La circularidad del tiempo 1 – Beso

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Barrio del Once. 12 de la noche. Espero el 86. El vaso de cerveza que tomé me cayó mal, como es costumbre desde que la juventud me dejó por otro. Bueno, mal lo que se dice mal, no. Me pegó triste, melancólico, nocturnal. Me pegó con una serie interminable de pequeños fotogramas, clips de segundos con caras y besos de otra edad del mundo, tan pero tan lejana que se borran en la irrealidad de la alucinación y el sueño. Y entonces lo que veo se calca sobre un recuerdo.

Pocho y la arpía

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Lo de siempre, Pocho no se llamaba Pocho y la Arpía no se llamaba, obviamente, Arpía. A los dos los conocí en el aeropuerto, mi primer trabajo en blanco, legal y semi esclavista. Pocho era un pibe de buena posición económica que coqueteaba con el guevarismo pero fue fiscal por el partido de Rodríguez Sara en las elecciones de 2003. Hoy es recontra trosko. Llegó a docente después de hacer un curso de panadero. Un campeón. Era un pibe simple. Simple de gustos, de ideas, de aspiraciones. Una actitud despreocupada de la vida que lo convertía en un imán para las mejores minas. No es que fuera particularmente agraciado pero la Arpía solía contarme que su miembro era una cosa monstruosa y descomunal. Los amantes suelen exagerar las virtudes de sus partenaires, es cierto, pero ella no era generosa con los halagos y además tenía un historial de muñecos volteados que era admirable.

Roxana

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Subo al colectivo y al sentarme me llega un aroma. Es un perfume. Una mezcla de tilo y naranja. Es un shifter, un embrague, un disparador a otra edad del mundo. Al igual que ciertas canciones y sabores, una fragancia también puede pinchar la memoria para que se filtren recuerdos. La nostalgia se alimenta de eso, de fragmentos perdidos y de años. Aguarda que la cosa más nimia dispare un inside para mordernos la memoria. De pronto, la película. Una plaza, sol, primavera. Una adolescente rubia, de ojos verdosos. Sus labios rosas, su pelo lacio enrulado en las puntas. Pantalón de gimnasia, remera blanca.

Pókemon

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Pókemon se llama a en realidad Sebastián. Se parecía a Cuauhtémoc Cárdenas, un jugador de fútbol mexicano pero como yo no lo conocía le decía así, Pókemon. A fuerza de insistir, le quedó. Laburábamos juntos en el estacionamiento del aeropuerto de Ezeiza. Pókemon era como todos los que laburábamos ahí, joven, tirando a pobre, medio fulero pero con toda la onda. Le gustaba el rock independiente y las drogas livianas, duras y todas las del medio. Venía de una familia sin padre. Vivía con su mamá y su hermana. Cuando podía se hacía el boludo y no laburaba. También se iba de gira y no volvía a su casa por una semana. Tenía una vida dura de la que trataba de evadirse con lo que tenía a mano tal y como hacíamos todos los esclavos del sector 7G que convivíamos en ese antro infecto, desalmado y multinacional donde en la etapa final del uno a uno conseguías drogas de cualquier lugar del mundo a cualquier hora. Y si no la conseguías, llamabas a la policía aeronáutica y te la llevaban a tu puesto de trabajo.

Marcelita y Pepe

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Hace mucho, mucho tiempo, cuando un dolar era un peso, Lanata era bueno y Cristina menemista, estaba el secundario. Era como una fiesta larga y aburrida de cinco años que se ponía buena al final. Ahí estaba ella, Marcelita. Colorada, pecosa, brillante, que hablaba hasta por los codos y de una simpatía que, dicen los que saben, aun conserva. Era tan linda que se daba el lujo que ninguna mujer debería negarse, salía con los tipos que le gustaban. Nunca le faltaba novio. No les era infiel pero los cambiaba con cierta regularidad. Algunos prestábamos atención para encontrarla en un impasse y probar suerte pero la suerte no tiene miramientos con nadie, menos con aquellos que, teniendo 17 años, solían pasar sus tardes mirando los caballeros del zodíaco.

Últimas orillas del desierto

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¿Dónde estabas esa noche? En medio de la embriaguez del humo y del alcohol sólo podía ver tu cara riéndose frente a la mía. Tus ojos verdes lúbricos y luminosos mirándome y riendo. Sentada sobre mí en la cocina, helándonos y frotándonos el frío en la piel del otro. Abrazándonos, buscándonos perdidos en el cuerpo del otro dejando atrás un rastro de besos gastados.