Postales de Luismi

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Hace muchos, muchos años, antes de los celulares, Spotify y el kirchnerismo de Nestor y Alberto fui Dj. Bueno, lo que se Dj, Dj, no. El Dj era mi tío. Yo era plomo. No plomo de denso y aburrido, que también lo era, sino plomo como los plomos de las bandas. Cargaba bafles, parlantes, luces, cables. Armaba y desarmaba. Cada tanto me dejaban pasar unos temas pero no hubo caso, nunca prendí. Lo hacía porque no tenía un mango y me pagaban. En los 90 eso era la gloria.

Mochi

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No era amigo de Mochi, era de otro curso. En realidad se llamaba Alejandro Villegas pero no creo que nadie lo recuerde así. Solo Mochi. Era su marca. No me caía muy bien. Era amigo de mi amigo, David. Había repetido una o dos veces, me parece. Tenía, pues, más o menos nuestra edad. Petiso, retacón. Era desenvuelto, medio fulero pero entrador. Tenía una voz nasal y una colita en el pelo que le quedaba como el orto pero en esa época era un imán para las chicas.

bucle

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Hace muchos, muchísimos años, cuando tenía fe en lo transmundano y lo militaba, algunos de los hermanos de la comunidad de La Salle solían decir que, así como uno pensaba fuerte en la persona que le gustaba, tenía que pensar en Dios. Era una suerte de práctica mística, como el OM de las religiones dhármicas, pero en silencio. Los judios, por ejemplo, se mueven rítmicamente al rezar, ya que el alma es una candela de dios como se sugiere en el libro de los Proverbios. Ese movimiento, como el de una llama, reconcentra el pensamiento según ellos. También lo hacen los Sufíes, una rama mística del Islam, quienes bailan dándo vueltas hasta el trance.

Charly

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Una compañera de trabajo entra en la oficina para despedirse. Cuando se está por ir, por alguna razón nos ponemos a divagar sobre el sentido de la existencia. Ella dice que los que lo tienen se mienten, que no lo hay, que lo que tienen es un sentido autoimpuesto. Está a un paso de decir que el sentido de la existencia es un constructo pero como es una científica especializada en áreas recontra duras no lo hace porque mientras 2+2 sea 4 supongo que para ella el universo sigue funcionando. Acuerdo con eso del constructo pero no puedo evitar sentir una profunda envidia por los que se mienten de tal manera que ven verdad e iluminación allí donde a mi juicio no hay sino vacío, niebla, incertidumbre.

¿Quién?

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¿Quién te va a llamar si todos llevan una sonrisa en su cara? ¿Quién te va a llamar si hasta el canto libre de los barriletes te tiñe la mirada de agua? ¿Quién recordará tu nombre para celebrar el vino y se dolerá de tu ausencia cuando ya no ocupes lugar alguno en mesa alguna? ¿Quién leerá lo que escribiste y mirará lo que pintaste y pensará en lo que pensaste cuando al fin logres el cometido de tus actos y te vuelvas mudo, piedra, tierra y circunstancia?

Rareza

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Supongo que a la mayoría nos sorprenden esas amistades que se sostienen a pesar del tiempo y la distancia. Las aplaudimos y las celebramos. Amigxs a lxs que vemos muy muy de vez en cuando y de los que tenemos pocas noticias, incluso en estos tiempos de redes e instantaneidad, y que sin embargo, al reencontrarlos, parece como si la distancia y el tiempo no las hubiesen mellado. Pasa también con ciertos amores profundamente pasionales, o aquellos gentilmente calmos. Perdemos el contacto y al retomarlo la pasión o la calma están ahí como característica inalienable de ese vínculo. Es raro, rarísimo ese fenómeno. No nos pasa muy seguido y probablemente en el transcurso de toda una vida pase dos, a lo sumo tres veces. Hay a quienes no les pasará nunca.

la gente cree cualquier cosa

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Desde hace unos años me tomo el trabajo de contar lo que veo en mis viajes diarios, en tren, en bondi, subte. Al menos lo más curioso,o lo triste, o lo extraño. No busco espejar la realidad. Tampoco podría. Le tiro un poco de belleza para hacerlo más ameno pero lo básico ocurre y ya. Nunca hay que olvidar el dogma primero del periodismo lanatista: que la verdad no te prive de una buena historia.

La inutilidad de la palabra

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Desde hace un tiempo me ronda la sospecha que el ejercicio de la palabra es un acto inútil. Sospecha complicada para alguien que -con sus bemoles- se dedica a la comunicación y sus orillas (sobre todo sus orillas).

Es una sospecha pesimista. Es una duda oscura porque atenta contra la idea de cambio posible, contra la esperanza. Pero es una duda que una vez que muerde no suelta porque la realidad -ese constructo -esta ahí, para demostrar que nada de lo que decimos hace que la dinámica de las cosas sea distinta. Cambia lo que tiene que cambiar a fuerza de martillo, de golpe, de cuerpo pero no de palabras.

Exilio II

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Denise Risnik es científica. Posta, de las de laboratorio. Explicar puntualmente lo que hace y estudia sin ser del palo exigiría al menos un cuatrimestre repasando todo lo que sabemos de química y biología; y solo nos acercaríamos a lo que hace a través de metáforas, como si fueramos todxs un poco tarados. Vamos a decir que estudia un cáncer que solo afecta a los niños, o algo así. Algo super útil, tremendamente humano, algo que evitaría que la gente sufra. Pero Denise se tiene que ir a hacer lo que hace a la universidad de Pittsburgh porque acá lo que hace no tiene salida laboral en el sector privado y al Estado Argentino no le importa porque está enfrascado en dilapidar los recursos humanos que tanto le costó formar. Tan sencillo como eso.

Pobre

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Me di cuenta que era pobre cuando entré a la universidad. Siempre pensé que era un privilegiado porque, a diferencia de gente con la que trataba, comía todos los días. Incluso cuando laburaba por dos mangos en el aeropuerto de Ezeiza lo seguía pensando. Pero cuando arranqué la vida universitaria me cayó la ficha. Cursaba de mañana. Me acostaba a la una de la madrugada cuando llegaba del trabajo. Me levantaba a las cinco y media. Llegaba destruido a clases y lxs chicxs estaban a pleno de noches de joda o perfectamente pulcros. Total, se clavaban luego una siestonga. Ni hablar cuando fui alumno en la universidad de Morón y ni hablar cuando cursé filosofía en la UBA. Ahí me codié con la aristocracia más patricia del país. Gentes que podían dedicar su vida entera a la lectura de los autores más complejos. Y si tenían dudas iban y se pagaban un curso de alemán y si seguían teniéndolas iban y contrataban al último alumno vivo de Kant para que les explicará. Iban a clase con todo leído dos veces. Yo cursé 4 veces la misma materia y me sigo preguntando por qué hay infinitos más largos que otros. Ellxs tomaban café en Sócrates, el bar coqueto de Pedro Goyena y Puán. Yo le compraba café radiactivo a una viejita en el segundo piso de la facultad.

Zona

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La noción de zona de confort es de una enorme injusticia. La usan quienes exigen un cambio de lxs otrxs pero rara vez la usan contra sí mismxs. Quienes desean un cambio, quienes gustan mudar de piel, de rutinas e identidades, solo cambian, sin teorías.

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La zona de confort, como idea, pretende atacar al hábito, a la rutina, a la costumbre. No justisprecia como es debido la importancia de éstas cosas. El hábito, la rutina y la costumbre son hitos, operan como indicadores de la regularidad que desborda la vida social. Es cierto que en el mundo postindustrial de occidente la rutina es asfixiante, aburrida en su vorágine. Pero incluso el pobre diablo que vive en Centinel del Norte tiene sus propias rutinas y hábitos y costumbres. Si no las tuviésemos moriríamos. Somos animales de costumbres. Lo sabe cualquiera que haya leído el capítulo 21 de El Principito, ese en el que el zorro le explica a ese torpe aristócrata intergaláctico con aspiraciones hippies, que unx es responsable por las rutinas y costumbres que genera, le gusten o no.

Nenita II

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Subo al Roca. Me duermo. Tengo un sueño. Misma nenita del sueño de hace unas semanas. Escenario: La casa de una ex que no es exactamente ex porque no llegamos a ser algo con nombre identificable pero que ahora es ex porque la vida es como es. Así que para simplicar le digo ex? Bueno, la misma nenita, la misma casa. Mi ex? No está o no aparece, no sé. De última menos mal porque siento que si estuviera me cagaría a pedos. No ella sino su yo de mis sueños.

Nenita

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Secuencia de fiebre alta. Duermo como el culo. Sueño cosas. En realidad sueño varias cosas pero solo recuerdo secuencias con una ex. ¿ex? Bueno, ex, lo que se dice ex, no. Ex, es, pero no ex novia. Hubiese estado bueno pero la vida es como es. La cosa es que mientras vuelo de fiebre sueño que estoy en su casa. En su baño. Estoy duchando a una nenita de unos dos o tres años que no se deja lavar la cabeza y no para de gritar y reírse.

Dengue

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En cama desde el sábado pasado. Fiebre alta, dolor de articulaciones, nauseas, dolor de cabeza, desgano, dolor de garganta. Me quedo en cama. Me tomo cualquier porquería con forma de pastilla porque seguro no es más que una gripe barata. Me banco el dolor de cintura de tanto estar acostado porque otra no me queda. Llega el lunes, sigo sientiéndome mal. No voy a laburar. Ese día no la paso tan mal pero a la noche la tengo que parir. Mi vieja llama al médico de la obra social. Viene como a las dos horas, rápido teniendo en cuenta que vivo donde vivo.

Sobre la adultez (algunas anécdotas, una introducción muy pedante aunque no era la idea y un final horrible pero me encabroné y me fui).

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Al final de cuentas la adultez es una enorme decepción. Si hacemos números, nos preparan una veintena de años para ser adultos porque si tenemos suerte nos pasamos la mayoría de la vida siéndolo. Sin embargo, le ponen tanto empeño en predicarla que cuando llega no puede ser sino como una caja vacía sin regalo dentro.

Más allá de la juventudes extendidas que pueblan la reflexión psico y sociológica de los últimos tiempos -certera en algún punto- el culto a la adultez puebla los discursos más variados. Se espera que luego de cierta cantidad de tiempo uno se comporte de determinada manera, piense, sienta, sufra y ame «como un adulto» o como lo requiera la imagen idealizada de la adultez que cada cultura se arma en función de sus necesidades históricas, económicas, sociales, etc, etc.

Extrañar

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No nos detenemos a pensar lo que significa extrañar a alguien. Solemos vivir la vida con sus idas y vueltas y dejamos el extrañamiento por lxs otros para momentos límites tales como la muerte o el umbral de algún adiós prolongado. Luego nos acostumbramos y, con más o menos lentitud, volvemos a la cotidianidad en donde los otros, los idos, los partidos en su viaje, cualquiera sea, ya no cumplen el rol protagonista de nuestro extrañamiento. La vida misma sería un ejercicio más insoportable de lo que ya es si no pudiéramos abstraernos la mayor parte del tiempo de esos fantasmas evocadores. Su presencia constante es síntoma de locura. Su irrupción eventual, por incómoda que sea, acaso un signo de la cordura frágil para la que somos entrenados entre sudores y lágrimas.

Exilio

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Mi amiga Virginia se va del país. Se hinchó los ovarios. Tiene 33 años. Sobrevivió al menemismo. Sobrevivió a De la Rua. Sobrevivió a Duhalde. Sobrevivió al kirchnerismo. Pero con Macri se cansó. Si fueran solo ella y su marido, se queda en la trinchera. Pero ahora tiene una hija. Se van. Ella, su marido y su hija. No se va con una mano atrás y otra adelante, pero se va. Vende todo, deja todo. Deja a sus amigos, deja los laburos que tenía y con los que no llegaba a fin de mes. Deja a sus parientes, los lugares de su infancia, el recuerdo de sus amores y dichas que son, al fin y al cabo, lo que constituye nuestros amores y dichas presentes. Deja este país porque se cansó de todo.

La circularidad del tiempo 3 – confort

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Parada. Dos tipos, como de mi edad. Uno está taciturno, extraviado, con la mirada medio perdida, medio clavada en las palmeras podridas del refugio. Le habla al otro sin mirarlo. Contándole o contándose. Le dice -Me dejó. Es cierto que yo no me puse las pilas, pero no la cagué. Estábamos bien. Nunca me pidió nada. Yo nunca le pedí nada. Conoció a un pibe. Anduvo un tiempo con él al mismo tiempo que conmigo. Parece que el pibe apretó el acelerador y ella tuvo que elegir. Me lo dijo de frente. Una divina. ¿Qué le iba a decir, que se quedara conmigo?

Pecadorxs

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Los pecadores me cuentan cosas. Al parecer en algún momento de la vida desarrollé el talento de una escucha que otros asumen cómplice. Vienen y tarde o temprano vuelcan en palabras sus trapizondas, sus agachadas, sus infidelidades y pequeñas y grandes deslealtades. A veces ni falta hace, les saco la ficha y se dan cuenta. Me lo ven en la mirada. Criminales de la moral cotidiana se sientan frente a mí y narran.