El recuerdo de la tristeza es triste, pero el recuerdo de la dicha también lo es. En eso pienso mientras espero el bondi y el frio me fractura los huesos. Pienso que hace un tiempo galopaba ciertas noches para estrellarme en unos labios borrachos, y caminaba junto a ellos por una ciudad gris que cambiaba de color bajo nuestros pasos. Un trago exótico, un beso. Una luminaria en la avenida, un beso. Una noche gélida entibiada con abrazos y estufas de dos mangos. ¿Un año? ¿Dos? ¿Tres? ¿Tiene importancia que las fechas se sucedan sin pausa si al final no hay una sola foto que testifique que en este vacío que se macera en la boca hubo una saliva dulce y fiera? No. No lo tiene.

Los barrios del mundo desde ese momento hasta hoy son una niebla que se palpa sin guantes, que se atravieza sin bufandas. Toda la música que queda es el aullido de los perros, la queja hambrienta de los gatos. Y el frío, entonces, es la única frasada que nos cubre de la ausencia de la dicha. Afortunadamente también espanta a la tristeza. No hay espacio para tanto en la noche cruda de las venas.