Taconeando

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Constitución. Frío destemplado. Agresivo, húmedo. Poca gente en la calle. Camino ligero. Está oscuro. Las chicas trans semidesnudas que necesitan parar la olla de hoy y todos los días me piropean el tiempo que tardo en recorrer la cuadra. Soy el único que pasa. Me dicen rubio, me dicen lindo, presuponen a los gritos que mi miembro es descomunal. Por un segundo me siento halagado. Después me doy cuenta que quieren comer caliente.

El título sobra

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Resulta que luego de un centenar de días encerrado, en mitad de la cuarentena, en una de sus fases más duras, no hago más que escuchar historias de desconfinamiento a puro pechito gentil. Gente que conozco se jacta de salir, de reunirse, de escaparse para garchar y tomar. Me llega, incluso, la historia de unos conocidos, que salen a comer afuera, en un lugar que abre, secretamente, para que la monada deguste pizzas, tintos, escuche música y baile «pero bajito, para que no salte la ficha». Ok, no se jactan, pero se justifican como si luego de su esfuerzo tuvieran derecho a un «permitido». Capaz que sí, no lo sé. No me voy a poner en vigilante.

Peladito

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Hace más años de los que puedo recordar también fui joven, adolescente más bien. Como todos, ni más piola, ni más boludo que el común de la gente. Algo más dado al drama, quizás. Por eso cuando la otra noche soñé con Casita de Pan, parte de esa época se me vino al filo de la lengua y me dejó ese gusto entre dulce y amargo que tienen los buenos licores vencidos que olvidamos en la alacena y a los que les entramos un trago cuando no hay otra cosa.

Le doute

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Hace unos días hablaba con una amiga psicóloga, El Falo. Le decían así cuando la conocí. Yo la llamo Lisa. Nos conocimos en la empresa de transporte en la que laburábamos. Le gustaba el punk de los ´90, había coqueteando mucho con el reviente de zona sur, con la modas de tajearse las muñecas y con los problemas de alimentación. En algún momento se le alinearon los patos y se acomodó. Se recibió, se puso de novia con un tipo gigantesco y cara de pocos amigos; hizo una promisoria carrera estudiando el autismo, viajó mucho y se consiguió 4 gatos. Dejamos de vernos.

Nada es más cierto que una deuda – Editorial 93

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No hay −acaso no podría haberla− cultura, civilización o pueblo alguno que no se encuentre atravesado de un modo u otro por el concepto de deuda. Las relaciones sociales se fundan en alianzas de reciprocidad, es decir, en una correspondencia mutua de beneficios, en un ida y vuelta de dones y contradones que van atando, engarzando una trama de sociabilidad que constituyen, con sus bemoles, una experiencia común.

Corona

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En el 96 la monada pivotea entre la desconfianza y el me chupa un huevo. Por ahí porque estamos más curtidos que el ciudadano idealizado de TN. A fuerza de sobrevivir al agua contaminada de Kathan city, al paco, a la policía, al cólera, al dengue y al macrismo nos hemos convertido en extremófilos, esos organismos que viven en lugares imposibles donde otro ser vivo caga la fruta al instante. Así que no sorprende que a pesar de la paranoia colectiva arriba del bondi la gente comparta el mate, se tosa a pulmón libre y se bese sin pudor.

Paraguas

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Tengo un paraguas. Tengo un paraguas negro. Tengo un paraguas negro con forma de espada. Sí, de espada, el mango es el de una katana, una espada japonesa de efectividad legendaria. Hoy día la usan para matar zombis y mafiosos en la tele. Es tan realista que tiene habaki, seppa, suba y fuçi, que son partes de la espada solo que las del paraguas son de plástico. Me la regaló una amiga. El hermano labura importando cosas locas de china y supongo que la sacó de ahí. Fue un gran regalo.

Trío

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Llueve. Primero finito y después a cántaros. Voy sentado. Intento dormir. En Kathan city se llena. Delante mío tengo a dos flacas paradas. Hablan fuerte. Una tiene un vozarrón aguardentoso, áspero. Se le nota a la lengua que es mujer de pocas pulgas. La otra es más recatada en el tono. Al principio no abro los ojos. No me importa lo que dicen. Hablan de cualquier cosa hasta que la de voz recatada le dice
-¿Y, boluda? ¿Me vas a contar o no?
-Y sí, boluda. Me re calenté. Hacemos un trío y no me dan un puto gusto. Los mandé a la mierda- dice sin bajar el tono.
Ya no puedo dormir. Paro la oreja. Todos los que estamos a su alrededor hacemos lo mismo.

Love is in the air – San Valentin 2

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Venus araña la treintena. Nació en zona norte. Su mamá murió cuando ella tenía 8 o 9 años. Su hermano adolescente y una tía la criaron. El padre se borró. Vivió una adolescencia ni más triste ni más alegre que la de otros, aunque supongo que algo de eso le hizo mella. Luego falleció su tía que le dejó unas propiedades y se fue a vivir a capital. Fue productora de radio y televisión. Ahora tiene un master en comunicación corporativa y labura en el Ministerio de Salud.

Pitito

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Viernes. Noche. Consti. Entro a la estación y rumbeo para el baño porque me recontra pillo. Apenas entro veo la imagen. Un coloqueti de musculosa está con pantalones y calzones hasta los pies. En pocas palabras, está en pija. En mitad del pasillo que separa los mingitorios de los inodoros. Tiene cara de que las cosas no le funcionan muy bien de los ojos para adentro. Intenta hacer que el chorro de meada de contra la pared desde una distancia improbable. En un tiro salpica a uno que está al lado. Empieza el griterío.

Noche ardiente

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Son las 8 y media de la noche. La autopista está cortada a la altura del bajo flores. La monada tiene calor, le cortaron la luz y está enojada. El bondi da 300 vueltas por los barrios aledaños tratando de pegar una salida. El chofer, poco dado a los detalles, hace cajeta mal un auto en una esquina. Mal, mal. Tanto los pasajeros como los que están abajo le avisan pero le chupa un huevo. No para. Sigue pisteando. El del auto nos sigue como enajenado tocando bocina durante 50 cuadras. Quiere que el chofer pare para tomarle los datos pero la gente del bondi le insiste que no, que no pare, que el del auto se cague, que quieren llegar a casa y tienen calor. La monada saca el balero por la ventanilla y amenaza de muerte al del auto. Uno, incluso, le muestra al del auto una faca de carnicero tan larga como mi brazo.