Dice Sábato en algún lugar que la poesía, o el tango, solo tratan sobre el tiempo y lo irreparable. Tiene razón. Pero le sobran palabras. El tiempo y lo irreparable son lo mismo, como el alma y el cuerpo o como el aire y la luz, son distintos pero indistinguibles el uno sin el otro.

Será por eso que ante las efemérides y los onomásticos, que ante las conmemoraciones, los cumpleaños, las bodas y los velatorios nos encontramos rumiando el bolo de una nostalgia incómoda, desubicada. Cae la ficha, dicen; que en el mismo momento en que el hito es reconocido como tal, dicen, llegan también las ausencias, los lugares vacíos en la mesa, la imagen mental de salones y barrios que ya no son ni tienen la consistencia medio pelo de la realidad. Llega la nostalgia de lo que aún no es, su temor, el abandono del amor que no se ha ido, el cadáver putrefacto de nuestros padres aun envejeciendo. El tiempo y lo irreparable. Con ellos, o entre ellos, por supuesto, también lo inevitable.

Porque solo el suicida puede detener el tiempo y retirarse de este ejercicio siniestro de vivir con la convicción de que el juego termina en sus términos sin continuidad posible. Al resto se nos depara una sucesión de imágenes, de cuadros y escenas que evocamos, a veces sin quererlo, como el ahogado que da manotazos en el agua tratando de llenar los pulmones con una bocanada más de smog y olor a limón y a trapo de piso del subte línea A. Porque la memoria, como la nostalgia, también goza con su impertinencia, entonces sucede, porque sí, porque le pinta, porque se le canta el quinto forro de las pelotas aguijonearnos el pecho mientras hacemos lo posible por llegar a fin de mes, por arreglar el calefón. Porque sin misericordia alguna, mientras cosemos las medias compradas por docena en el once para abaratar los costos, viene un olor, una melodía que le saca el tapón a la pelopincho del alma y el fondo se nos inunda con el verdín del llanto.

Porque un adolescente con programa de cable o radio online dice que es la hora de los clásicos y pone una canción que venía en un casete al que fuimos a comprar cuando salió y para el que tuvimos que hacer la cola porque todos lo querían. Esos todos, hoy, ya son grandes, como uno, y ya no hacen cola por sus discos preferidos, sino que hacen dos horas de cola para llevar a sus hijos al teatro a ver al muñeco de turno o se fuman una comedia romántica solo para darle el gusto a la compañía erótica de turno porque los aguijonea el miedo a envejecer solos, masturbarse a lo pavote y que no les alcance para el alquiler.

Y entonces el tiempo y lo irreparable nos pasan factura cuando lloran los nenes y hay que levantarse para consolarlos a la misma hora que salíamos antes a comprar merca y el mundo era un lugar igual de horrible y nefasto, pero teníamos el músculo nuevo de la juventud para pegarle y ponerlo en su lugar, y escupirlo y orinarlo, y darle puntapiés en la cabeza mientras estaba caído. Y sin embargo el mundo, chúcaro y mal bicho, ahí, en el suelo, no se dolía, no se rendía ante el titánico poder de la yihad adolescente. Nada de eso. Sonreía. Esperaba. Tejía su telaraña de tiempo y decepciones, de renuncias y resignaciones de múltiples tamaños y formas que acaban una y otra y otra vez por volverse un edredón de noches a la intemperie. Y se vuelve poesía y tiempo y tango y el fundamento mismo de la catástrofe de lo irreparable cuyo sentido del humor es absurdo, negro y nos tiene de punto.

Y entonces, si de eso se trata, si los fragmentos hechos añicos del florero que fuimos no pueden ser pegados ni con la gotita, ni la esperanza ni el más puro y condescendiente amor; entonces, alguien pone en su estéreo una canción como Laura No está, y recordamos que se publicó en septiembre del 1997 y que hace unos meses se cumplieron dos décadas que terminamos el secundario, y que nuestros amigos tienen hijos que fuman porro y cogen en orgías y el que se apretaba a la chica que nos gustaba ahora es gordo y pelado y gerente en un frigorífico. Suena esa canción de amor desgarrado en la que un tipo le dice a la mina de turno que se la garcha pensando en otra que lo dejó y el tiempo se vuelve una calesita que da vueltas sobre lo mismo y entonces, sí, otra vez, entonces, las imágenes vívidas del ayer más remoto, se afincan junto a la memoria de los amigos a los que ya no se ve, de las amantes y novias que no están, todo sazonado con el fino colchón de las hierbas del terror de haber cumplido pocos de los delirantes sueños que teníamos cuando la mayor de las preocupaciones era el acné.

Sí, Laura no está. Un re bajón.

  1. Cesar
    Ene 05, 2019

    Busquemos a Laura. Es más fácil e interesante que pegar con la gotita.

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