Un tiempo

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Hace algún tiempo quise alguien mucho o si no mucho, como me salió quererla. La quise bien, que es lo mismo que decir que la quise sin subterfugios, sin esas caretas que a veces usamos para parecer mejores ante los ojos de la gente. Compartimos noches y no todas esas noches estuvieron cargadas de épica pero fueron deseadas y apreciadas. Algunas de ellas, incluso, podrían ser cantadas por cualquier rapsoda en cualquier lugar del mundo porque la dicha de la carne, perra, libre y en bruto no se somete a la historia ni a las mañas. Algunas otras, más calmas, fueron como el momento en el que alguien cualquiera se saca los zapatos y pisa el pasto de la mañana con los pies desnudos. Una mañana de madrugada, en lo oscuro de la noche. Un despertar sin estridencias antes de irse a dormir.

Tiempo muerto

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El tiempo muerto. Eso es lo peor del bondi. Cuando vas amontonado a cuatro decenas de personas y no podés leer, porque no hay margen para dar vuelta la página, ni boludear con el teléfono por cagazo a que te lo afanen. Cuando no podés escuchar música porque el colectivero o los otros pasajeros se pasan de rosca con lo que escuchan y entonces invaden tu espacio personal sonoro por más que intentes defenderte con tus auriculares vomitando Death metal a toda castaña. O hay tanta gente apilada que no podés cambiar la canción y te fumás entero el disco de Lali sin poder hacer nada.

Tácticas y estrategias

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Las tácticas y estrategias de la guerra y de la vida no se me dan bien. La pifio seguido, por pancho, por perezoso. Mi ex sabe de eso un kilo y dos pancitos.

Por eso ni bien gano un asiento en el bondi me doy cuenta que la cagué. Cambié un lugar seguro, parado pero apoyado con comodidad en un caño del no man’s land de la puerta por un asiento mullido, es cierto, pero rodeado de gente que no daría un asiento ni aunque la torturan a pulso de picana. Si sube una embarazada de octillizos, un cuadrapléjico, un matusalem con varios by pass me la van dar. Y me la dan.

Selfies

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Vuelvo de la Feria del libro. Una cadorcha. La cosa es que espero el 96 semi en Constitución. Estoy en la fila. Bocha de cristianos y otras religiones menos elegantes. Pasa uno pibe, uno de esos zombis paqueados venidos de algún lugar con rumbo a ninguno. Vomita en medio de la vereda medio litro de una baba lechosa. Me sorprende que no me manchara. Tengo unos día bastante agresivos pero no le digo nada ¿Qué culpa tiene el pobre diablo?

Flaquita

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Viento, frío, lluvia. Cuando subo al bondi veo un asiento. Me zambullo pero nada está destinado a durar. En la fila había una embarazada. Como mucho, 16 años. Flaca. Flaquísima, con una panza en forma de pelotita. Blanca como la leche y en remera. Ta’ fresco pa’ chomba, en especial, si andás cargando en las tripas a alguien que en unos años te dice que deja el secundario para dedicarse al punk-rock.

Manu♥♥♥

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Bondi. 86. Madrugada. Dos tipos sentados juntos. Uno le dice a otro:

– Salí con Elisa. Noté que ella no quería estar ahí conmigo. Ni siquiera me dio pie a decir nada. Por ahí tendría que haberle dicho lo que quería decirle igual y sacármelo de encima. No soltaba el teléfono. En un momento se da vuelta. Estaba hablando con el novio.

Cantares

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Todxs, quien más, quien menos, reconocemos que hay músicas más o menos alegres y otras más o menos tristes. Es para simplificar, pero nos entendemos. Y en función de eso y de nuestras personalidades o de nuestros momentos particulares en la vida le damos play a ciertas variantes de uno u otro menjunje de climas.

Alfredux

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El día promete. En la parada hay veinte personas en la cola que no me miran bien cuando me adelanto y me siento en la saliente del refugio que deja libre el perro que me conoce. Sí, el perro me conoce y me da el asiento a pesar de mi cara de orto y mala onda.

La inutilidad de la palabra

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Desde hace un tiempo me ronda la sospecha que el ejercicio de la palabra es un acto inútil. Sospecha complicada para alguien que -con sus bemoles- se dedica a la comunicación y sus orillas (sobre todo sus orillas).

Es una sospecha pesimista. Es una duda oscura porque atenta contra la idea de cambio posible, contra la esperanza. Pero es una duda que una vez que muerde no suelta porque la realidad -ese constructo -esta ahí, para demostrar que nada de lo que decimos hace que la dinámica de las cosas sea distinta. Cambia lo que tiene que cambiar a fuerza de martillo, de golpe, de cuerpo pero no de palabras.