El invierno se acerca. Un fantasma recorre el mundo. Ha sonado la hora de la espada. Caen los grandes relatos. Hemos exteaviado el criterio. Como si el fin de los tiempos se avecinara en un remolino de significantes vacíos, ocurre, sí, en mitad de la vida cotidiana, cortando en dos las reglas diamantadas con las que el destino cincela los huesos de todo lo que se atreve a vivir.

Estoy en el fondo. Última fila. Allí donde los arcanos de la vejez,la discapacidad y el embarazo no tienen poder alguno desde que el mundo fue vomitado desde las entrañas del dios Mbombo.

De pronto, el sueño húmedo de cualquir jipi estudiante de antropología recién salido del CBC, dos ejemplares de Paranthropus boisei, vivos, un macho y una hembra, cada uno cargando un bebé. Suben a los gritos pidiendo dos asientos. Adelante, nada, porque ser un viejo infame cuya forma es producto de la corrupción de la carne y la decandencia de la mente parece eximir de la obligación de ser buena leche.

Los Paranthropus avanzan. En el medio, nada, el silencio, la quietud, como contemplando la luz cegadora de la revelación. Todos usan gafas oscuras y se hacen los dormidos. Claramente son macristas, quieren un mundo mejor mientras ellos son diarrea al sol del mediodía.

Llegan. La Paranthropus mujer tiene tatuadas las tetas con tinta china. Dice “rolo”, así, en minúsculas. Rolo viene con ella. Carga al otro nene que llora, grita y tira patadas y manotasos. A Rolo y a su chica les faltan varias piezas dentales. Están teñidos de un rubio cenizo. Deben tener con toda la furia veinticinco años. Parecen dinosaurios. Ella no deja nada librado a la imaginación con la pilcha, y él usa una musculosa y unas bermudas. Tengo a un tipo al lado que ante el reclamo del asiento les dice que deberían pedirlo adelante. La respuesta es digna de aparecer en los anales de la lingüística posmoderna: sin usar consonantes dan un mensaje brindando la información requerida. “Aaaaeaeaieoioeaieo”, es decir, allá adelante nadie nos dio el asiento.

Se los damos, estupefactos de que se atrevieran a llevar el saqueo y la expoliación hacia las tierras de la justicia, como si Saurón y las huestes de Mordor llegarán a la Comarca, como si Skeletor invadiera Eternia.

Unas viejas con cara de ver a Rial y Moria por las tardes dicen que no deberíamos darles nada, que la culpa es nuestra porque los mal acostumbramos. El tipo se enfrasca en una discusión. Yo prefiero abstenerme, mi religión me exije andar el menor tiempo posible entre la imbecilidad y ya tengo bastante con las ocho horas de laburo.

Los Paranthropus no se dan por aludidos. Se sientan. Ella, por alguna razón, le grita a él que es un chamuyero. Lo tiene a su lado -él no es sordo- pero igual le grita, porque parece que todo lo importante tiene que decirse al mismo volumen que suena la cumbia en el celular de un ganzo que la puso para no escuchar la secuencia.

Una de las criaturas se pasa el resto de viaje a los gritos, pateando todo lo que tiene a mano. La mujer que viajaba a su lado decide pararse porque no se lo banca más y eso que faltan veinte minutos para llegar. A ninguno de los que vamos parados se nos cruza por la cabeza sentarnos en ese espacio vacío.

Los Paranthropus siguen en su mambo, como si nada.

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