Alguien llora en el colectivo. Se escucha ese respirar entrecortado, esa inhalación de moco y agua salada. No es un bebé con su griterío chillón, siempre a mitad de camino entre la angustia y el berrinche. No es una mujer que llora y a la que el prejuicio machista imagina abandonada, enemistada con su compañero de cama, traicionada por una amiga infiel o recientemente despedida.

El que llora es un hombre. Aproximadamente cuarenta años, alto, morocho. Llueve y el colectivo es nuevo y tiene varios asientos vacíos. Podría estar ubicado en un asiento individual pero está en uno de los dobles, apoyado contra el vidrio. No hay nadie a su lado. No habla por teléfono ni lo hacía cuando subí. No está leyendo. No tiene auriculares. No escribe. Solo está ahí, llorando, abrazando su mochila como quien intenta que algo no se aleje.

Incomoda. Los pasajeros que suben al colectivo no se sientan junto a él. No hay nada más desagradable que el que sufre, así, en tiempo presente. Sentimos una compasión de compromiso con el que sufrió o con el que va a sufrir. O en el mejor de los casos con el que sufre…lejos, pongamoslé una adolescente en Qaraqosh bajo el califato del ISIS, un Qom torturado por la muy kirchnerista policía formoseña. Pero el que sufre aquí y ahora, frente a nosotros, siempre es un impúdico, un pornógrafo del desconsuelo.

A veces pasa. He visto viejas convidar pañuelos descartables. Tipos ofreciendo consuelo interesado a mujeres divinas con las mejillas chorreadas de sombra y colorete. Parejas que al discutir lloraban y se recriminaban hacerse llorar. Madres que lloraban porque sus hijos lloraban. Pude ver el efecto contagio de bebes que comenzaban a lagrimar y automáticamente el resto de los infantes en el colectivo, alejados, sin vínculo alguno con la situación, también lo hacían.

A veces pasa que hay alguien llorando y el evangelista de turno le acerca la palabra del señor, que siempre llega tarde y en forma de un versículo que no tiene una chota que ver. O el mamado que llora su bebida en los hombros de desconocido del asiento más próximo.

Al llegar a Evita City, el tipo va dejando de llorar. Sube un Australipitecus Afarencis disfrazado de división Miami en el segundo cordón del conurbano y se le sienta al lado; por sus auriculares se cuela el sonido de Daddy Yanki, Wishin, o alguno de esos regguetoneros que dicen todo el tiempo “yeh, yeh brother” y “muévelo mamita cosita linda”. En un golpe de realidad el triste se ve obligado a dormirse o a fingir el sueño. En el fondo, se lo merece, porque a veces Mirta Legrand tiene razón: como te ven, te tratan.

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