Musicalizaciones

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Desde el año ’94 tengo en claro que la única razón por la que no voy preso por asesinato es que siempre tengo música a mano. De otro modo viajar en el conurbano haría de un apocalípsis zombi un cumpleaños en un pelotero. Con un viejo walkman Aiwa y unos auriculares de quinta categoría viajaba colgado del estribo del bondi desde Kathan city a Pontevedra, en invierno. Te cagabas de frío, la parías a lo Indiana Jones y el colectivero hijo de puta te trataba de irresponsable cuando era él el que cerraba la puerta con cinco pibes colgados queriendo llegar al colegio. Menemismo puro.

Tullido

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Paseo Colón y San Juan. Tres y cuarto de la tarde. Espero el 159BG a Bernal. La parada estalla. De un colectivo baja un pibe medio cascoteado de jeta, con muleta. Le falta una gamba. Por lo general los amputados tienen una parte del pantalón cortado o recogido o algo así. Este no. Le falta una gamba y la pierna del pantalón le cuelga y como hay viento se le mueve como un banderín de la costa. Cuando está por subir al cordón se pone a putear a un vendedor ambulante. El vendedor se le viene al humo.

Rememoraciones

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Uno puede extrañar muchas cosas, amores idos a medio parir, lugares del tiempo y el espacio en donde la felicidad nos dio una probadita de su cocaína mentirosa, perfumes que disparan un inside lloroso y maricón. Puede, incluso sentirse tentado a extrañar ciertas formas del dolor y el sufrimiento que uno se fumaba porque sarna con gusto no pica. Pero hay cosas que no pueden extrañarse ni aunque se trastoquen las leyes más elementales de la física. Gentes, lugares, situaciones que duelen incluso en plan de rememoración sadomasoquista. Una de esas cosas es, claramente, Constitución.

Vomitito

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Miércoles de marzo. Siete de la tarde. Calor. Humedad. Me siento mal desde la mañana cuando mientras estoy sentado detrás de todo, el chófer abre las puertas para que suban todos los que quieran. Tengo que darle el asiento a una chica enana que va con su hijo en brazos porque todos están dormidos. Hubiese hecho lo mismo pero me engancharon cambiando de canción en el celular. Mala mía. El sol me da en la jeta todo el viaje y siento el resurgir de los fideos medio crudos que me comí anoche.

Pájaros

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Llego a Bariloche. Espero el bondi 72. Estoy quinto. Tarda una hora en aparecer. Cuando llega la montonera se caga en la fila. No voy a ponerme a discutir. Subo casi último. Compruebo con sorpresa que Martínez Estrada tenía razón cuando escribía en Radiografía de la pampa que la inmensidad volvía salvajes a los hombres porque los que me zarpan el lugar son unos noruegos que en Noruega son hiper civilizados pero acá se comportan como cualquier infradotado del conurbano. El bondi, como no podía ser de otra manera, va hasta las pelotas o no tanto pero el quilombo de bolsos hace que no entre un alfiler. Quedo justo junto a una nena que no para nunca de hablar. Nunca pone punto a parte a su discurso. Habla y habla sin pausas y no por eso sin aflojarle a la prisa.

Norma

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El chófer hace señas. Pueden subir dos. Subimos diez. Voy fundido contra el vidrio de la puerta. Casi lo dejó ir pero en la parada había una veintena de personas y un ambiente de que la espera era para largo. Mala mía, en lo que tardamos en acomodar a la monada cae otro 96 semirrápido vacío donde se puede correr, jugar al paddle y dormir cómodo. Encima, tiene aire, la concha de dios.

Veranito

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Los veranos son una cagada. Siempre la paso mal. Desde chico. Como siempre fui un antisocial o como se dice ahora, un pibe con dificultades para entablar vínculos, mis únicos contactos con el resto de la humanidad se basaban en la obligatoriedad de compartir 4 o 5 horas diarias con mis compañeros de escuela. Entonces, en las vacaciones de verano, cuando ellos ya no tenían por qué soportarme, no veía a nadie. Leía como un enajenado bajo el calor impiadoso de un sol desatado.

Mostro

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Línea 86, semirrápido por ruta 3. Me subo en Diagonal sur. Todos los asientos piolas ocupados. Previendo la subida de embarazadas, viejos y discapacitados me voy para el fondo, a un asiento de los de atrás de todo, junto al asiento del boludo, ese que está justo justo en el medio y que si frena de golpe salís disparado hacia adelante porque no tenés de dónde agarrarte. Por supuesto que, a diferencia de otras líneas más recoletas como el 12 o el 141, el 86 no tiene aire, así que sentarse donde lo hago es soportar el calor abrazador del motor contra la espalda.

Parque

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En una época de incipiente adolescencia se me dio por los cómics. Eran caros aunque fuera el uno a uno menemista. Mi abuelo me llevaba a comprarlos a una casa de venta de Revistas usadas en Mataderos que se llamaba Novelas Alberdi, un local que ya era viejo cuando amasijaron al pibe cabeza en una curtiembre de la zona. Con el tiempo el local también fue kiosco, luego solo kiosko y luego solo olvido.

Mormones

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Después de una semana de no ir a trabajar voy a la parada y al llegar los veo, están ahí. Dos mormones. Uno le muestra una estampida de cristo a una vieja que está sentada. Le habla en un spanglish bastante envidiable. Debe tener unos 18 años como mucho, si los tiene. Parece importado de los fiordos de Noruega, cara de bueno, ojos azules, voluntad de hincha pelotas. La vieja, en plan de sacárselo de encima, le dice con una amabilidad hastiada que lee la biblia y que cree en lo que hay que creer como si aquello en lo que hay que creer fuera algo en lo que todos creyeramos. Pero en fin, siguen en su mambo.