No nos detenemos a pensar lo que significa extrañar a alguien. Solemos vivir la vida con sus idas y vueltas y dejamos el extrañamiento por lxs otros para momentos límites tales como la muerte o el umbral de algún adiós prolongado. Luego nos acostumbramos y, con más o menos lentitud, volvemos a la cotidianidad en donde los otros, los idos, los partidos en su viaje, cualquiera sea, ya no cumplen el rol protagonista de nuestro extrañamiento. La vida misma sería un ejercicio más insoportable de lo que ya es si no pudiéramos abstraernos la mayor parte del tiempo de esos fantasmas evocadores. Su presencia constante es síntoma de locura. Su irrupción eventual, por incómoda que sea, acaso un signo de la cordura frágil para la que somos entrenados entre sudores y lágrimas.

La vida diaria, el transcurrir de las horas y de pronto el orden de las cosas dispara la evocación de una presencia pasada, pretérita, de un fantasma que vale por la ausencia y el vacío que denota. Ahí había alguien que ya no está. Alguien que, entre todos los otros seres, era para nosotros una suerte de referencia sobre el orden del mundo. El otro como dato, como hito, como baliza y faro de los límites de nuestras geografías privadas. El otro como señalador del paso del tiempo, como el tic-tac de los antiguos relojes que no dejaban dormir en las noches. Y luego, sin ellos, el silencio extraño al cual acostumbrarse, las madrugadas malgastadas en diapositivas que van perdiendo su color y a las que la memoria rellena con ficciones para no descubrir aterrorizada que a veces ya no nos quedan imágenes para poblar ese sentimiento; que el rostro tan querido que evocamos, ya no nos es familiar.

Extrañar es una de las formas de la incomodidad ante la ausencia. Una de las tantas caretas con las que el dios tiempo nos recuerda que nada se le chispotea y que, por las noches siempre estará su aroma al apoyar la cabeza en lo que la fortuna nos depare como almohada.

Extrañamos porque el tiempo pasó, porque el café ya no huele igual, porque aquellos libros ya no dicen lo que decían sino que ahora dicen otras cosas sin decir nada distinto. Extrañamos porque los otros dejan marcas en la carne, hendiduras, pistas de su paso por el mundo en nosotros; en nuestros hábitos, en nuestros gustos, en nuestros odios. Extrañamos con nombre y apellido aunque vayan perdiendo su identidad. Extrañamos porque no podemos evitar darle nombre a las cosas que impactan contra nuestros sentidos. Por eso tenemos cementerios de todo tipo, terrenos baldíos en donde nos permitimos dolernos de la ausencia y golpear la tierra y clamar a los cielos sin que por ello se piense que hemos perdido el decoro. Cementerios reales, con cuota mensual de nicho. Cementerios simbólicos, como el nombre de los gatos, como ciertos regalos que hicieron e hicimos, como ciertas canciones a las que volvemos solo para que el extrañar tenga una banda sonora adecuada. Cementerios fotográficos, amarillentos y d´modé. Digitales, perfiles de redes sociales en donde vemos a los otros buscar la felicidad un paso más allá de nuestro alcance.

Extrañar es un fenómeno de umbrales y postrimerías. Extrañan los niños en su indefensión los brazos que les dan seguridad. Extrañan los viejos cuando es el recuerdo lo único que les queda ante la liquidez de su presente. El resto solo experimenta resabios y preanuncios de esas dos etapas. Y cuando eso pasa se da a excesos de todo tipo para que esos fantasmas inoportunos ya no jodan. Trabaja a más no poder, medita para controlar la aparición de callejones sin salida de su propia mente, se droga, bebe, reza, garcha por garchar esperando que ese otro cuerpo sepulte con su perfume aromas más antiguos. Pero es inútil. Como dijo el poeta «no olvida quien finge olvidos, sino quien puede olvidar».