiera de haber escrito porque, vamos, los que me conocen lo saben, soy un escritor medio pelo. Pero eso sí, soy un lector profesional. Por ahí no un lector actualizado, atento a las novedades. Pero sí un tipo que antes de terminar el secundario había leído mucho, mucho más que la mayoría de sus profesores.